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Cumplimos un año y andamos desde el primer día

viernes 16 de octubre de 2020, 13:20h

17 de octubre de 1920: la Compañía Metropolitano Alfonso XIII cumple su primer año de vida, tiempo suficiente para que hayan ocurrido multitud de hechos relacionados con el Metro, un madrileño de tan corta edad.

Un año antes circulaba el primer tren de la historia del Metro compuesto por dos coches que recorrieron el trozo construido desde los Cuatro Caminos hasta la Puerta del Sol con parada en las ocho estaciones que se inauguraron ese día por el Rey Alfonso XIII; la vuelta, los 3.598 metros entre el piñón de salida de Sol y el de entrada de Cuatro Caminos, de tirón. Aquella idea que tuvo un día Carlos Mendoza y Sáez de Argandoña mientras esperaba el tranvía en pleno centro de Madrid para acercarse hasta la pequeña fábrica de electricidad que regentaba en Tetuán de las Victorias acababa de ponerse en marcha.

Las dificultades se habían superado: se consiguió capital suficiente, se superó la oposición del Ayuntamiento de la Villa y Corte y se cambió la mentalidad de los madrileños que no querían ser topos bajo tierra sino pasear por la calle tranquilamente piropeando a las modistillas.

El servicio no se abre al público hasta el 31 de octubre de 1919; ese día, los viajeros solo pudieron entrar y salir por las estaciones de cabecera, Cuatro Caminos y Sol; el 14 de noviembre siguiente se abren las de Iglesia y Bilbao, y el 18 las de Ríos Rosas, Chamberí, Tribunal y Gran Vía. El primer día se vendieron 56.200 billetes ascendiendo la recaudación a 8.433 pesetas. El primer millón de billetes vendidos se contabilizó el día 19 de noviembre sobre las 9 de la noche; hasta catorce millones lo fueron durante el primer año de vida.

Ya el día de la apertura se paseó por el metro algún amigo de lo ajeno: la viajera Mercedes D. A., vecina de la calle de la Princesa, denunció que le habían aligerado el bolsillo en el que llevaba cuarenta y tres pesetas cuando se encontraba en la estación de la Puerta del Sol.

¡Llévame al metro, mamá! fue una frase que se puso de moda entre las jovencitas, curiosas por saber que se cocía bajo tierra. Con este mismo nombre se estrenó en noviembre en el Teatro Cómico una obra escrita por Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo, con música del maestro Luna, ambientada en la estación de los Cuatro Caminos. Los protagonistas fueron Loreto Prado y Enrique Chicote.

Las estaciones del metro siempre ha sido un espacio de contrastes: el 20 de diciembre fallecía repentinamente en la estación de los Cuatro Caminos la señora de sesenta y cuatro años Isabel A. cuando viajaba acompañada por su hija; cuatro días antes, a las tres menos cuarto de la noche había nacido en el metro el niño Carlitos G. S.

En enero de 1920 las revisoras comenzaron a controlar los billetes en cabinas instaladas en la mayor parte de las estaciones: hasta entonces, lo hacían sentadas en espacios abiertos intentando salvarse de alguna pulmonía. No todas las revisiones contaban desde el primer con cristales; estos se fueron colocando poco a poco.

La apertura de las estaciones del Metro modificó parte del paisaje costumbrista madrileño. A principios de año, en los alrededores de los accesos, grupos organizados se dedicaban a la reventa de billetes cuando había colas ante las taquillas; aprovechando las prisas de los viajeros que oían llegar su tren y no podían perderlo les ofrecían billetes al doble de su precio. Fue un gran negocio.

La Reina Victoria Eugenia no asistió a los actos del 17 de octubre por encontrarse indispuesta. El 13 de marzo siguiente visitó el metro con la Reina Madre María Cristina entrando por Cuatro Caminos y realizando el mismo recorrido de ida y vuelta que había efectuado su esposo el día de la inauguración. En el mármol conmemorativo que se colocó en la estación de la Puerta del Sol sí figuraba su nombre junto al del Rey: lo imprevisto de la ausencia había impedido modificar el texto.

Una sentencia de 11 de mayo de 1920 de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo desestimaba las demandas interpuestas por el Ayuntamiento de Madrid y D. Ramón Aguado Olloqui contra las Reales Órdenes del Ministerio de Fomento de 20 de febrero de 1915, 12 y 26 de enero y 27 de mayo de 1917 referentes a la concesión hecha a D. Miguel Otamendi y Machimbarrena del ferrocarril eléctrico “Metropolitano Alfonso XIII” considerando las mismas ajustadas a derecho. La Compañía intervino en el procedimiento como coadyuvante de la Administración. El Sr. Aguado había presentado el 28 de marzo de 1904 una instancia solicitando ya la concesión de un ferrocarril eléctrico de cintura y penetración en Madrid desde la Estación del Norte a la Plaza de Toros, con varias ramificaciones.

En la Sentencia se le reprocha al Sr. Aguado su reiterada inactividad en el cumplimiento de los trámites procedimentales. Otamendi, en una conferencia que dio en la Escuela de Caminos en 1922, reconocía a los alumnos que otros proyectos ganaban en antigüedad al suyo, pero que sabía de uno “que navegaba por los procelosos mares de la Administración desde hacía treinta años sin llegar a puerto”, según encontramos en el libro Mendoza, vida ejemplar de un Ingeniero, editado en 1943 por la Asociación de Ingenieros Caminos Canales y Puertos. Continuaba la conferencia achacando a sus autores la falta de concesión de sus proyectos, relatando con su gracejo habitual el cuento siguiente: “Pues señor…en cierta población andaluza murió, en plena luna de miel, una hermosa joven, y su inconsolable marido, sintiéndose sin fuerzas para sobrevivirla, mandó grabar en la tumba de su idolatrada compañera este delicado epitafio: Espérame, pronto me tendrás a tu lado, poniendo a continuación la fecha de su fallecimiento. Pero, ¡ay!, el tiempo le consoló sin duda, como a muchos viudos, de su horrenda pena, y murió de viejo, medio siglo después, tras una vida alegre y divertida. Sus herederos, cumpliendo fielmente el testamento, redactado sin duda en los primeros momentos de la viudez, le enterraron junto a la que fue su amante esposa, y mandaron grabar en la misma losa: ¡Aquí estoy, esposa mía!, y la fecha de su fallecimiento. Pocos días después un chusco, que pasaba por el cementerio, cotejó las fechas de ambas defunciones y completó el epitafio escribiendo, como comentario final: ¡Esposo mío! ¡Creí que no venías!

Durante el verano se produjo un ligero desprendimiento de tierras en las obras que se realizaban bajo la Plaza del Progreso para construir la actual estación de Tirso de Molina; los obreros observaron restos óseos que llevaron a descubrir la existencia de unos doscientos nichos y fragmentos de losas que se cree correspondían a los enterramientos del desaparecido Convento de la Merced.

Pocos días antes del primer cumpleaños son aprobados por Real Orden del Ministerio de Fomento los Reglamentos provisionales de Señales, de la Circulación de trenes, y de los Jefes de tren, Conductores y Guardafrenos, “atendiendo a la conveniencia que para el interés público y seguridad de los viajeros representan los mencionados reglamentos”, según figura en la comunicación que realiza la Sección de Ferrocarriles de la Dirección General de Obras Públicas al Director de la Compañía Metropolitano Alfonso XIII.

Sabemos de fuentes bien informadas que el 17 de octubre de 1920, en el Bar Chumbica de los Cuatro Caminos, los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Antonio González Echarte, Carlos Mendoza y Sáez de Argandoña y Miguel Otamendi y Machimbarrena, acompañados por el Arquitecto Antonio Palacios y Ramilo brindaron con un fresquito licor de madroño por el largo futuro de una Ciudad ligada al Metro, un proyecto que ya se prolongaba hasta Atocha y contaba con las concesiones para llegar al Puente de Vallecas y del trozo que transcurría por la calle de Alcalá desde Goya hasta la Puerta del Sol, el primero de la futura Línea 2.

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