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Vista aérea del Museo del Prado
Vista aérea del Museo del Prado

El Prado: El joyero neoclásico del tesoro artístico de España

Por Pedro Montoliú
miércoles 04 de febrero de 2015, 09:02h
El museo del Prado, el más visitado de España, no fue concebido por Juan de Villanueva en 1785 como un espacio expositivo de pinturas sino como un complejo de "tres edificios en uno", destinado a Museo de Historia Natural, Academia de Ciencias y Sala de Juntas Académicas. Habrían de pasar 34 años para que el edificio abriera sus puertas ya como museo de pinturas sin que nadie pensara entonces que llegaría a ser la mejor pinacoteca del mundo.

Cuando en 1785 Carlos III le encargó a Villanueva la construcción de uno de los centros científicos que quería levantar, junto al Observatorio Astronómico y el Jardín Botánico, ofreció un terreno rectangular en el llamado Prado de Atocha, justo a continuación del Botánico. El arquitecto presentó dos proyectos, uno con pórtico cubierto para el público y otro sin él. El monarca optó por este último y ese mismo año comenzó el movimiento de tierras, muy complicado porque el terreno, desde el convento de los jerónimos hasta el Prado presentaba un fuerte desnivel. A pesar de ello, la propuesta de Villanueva logró salvar este obstáculo. "Es el único edificio neoclásico que se adapta al terreno. En otros, el desnivel se salvó con una plataforma como la que se construyó en el Altes Museum, de Berlín", afirma Pedro Moleón, arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica, considerado el mayor especialista sobre el autor del Prado.

"Villanueva decidió sacar partido al crecido desnivel del terreno: propuso que el Museo de Historia Natural tuviera su entrada por el norte, la Academia de Ciencias por el sur y la gran sala de juntas académicas, donde el rey quería que se reunieran los académicos, por el centro. Se ha dicho que era un edificio de mucha fachada y poco fondo cuando en realidad son tres edificios de poca fachada y mucho fondo. Chueca Goitia decía que el Prado estaba concebido como dos plantas bajas. La de arriba era baja porque estaba a la altura de la rampa que subía hasta el pórtico donde está la fachada de Goya y la baja era baja porque se accedía desde la actual puerta de Murillo, y tenía razón", dice Moleón.

De esta forma, asignó al museo de Historia Natural, que iba a estar formado por una sala de exposiciones y varias salas de estudio, toda la galería superior y a la Academia de Ciencias Naturales, que iba a tener laboratorios, aulas y biblioteca, toda la planta inferior. Ambas iban a ser cruzadas por la sala de juntas académicas a la que se accedía por la entrada de Velázquez. "Villanueva decidió dotar al museo de un pórtico de orden jónico en la fachada norte. Para la Academia, eligió un pórtico corintio que es el que hoy puede verse en la entrada de Murillo. Y, para centrar el edificio en el paseo del Prado, Villanueva le dio a la sala de juntas una entrada en estilo dórico. Esta distribución evitó hacer una gran escalera interior y convirtió la planta del museo en un paseo paralelo al Prado aunque, al llegar al final, el visitante tenía que volver sobre sus pasos ya que era como un fondo de saco", explica este doctor arquitecto que es, asimismo, académico correspondiente de la Real de Bellas Artes de San Fernando.

Del proyecto original destacan, en la actual planta alta, la rotonda de entrada que, originariamente, iba a ser un patio descubierto y que, al final, Villanueva cerró con una cúpula encasetonada y la gran galería central que mantiene su fuerza a pesar de las modificaciones introducidas posteriormente. En la actual planta baja, hay que señalar la rotonda a la que se llega por la puerta de Murillo; la que iba a ser la sala de Química, hoy llamada de Ariadna por la escultura que allí se muestra, y la estancia que se iba a dedicar a laboratorio que posee una bóveda como la de la sacristía de El Escorial. "Delante del museo, Villanueva propuso poner un jardín de flores. Es decir que no quería ni un solo árbol. Sin embargo, hoy la fachada está tapada por unos árboles de hoja perenne que posiblemente, por el sitio que ocupan, sean los peor plantados de Madrid ya que impiden ver la fachada que da al paseo del Prado", dice Moleón.

La marcha de las obras quedó interrumpida cuando el 23 de marzo de 1808 entraron los soldados franceses en Madrid. Para entonces, la construcción estaba muy avanzada por lo que el ejército del general Murat ocupó el edificio y lo convirtió en cuartel de caballería. En los meses siguientes, el edificio sufrió un fuerte deterioro ya que el ejército francés desmontó las cubiertas y los canalones de plomo para hacer munición. La falta de protección en las cubiertas provocó en los años siguientes el derrumbe de algunas de las bóvedas.

Villanueva murió en 1811 sin verlo terminado. Tres años después, acabada la ocupación francesa, Fernando VII entró en Madrid por la puerta de Atocha y pasó por delante del edificio que fue decorado para la ocasión para darle una apariencia presentable. "El arquitecto Santiago Gutiérrez de Arintero, que había trabajado con Villanueva, hizo un informe y dijo que había que detener la ruina. En teoría debía dirigir la reparación el arquitecto real que era Isidro Velázquez, pero Antonio López Aguado, que era arquitecto municipal y que también había trabajado con Villanueva, logró que le encargaran el trabajo", dice Moleón.

El inmueble, sin embargo, iba a perder su cometido original. "En 1815 se firmó el tratado de Viena en el que se acordó que Francia tenía que devolver el patrimonio robado. Para entonces el concepto del museo para el pueblo estaba ya extendido debido al museo napoleónico. Se considera que fue Isabel de Braganza, la segunda esposa de Fernando VII, quien indujo al monarca a convertir el edificio en un museo de colecciones reales dedicado a la pintura y la escultura", explica Moleón.

Antonio López Aguado propuso entonces poner toda la pintura en la planta alta y aprovechó, ya que tenía que rehacer la bóveda, para hacer ocho grandes lucernarios que permitieran la entrada de luz natural. Para la escultura se eligió la planta baja. Acabados los trabajos el museo abrió sus puertas al público el 19 de noviembre de 1819. "Al principio solo estaban expuestos 311 cuadros repartidos por los dos salones laterales y la sala que da acceso a la galería central", indica Judith Ara, coordinadora general de conservación del Prado. "El resto del edificio estaba en obras, salvo las dependencias más próximas al Botánico en las que los reyes, cuando venían a ver los cuadros, tenían sus habitaciones y su sala de estar", indica la coordinadora.

Esas 311 pinturas eran tan solo una parte de los 1.531 cuadros procedentes de los Reales Sitios que habían sido almacenadas en el inmueble. Posteriormente, en 1870 llegarían cientos de obras procedentes del museo de la Trinidad -así llamado por estar ubicado en el convento de la Trinidad Calzada, en la calle Atocha- cuando este fue cerrado. "Los fondos de aquel museo procedían de la desamortización de instituciones religiosas y entre ellos había cosas muy buenas y otras que no tenían tanto valor", dice Ara.

Obras continuas

El museo del Prado es posiblemente uno de los edificios madrileños que más obras ha sufrido durante su existencia, tanto de reforma como de ampliación. "Es, sin duda, una obra coral pues, a lo largo de su historia, es el resultado de la intervención de más de veinte arquitectos", dice Moleón. Entre los trabajos acometidos, se podrían citar la sustitución de las bóvedas que se realizó tras la apertura del museo; el tapiado de los lunetos proyectados por Villanueva en la galería central que permitió la retirada de los cortinones que se echaban para que los rayos del sol no afectaran a las pinturas; la transformación de los ocho lucernarios de la galería central en cuatro de mayor superficie, y la conclusión de una nueva sala, con proyecto de Narciso Pascual y Colomer, que sería dedicada a la reina Isabel de Braganza.

Entre 1879 y 1881, el Ayuntamiento realizó unos trabajos de desmonte que supusieron la desaparición de la rampa de acceso a la galería superior. Francisco Jareño, que era arquitecto del Ministerio de Fomento, proyectó sustituirla con una escalera de doble cuerpo. El rebaje del terreno obligó asimismo a colocar un chapado de piedra y ladrillo en la planta baja ya que esta no se había recubierto durante la construcción al estar tapada por la tierra. También Jareño se ocupó de crear una sala de las Musas en el cuerpo absidal destinado por Villanueva a las juntas académicas.

Hasta ese momento las obras, salvo la sustitución de la rampa, no habían afectado a la fisonomía del edificio, "Entre 1911 y 1918 Fernando Arbós le puso la primera 'mochila' al museo al añadir una crujía paralela a la gran galería. La ampliación no creó, de momento, problemas pues los visitantes podían ir por la gran galería y volver por esa crujía", indica Moleón. Por su parte, Pedro Muguruza, ya en 1925, acometió la construcción de una escalera para unir ambas plantas y colocó cuatro columnas jónicas pareadas en el centro de la galería central con dos arcos entre los que abrió una bóveda de hormigón recubierta con casetones de yeso y escayola para darle un aspecto historicista.

El 16 de noviembre de 1936, los bombardeos sobre Madrid que había comenzado el 28 de agosto, se centraron en el museo del Prado. Entre las siete y las ocho de la tarde, la aviación de Franco dejó caer sobre el tejado del museo nueve bombas incendiarias, otras tres en los jardines y tres más, estas explosivas, sobre el paseo del Prado, una de ellas a cien metros de la rotonda de acceso al museo donde se almacenaban los cuadros más valiosos. El ataque provocó la protesta internacional. El mando militar de Franco argumentó que había ametralladoras en el tejado del edificio, extremo que negó categóricamente el director del museo. Ese mismo día fueron bombardeados la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Biblioteca Nacional, la Puerta del Sol y tres hospitales. Dos días después fue destruido el palacio de Liria y el día 25 cayó una bomba en el convento de las Descalzas Reales.

Ante el peligro que suponían estos ataques para el patrimonio artístico, el Gobierno de la República ordenó, a pesar del riesgo, trasladar en camiones a Valencia un total de 500 cuadros del Prado, entre ellos 51 de Goya, 11 de El Greco, 9 de Tiziano y otros de Zurbarán, Velázquez, Tintoretto o Murillo. Todos los cuadros regresarían al museo tras la guerra.

Tras la confrontación armada, Pedro Muguruza continuó al frente de las obras. En 1943, dentro de los trabajos de preparación del bicentenario del nacimiento de Goya que se iba a celebrar tres años después, propuso abrir un cuarto acceso -donde hoy están las taquillas- y proyectó una escalera provisional para acceder a la galería superior, que se concluyó en 1946 y que, con el tiempo, ha terminado por ser definitiva. También se colocó la estatua de Benlliure dedicada a Goya.

El Prado iba a sufrir una nueva ampliación entre 1952 y 1956. "Fernando Chueca y Manuel Lorente Junquera construyeron una tercera galería. Chueca dijo que 'no tocaba las carnes de Villanueva', pero añadió al edificio original una nueva crujía, con lo que aumentó la ceremonia de la confusión. Por último, José María Muguruza, en los años 60, cubrió los dos patios que habían quedado entre la gran galería de Villanueva y la crujía añadida por Arbós Se perdió así la vista de la fachada trasera que había proyectado Villanueva", dice Moleón.

Quienes pensaron que se habían acabado las obras se equivocaron. Entre 1981 y 1984 José María García de Paredes se ocupó de construir un salón de actos en la antigua sala absidal en la que Villanueva había previsto su sala de juntas académicas, y en 1998 se empezó a preparar la mayor obra sufrida por el museo desde su construcción. Ese año se convocó el concurso internacional que ganó Rafael Moneo quien propuso unir el edificio de Villanueva con uno nuevo que había de levantarse junto al convento de San Jerónimo el Real, a través de un tercer edificio, también de nueva creación en el que ubicó un hall de recepción, la tienda, el guardarropa, la cafetería y un salón de actos de 400 butacas que conllevó el derribo del de García de Paredes.

En el nuevo edificios de Jerónimos Moneo propuso concentrar las salas de exposiciones temporales, los talleres de restauración, la biblioteca especializada, un gran almacén de obras subterráneo -los 'peines'- y el gabinete de dibujos y estampas. Para llevar la luz natural a las dos plantas de exposiciones temporales subterráneas proyectó un gran lucernario desde la planta superior en la que colocó el claustro herreriano del convento de los jerónimos. Por último cerró su gran acceso desde la calle con dos enormes puertas, formadas por seis batientes de bronce, realizadas por Cristina Iglesias.La reforma abrió la entrada de Velázquez y conllevó un cambio de la circulación interna. La ampliación aportó al Prado 18.000 metros cuadrados que se sumaron a los 24.000 que ya tenía. Las obras terminaron en 2007.

Esta ampliación dejó al Prado en condiciones de atender los retos de una pinacoteca que recibió a 2,5 millones de visitantes en 2014. "El museo tiene expuestos 1.400 cuadros de los 7.700 cuadros que posee. Además tiene unas 20.000 piezas entre esculturas, dibujos, estampas, fotografías, artes decorativas, medallas, monedas, textiles y armaduras", asegura Judith Ara, coordinadora general de conservación del Prado. De estos fondos, unas 3.200 obras se encuentran depositadas en otros centros.

Todo ello exige una infraestructura adecuada de servicios para atender todas las necesidades de un visitante: puntos de información; planos en inglés, francés, italiano, japonés, portugués, alemán, ruso, chino, coreano, catalán, euskera, gallego y valenciano; folletos; juegos de pistas para realizar una visita en familia; audioguías en español, inglés, francés, alemán e italiano para adultos y en español e inglés para niños; sistema de guiado de grupo, con micrófono y auriculares; signoguías para visitantes sordos; consigna y guardarropa; préstamo gratuito de sillas de ruedas, bastones y sillas para bebés, gabinete médico, cafetería y restaurante o librería donde comprar los catálogos. Pero además el Museo Nacional del Prado ofrece desde visitas guiadas a talleres de dibujo para los más jóvenes, pasando por conferencias, cursos, proyección de películas o consulta de libros en la biblioteca.

Un visitante que recorriera en profundidad este museo, incluido el auditorio, la sala de conferencias y la biblioteca instalada en el Casón del Buen Retiro bajo la bóveda de Luca Giordano, se quedaría, no obstante, sin ver en su totalidad este complejo en el que trabajan 450 personas en plantilla, apoyadas por otras 50 que prestan servicios de limpieza y seguridad. La sala de máquinas que permitió mejorar la climatización a partir de 1980; los encamonados, como se llama a las bóvedas visitables que se extienden por encima de los lucernarios de la galería central donde se encuentran los sistemas de iluminación y, sobre todo, los almacenes existentes bajo tierra, son algunas de las partes esenciales del museo que el público no puede visitar.

Por ello, solo los empleados y algunas visitas especiales tienen acceso a los almacenes (300 metros cuadrados en el edificio Villanueva y 900 metros cuadrados en el de Jerónimos) que, a una temperatura de 21 grados y una humedad del 50 por ciento, guardan en sus grandes 'peines' todos los lienzos almacenados, incluidos los cuadros del siglo XIX, los más grandes de la colección. Planeros y rulos de hasta 8 metros de longitud para los textiles comparten este enorme espacio aséptico y dotado de los mejores sistemas de seguridad. Es la cara oculta de un museo que, dentro de cuatro años, cumplirá 200 años de su apertura.

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