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Hundimiento del Lavadero de Santa Ana.
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Hundimiento del Lavadero de Santa Ana. (Foto: Revista Nuevo Mundo)

La tragedia del lavadero de Santa Ana

domingo 21 de julio de 2019, 09:23h

El 21 de julio de 1905 un formidable ciclón barrió la ciudad de Madrid provocando numerosos destrozos y una tragedia: el hundimiento del lavadero de Santa Ana en el barrio de Pacífico. Era este poco más que un cobertizo levantado en 1901, al que acudía una cincuentena de lavanderas que, por diez céntimos, podían usar la pilas, algo más cómodas y protegidas que los puestos en los ríos. La ribera del Manzanares tuvo durante décadas numerosos lavaderos al aire libre de los que existen varias fotografías.

Sobre las seis y media de la tarde el vendaval veraniego levantó la techumbre que se desplomó sobre las mujeres que se encontraban trabajando en ese momento. Treinta y nueve de ellas resultaron heridas de distinta gravedad. Aunque algunas estaban acompañadas por sus hijos pequeños, ninguno de los niños resultó damnificado. Durante más de dos horas decenas de personas colaboraron para sacar a las heridas de debajo de los escombros y trasladarlas a los centros hospitalarios.

El lavadero de Santa Ana se surtía de agua en el arroyo Abroñigal, que desapareció al construirse la M-30. Estaba localizado muy cerca del Puente de Vallecas en un paraje conocido entonces como la Colonia de Fritz. Muy cerca del lavadero tenían una fábrica de bombillas los señores Arregui y Aruej, empresarios del teatro Apolo de la calle Alcalá. Tras la tragedia el Ayuntamiento ordenó al decano de los arquitectos la redacción de un proyecto de edificio seguro que sirviera para los trabajos de lavandería.

Lavar ropa ajena era un socorrido oficio al que se agarraban mujeres sin ninguna formación y de escasísimos recursos económicos. El poco dinero que sacaban ayudaba a la economía familiar, muchas veces sin otros ingresos. Por eso pocos días después del hundimiento, una comisión de lavanderas visitó al Gobernador Civil para pedirle que pudieran utilizar nuevamente aquellas instalaciones. El juez que llevaba la instrucción lo autorizó el 26 de julio porque no había peligro y se podía continuar con las labores de desescombro. Seguramente el no poder trabajar hubiera sido una tragedia todavía mayor para aquellas familias. En el Heraldo de Madrid (22 de julio) se publicó una columna firmada por Kasabal (José Gutiérrez Abascal) glosando las penurias de las lavanderas:

“Todos los rigores del tiempo caen sobre ella, abrasándola los calores del verano y aterizándola los fríos del invierno. Con el alba se levanta siempre, y pasa el día encajonada en la banca, inclinada sobre el agua jabonosa, restregando la ropa, frotándola, entregada a una labor penosísima, que va destruyendo su naturaleza y trayéndola las torturas del reúma, que suelen acabar con los martirios de la parálisis. ¡Pobres e infelices mujeres, sin descanso, sin reposo, desde el lunes, en que recogen de las casas la ropa sucia, hasta que la entregan limpia el sábado!”

Este accidente volvió a poner sobre la mesa la necesidad de establecer rigurosos controles sobre las obras públicas y la actividad industrial. Solo tres meses antes, el 8 de abril de 1905, Madrid había sido escenario de una auténtica tragedia: el hundimiento del tercer depósito del Canal de Isabel II. Allí murieron treinta trabajadores.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    14917 | Marcos - 21/07/2019 @ 23:13:35 (GMT+1)
    El lavadero debe de situarse, entonces, donde hoy se encuentra el parque de Martin Luther King.

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