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Exposición en Conde Duque con fotos del Madrid entre 1910 y 1935
con las lavanderas en el Manzanares.
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Exposición en Conde Duque con fotos del Madrid entre 1910 y 1935 con las lavanderas en el Manzanares. (Foto: Juan Luis Jaén)

Filtro al Manzanares y guerra a los pozos negros para acabar con el maloliente Madrid

jueves 18 de julio de 2019, 08:39h

En las postrimerías de la última gran epidemia de cólera que alcanzó Madrid, la de 1885, su Alcaldía alertaba la imperiosa necesidad de abordar una campaña que favoreciese la higiene en la ciudad. Con el pútrido río Manzanares como foco de infecciones y canal propagador de las mismas por su estado de mantenimiento lamentable, su saneamiento y canalización se convirtió en objetivo prioritario del regidor Alberto Bosch.

En el subsuelo de la capital confluían dos redes de alcantarillado, una antigua semiabandonada y y una moderna en vías de expansión. Ante el descontrol existente por esta circunstancia, los pozos negros habían ganado terreno en la urbe y con ellos se había multiplicado el problema de la insalubridad. Cuando llovía, los mismos rebosaban y esparcían su contenido al exterior. Por ello, instalar desagües en los nuevos barrios del Ensanche y el Extrarradio -que aún carecían de estas infraestructuras- resultaba insuficiente.

El problema debía abordarse de forma integral. La fama de maloliente que Madrid cosechaba en las crónicas no podía continuar. El Manzanares recibía un caudal de 12.410.426 litros de aguas fecales diarias, siendo la alcantarilla del Puente del Rey la de mayor aportación con más de 3 millones de litros cada 24 horas. El río se había convertido en un espacio de infección alarmante y el hecho de que estos fluidos se empleasen también en el riego de huertas cercanas -práctica que no se prohibió hasta después de la Guerra Civil- propagaba el peligro al que se enfrentaban los vecinos.

Así, entre 1885 y 1905, el Ayuntamiento centró su actuación en las acometidas, es decir, en conectar los sumideros de las casas con el alcantarillado general. El nuevo alcalde José Abascal obligó a colocar sifones a todos los propietarios, además de a construir las alcantarillas a una distancia mínima de 1,50 metros de cualquier conducto de agua potable para prevenir que se contaminaran. Ya en 1898, un bando dictaba la imposición de implantar cañerías verticales a las cuales fluían otras inclinadas desde baños y retretes ligadas a un colector en cada vivienda que desaguara en la cloaca pública.

A grandes males, grandes soluciones

Las directrices eran detalladas. Las tuberías solo podían fabricarse con plomo, gres o hierro. En este último caso, con un baño anticorrosivo en el interior. No se libraban tampoco las empresas que componían el incipiente despertar industrial de la capital. Así, los vertidos de las fábricas debían llegar a dos pozos colectores cuya construcción era de obligado cumplimiento. Los residuos peligrosos por la naturaleza de su sustancia se recogían en estos depósitos hasta su desinfección; los que podían ser lesivos por su elevada temperatura esperaban hasta enfriarse antes de darles salida.

La urbe crecía a un ritmo imparable y los residuos se duplicaban mientras las soluciones llegaban por cuentagotas, pero en 1914 se puso un remedio casi definitivo. El Ministerio de Fomento licitó las obras para el encauzamiento del Manzanares y la ejecución de sendos colectores en ambas márgenes desde el Puente de los Franceses hasta su confluencia con el arroyo Abroñigal. Un tramo de más de siete kilómetros en el que se concentraban las siete alcantarillas que vertían las aguas fecales de las 15 cuencas hidrográficas del casco histórico al río: Puente del Rey, Segovia, San Francisco, Embajadores, Atocha, el Águila y el Gas.

La licitación del proyecto se anunció el 30 de abril y se adjudicó al arquietcto José López de Coca por más de 7 millones de pesetas y un plazo de ejecucion de seis años que no se cumplió. Las obras dieron comienzo el 18 de julio de 1914 y concluyeron en mayo de 1926 por los trabas encontradas para expropiar los terrenos colindantes, destinados en su mayoría a los lavaderos. Con un crédito extraordinario de un millón y medio de pesetas se solventó el inconveniente y se completó el principio de la higienización de Madrid.

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