Hace siete años se estrenó en Barcelona la primera versión de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach, un espectáculo creado por Marcel Borràs y Nao Albet. Ahora lo vuelven a montar en Centro Dramático Nacional, que ha tirado la casa por la ventana para este espectáculo enloquecido.
El punto de partida parece simple: una pareja de jóvenes escritores recibe el encargo de un gran teatro para crear un nuevo espectáculo. Ellos deciden poner en escena el atraco a un banco, con secuestro de rehenes incluido. Los espectadores vamos viendo cómo plantean las escenas, las modifican, las rechazan, porque no encuentran verdad en el planteamiento. Para ayudarlos aparece una estrella rusa, que quiere ser la protagonista siempre que el atraco no sea ficticio, sino real.
Albet y Borràs recorren y satirizan todos los nuevos géneros teatrales (que no son sino chistes viejos con caras nuevas…) que estamos viendo en los últimos años. El metateatro, la auto ficción y, sobre todo, el post dramatismo, aquí caricaturizado como reproductivismo. Y tengo la impresión de que se burlan de todos ellos. Irene Escolar, la estrella rusa, puede ser el alter ego de Marina Abramovic o Angélica Liddell, que deben estar revolviéndose en sus camerinos. La parodia de este post dramatismo es brutal -con Irene haciendo todas sus escenas en ruso e inglés- y se remata con una de las afirmaciones finales: si se quiere cortar las venas, que lo haga, pero en un siquiátrico. En definitiva, es una brillante exposición, una confrontación entre las viejas maneras de hacer teatro y las nuevas y pretendidamente revolucionarias. Algo así como La comedia nueva moratiniana del siglo XXI.
La acción se va enredando hasta límites caóticos, con un final que puede resultar confuso. Albet y Borràs, como en Mammon, demuestran tener un talento desbordante, pero no es necesario plasmar todas las ideas en una misma obra. Con la mitad de las que traen aquí se hubiera hecho un espectáculo igualmente interesante. Y tengo la duda de si los espectadores, que no están al tanto de las corrientes dramatúrgicas actuales, apreciarán los subtextos de este montaje. En cualquier caso, la obra queda como un thriller de final inesperado que, realmente, sorprende por el último de los hallazgos que, obviamente, no vamos a desvelar.
Ocho actores, encabezados por los autores y directores, se meten en un vertiginoso carrusel para encarnar hasta cincuenta personajes. Solo Borràs, Albet y Escolar mantienen una personalidad. Todo el elenco funciona como un mecanismo de relojería -convenientemente ayudado por un gran equipo técnico- al servicio de una historia que va cambiando a medida que pasa el tiempo. Quien quiera saber el significado del título, sobre todo de Agbanäspach, debe esperar al final de la representación.
Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach se representa hasta el 21 de marzo en el teatro María Guerrero.