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Procesión de Nuestra Señora de los Ángeles
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Procesión de Nuestra Señora de los Ángeles (Foto: Javier García Martín)

La virgen del 'chubasquero': 400 años atrayendo la lluvia

domingo 08 de mayo de 2016, 11:09h
La ‘bajada’ de la Virgen de los Ángeles desde su ermita en la punta del cerro homónimo hasta la catedral de La Magdalena ha vuelto a reunir esta semana a miles de fieles en lo que Getafe celebra como el inicio de sus fiestas. Así, casi sin percatarse, la localidad acaba de cumplir cuatro siglos de tradición. Este año, la talla ha sido procesionada bajo un chubasquero ante la amenaza de lluvia, toda una metáfora del pretendido poderío de la patrona para acabar con cualquier sequía y que fundamenta esta romería de inspiración labradora, fósil de la memoria agrícola de tantas tierras madrileñas.
Procesión de la Virgen de los Ángeles
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Procesión de la Virgen de los Ángeles (Foto: Javier García Martín)

La cifra es una mera estimación, pero da idea de las dimensiones del fervor (o, también, de la adhesión a la costumbre y las ganas de celebración) que cada año enmarca la ’bajada’ de la Virgen de Los Ángeles, una de las romerías más concurridas de la Comunidad. En algún punto entre los 100.000 esperados por los organizadores y los 65.000 contabilizados por el Ayuntamiento -Getafe tiene una población de 175.000 habitantes-, un número indeterminado de vecinos acompañó este jueves a la talla en su desfile de cinco horas por los seis kilómetros que unen la cumbre del promontorio con el centro de la ciudad. Gentes de todo tipo, católicas al menos en la estirpe, asistieron a los distintos homenajes civiles y militares que todavía hoy se le conceden a la patrona antes de hacer su entrada en la catedral entre fuegos de artificio, donde permanecerá hasta el final de las fiestas de la ciudad.

La receta que explica esta tradición es, con todo, poco original. Mezcla ingredientes legendarios con un puñado de desavenencias entre pueblos y una pizca de sincretismo que se paladea ya desde la misma aparición de la imagen mariana.

Y es que, antes de nada, la tradición cuenta que, en una noche de tormenta de 1610, unos pastores de Pinto descubrieron la talla, una colorida pieza de un metro, apenas enterrada en el entonces denominado cerro de Almodóbar. A pesar de los intentos por ponerla bajo techo en alguna iglesia -el repertorio popular apunta aún a los pinteños como culpables de ambicionar la imagen para su templo-, el relato afirma que la virgen regresaba 'volando' a la colina getafense, marcando la ubicación de la ermita en su honor que sólo unos años más tarde debería levantarse ahí, rebautizando ese monte, centro geográfico de la Península según el imaginario local que hasta en ese mérito rivaliza con la etimología de la vecina localidad.

El poder de dos vírgenes

"Getafe era entonces un pueblo de labradores", señala a este periódico Fernando Parejo, hermano mayor de la Real e Ilustre Congregación de Nuestra Señora de los Ángeles, una agrupación que en 2017 celebrará dos siglos desde su constitución. Parejo apoya su descripción en los libros becerros del Archivo Histórico Diocesano, unos valiosos manuscritos protegidos con unas solapas hechas con la piel de ese animal que relatan hechos de carácter religioso.

Como pueblo agrícola, el mayor mal al que se podían enfrentar aquellos getafenses era la sequía. Y, a comienzos del XVII, los textos cuentan que hubo una que causó verdadero peligro. Tanto, que para acabar con ella hizo falta la acción conjunta de dos vírgenes marías. En 1612, los vecinos de Leganés, sedientos como todos, llevaron en procesión a Nuestra Señora de Butarque hasta la iglesia de Getafe, por aquello de rogar lo que no llegaba. Allí, se encontró con la talla recién hallada. "A la semana tuvieron que separarlas porque aquello fue el diluvio", resume Parejo.

Fiestas de mal tiempo

Obrado el milagro (y, todo sea dicho, la propia ermita del cerro), era cuestión de tiempo que eso de sacar en procesión a la inmaculada para pedir agua cristalizara en rito y acabara incrustándose en las pretéritas festividades locales que tenían lugar en mayo, como en tantos lugares, transformando quizás su espíritu profano

Sea como fuere, en 1616, los getafeños celebraron las primeras de unas fiestas en honor a esta virgen una y cuatrocientas veces repetidas casi sin variaciones hasta el presente. Hoy, además, existen plurales veneraciones bajo esta advocación a ambos lados del Atlántico, aunque muchas se concentran el 2 de agosto, fecha señalada para ello por el calendario católico.

La imagen getafense, reparada, enjoyada, obsequiada de mantos, aupada sobre una carroza de querubines y coronada en 2002, ha sobrevivido a las desamortizaciones, la industrialización de los campos y a las guerras. La última, la Civil, cambió el nombre de su colina por el de cerro Rojo y fusiló al totémico Sagrado Corazón alzado frente a ella que luego restauraría el franquismo más alto.

Y todo, bajo la creencia de que, durante al menos uno de los 18 días al año que la virgen pasa en la ahora catedral de Getafe hasta su regreso a la ermita, acabará por llover sobre los cultivos, una circunstancia meteorológica que termina por cumplirse, incluso pese a que la fecha de esa estancia se calcule en función de la siempre móvil Semana Santa. "Este año hemos tenido que bajarla cubierta porque hacía mal tiempo", apunta Parejo. "Ella sigue haciendo su trabajo, aunque ya no haya labradores".

Procesión de la Virgen de los Ángeles
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Procesión de la Virgen de los Ángeles (Foto: Javier García Martín)
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