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Don Juan Tenorio, ajuste de cuentas

miércoles 21 de enero de 2015, 13:42h
El nuevo montaje de Don Juan Tenorio en el teatro Pavón, dirigido por Blanca Portillo, se ha convertido en un fenómeno de taquilla: ya no hay entradas para ninguna representación. La directora ha manifestado repetidamente su repulsa por este personaje, muchas veces tenido como arquetipo de masculinidad española. Y con este montaje quiere ajustarle cuentas al seductor de don José Zorrilla.
  • Don Juan Tenorio.

    Don Juan Tenorio.
    Antonio Castro

  • Don Juan Tenorio.

    Don Juan Tenorio.
    Antonio Castro

Desde el estreno en 1844 se dejaba clara la catadura moral de Don Juan. En lo que hoy llamaríamos "antecrítica", publicada en la Gazeta el 27 de marzo de 1844, se puede leer: "El inmoral libertinaje y la incrédula osadía de don Juan están pintados con todos los colores tan vivos cuanto necesarios son para el desarrollo del pensamiento fundamental, y más necesarios aún, para atraer sobre el protagonista la justicia y la misericordia del cielo, pues si los desórdenes y vicios de la vida de la vida de don Juan fueron vicios y desórdenes regulares...".

Si en un principio el drama romántico apenas llamó la atención, a partir del montaje realizado en 1866 en el teatro del Príncipe (Español) se convirtió en tradición representarlo en torno al 1 de noviembre. Ese año Zorrilla había regresado a España tras un largo exilio. Ya en Madrid recibió el homenaje de Madrid en ese teatro. Culminó con la representación de Don Juan.

Blanca Portillo huye de todos los tópicos que rodean la función. El tiempo de la acción es inconcreto, lo mismo que el vestuario. El seductor y sus villanías trascienden a cualquier época. Desde este planteamiento, la propuesta actual tiene hallazgos visuales y plásticos apreciables, más notorios en los primeros actos. También son los más vigorosos. Cuando nos adentramos en los mausoleos y los cementerios, el aburrimiento amenaza. La versión de Mayorga es sumamente respetuosa y, quizá por eso, resulta difícil denostar a don Juan. El texto es tan poderoso que acaba por imponerse a cualquier interpretación o desmitificación.

Resulta hasta divertido el desmontaje escénico de pasajes como el habitual diálogo del sofá. Aquí no existe el mueble. Don Juan se lava en una jofaina tras una noche loca y recita los famosos versos del "no es verdad, ángel de amor...".

También huye de presentar a doña Brígida como una celestina vieja y desagradable. En esta propuesta es una señora de muy buen ver y con las ideas muy claras sobre sus pretensiones. El encuentro con la novicia rezuma sexualidad, que no suele aparecer en los montajes convencionales. Creo que hay un exceso de ideas que acaba por lastrar el espectáculo, bien interpretado en general, especialmente por Hermoso, Beatriz Argüello y Ariana Martínez.

El teatro Pavón, lo suelo repetir, tiene graves problemas de acústica y pueden hacer peligrar una función. En este Don Juan hay algunos momentos peligrosos. En la celda de doña Inés se grita demasiado y no se entiende el diálogo. En cambio, al escultor no se le oye. Pero lo más grave es el efecto sonoro que se aplica a los diálogos de los fantasmas en las últimas escenas. La reverberación o el eco impiden entender el texto. Desde la primera aparición del espíritu de doña Inés, se acusa este problema. Y es absolutamente necesario que el espectador oiga lo que dicen doña Inés o el Comendador para entender el desenlace de la obra. Muchos lo sabemos casi de memoria, pero a los desconocedores del texto este efecto sonoro no les ayuda nada.

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