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Cerralbo: la casa museo de un coleccionista reciclador

miércoles 19 de febrero de 2014, 12:17h

El Cerralbo no es solo un vasto museo donde se pueden encontrar desde florines a relojes pasando por armaduras, cuadros, piezas arqueológicas, esculturas o dibujos. Es una casa-museo a la que en los últimos años se ha querido devolver la imagen que tenía en 1922 cuando pasó al patrimonio del Estado.

  • Vestñibulo de entrada y escalera monumental

    Vestñibulo de entrada y escalera monumental
    Juan Luis Jaén

  • Salón de baile del museo Cerralbo

    Salón de baile del museo Cerralbo
    Juan Luis Jaén

  • Jardín del museo

    Jardín del museo
    Juan Luis Jaén

  • Armería del museo

    Armería del museo
    Juan Luis Jaén

Este ejemplo de ambientación original ocupa la parte de la manzana formada por las calles Ferraz, Ventura Rodriguez y Juan Álvarez Mendizábal, a pocos metros de la plaza de España. "El edificio fue encargado por Antonio y Amelia del Valle, hijastros del madrileño Enrique de Aguilera y Gamboa, que había heredado de su abuelo el marquesado de Cerralbo junto a otros doce títulos, entre ellos dos grandezas de España", dice Lourdes Vaquero, directora del museo desde hace catorce años. El inmueble fue construido a imitación del hotel particulier de origen francés, como muchos otros palacetes que se levantaban en el barrio de Argüelles y que la guerra civil y la especulación de los años 60 y 70 se llevaron por delante.

El palacete se levantó sobre un solar de 1.700 metros cuadrados, con planos de Alejandro Sureda, que había sido segundo arquitecto de Palacio y Casas Reales y se había encargado diez años de las obras de reforma del museo del Prado. Sureda se ocupó de la construcción desde 1883 hasta 1891, año en que le sustituyó Luis Cabello y Asó, aunque lo terminó su hijo Luis Cabello Lapiedra en 1893. "Los marqueses que vivían en un piso de la calle Pizarro eligieron esta zona del Ensanche, al igual que otros burgueses y nobles madrileños, para construir su residencia ya que, entre otras razones, la zona contaba con agua, alcantarillado y luz", apunta la directora. Como otros muchos propietarios, el marqués intervino activamente en la confección de los planos y, desde luego, dejó su impronta en la decoración interior. "Por ejemplo, en el salón estufa, una estancia concebida como 'estufa fría' o invernadero, decidió cegar con tapices los grandes ventanales que daban al jardín e instalar allí sus piezas arqueológicas preservadas de la luz natural", explica Vaquero.

La imagen exterior de este edificio de estilo clasicista cambió en 1960 cuando se acometió una reforma, bajo la dirección del arquitecto Fernando Chueca Goitia. "Sustituyó las cubiertas aterrazadas de los torreones por chapiteles de pizarra", dice la directora. No fue esta la primera reforma sufrida por el museo pues ya en los años 40 se había replanteado la distribución museográfica y se había levantado una nueva construcción que ocupó parte del jardín para que sirviera de vivienda a la entonces directora. En los últimos treinta años, el edificio ha visto otros cambios: en la última década del siglo XX se dotó al museo de importantes medidas de seguridad, nueva instalación de aire acondicionado y despachos en el último piso y se reconstruyó el jardín con diseño de la paisajista Lucía Serredi quien se basó en un boceto que dejó el marqués en el que se veía un estanque como el que hoy se abre en el centro del terreno. De su apariencia original queda el templete belvedere o mirador que se abre en la esquina de Ventura Rodríguez y Juan Álvarez Mendizábal, diseñado por Cabello y Asó, que se derrumbó parcialmente en la guerra civil a causa de un bombardeo, y el jabalí de mármol, que, según los últimos estudios, es una copia renacentista del siglo XVI de la escultura romana conservada en la galería de los Uffizi, anterior al que se colocó en el mercado nuevo de Florencia, obra de Pietro Tacca. "Al parecer lo trajo a España desde Nápoles el duque de Medinaceli ", dice Vaquero.

XVII marqués de Cerralbo

Antes de recorrer este palacio, con entresuelo y dos plantas, es preciso bucear en la biografía del XVII marqués de Cerralbo. En 1871, cuando este noble tenía 26 años, se casó con Inocencia Serrano, de 55 años y viuda de Antonio del Valle que había sido ministro de Hacienda con Alfonso XII. Inocencia tenía dos hijos: Antonio, que tenía 25 años, uno menos que su nuevo padrastro -de hecho ambos cursaban Filosofía y Letras en la Universidad Central- , y Amelia que tenía 21 años, "Antonio era marqués de Villa-Huerta, un título de los que, por entonces, se compraban, y compartía con Enrique de Aguilera su afición por la literatura y la numismática", explica Vaquero.

En 1896, tras 25 años de matrimonio, fallecía doña Inocencia y cuatro años después moría su hijo Antonio que dejó su parte del edificio a la Asociación Católica de la Santísima Trinidad, lo que obligaría al Estado en 1945 a adquirirla. A su muerte, padrastro e hijastra cambiaron el uso y función de parte de las dependencias del palacio. El marqués trasladó su dormitorio a la zona conocida hasta entonces como "el apartamento del señorito Antonio" y rebautizada como 'ala de verano', tal y como recogen los inventarios de la casa. "En el año 2000 empezamos un proyecto para clarificar y reforzar la idea de casa museo. Queríamos devolver a la casa el aspecto que tenía cuando estaba habitada y para ello había que devolver todas las piezas al lugar que ocupaban en 1922 cuando la colección pasó a formar parte del patrimonio del Estado por voluntad testamentaria del marqués. No hay muchos ejemplos de este tipo, pues en España se han respetado los edificios pero no la decoración interior", dice Vaquero.

Como consecuencia de este planteamiento, galardonado con una medalla de los Premios Europa Nostra 2008 a la conservación del patrimonio, se ha recuperado todo el piso principal donde la familia recibía a sus invitados y el marqués mostraba sus colecciones. En el entresuelo, donde estaban las estancias de diario, la labor no ha acabado aún. "La base fundamental ha sido el inventario que hizo Juan Cabré, primer director del museo", dice Vaquero. Este documento y la tarea de restauración realizada han permitido reproducir desde papeles pintados a "descubrir" esquinazos donde originalmente apoyaban grandes espejos. "El propio edificio es el que nos ha dado pistas", dice Vaquero.

A pesar de la proximidad al frente durante la guerra civil, el palacio no sufrió daños irreparables pero sí dejó algunas bajas en las colecciones y algunos desperfectos como un balazo en el piano que se encontraba en el cuarto del mirador, situado frente al cuartel de la Montaña, y la destrucción del propio mirador a causa de un cañonazo. "Cabré, que entonces era aún el director, desmontó y protegió las colecciones para que no sufrieran daños. San Francisco en éxtasis, obra del Greco, fue el único cuadro que se unió a la remesa de obras artísticas del museo del Prado que fueron trasladadas a Ginebra durante la guerra civil por la Junta de Defensa del Tesoro Artístico", apunta la directora

Espíritu coleccionista

Pero para hablar de las piezas expuestas hay que profundizar también en el espíritu coleccionista del marqués. Siendo niño compraba monedas antiguas con su paga y, de joven, comenzó a coleccionar armas y pinturas. A la muerte de su abuelo no solo heredó sus títulos sino algunas tierras que le aportaron rentas y capital suficiente para ccomprar las piezas que hoy se exponen. Una colección que, frente a otras, se nutrió de todo tipo de objetos: armaduras, porcelanas, estampas, tapices, libros, armas, muebles, esculturas, pinturas...

Un paseo por este denso museo permite sacar la conclusión de que el marqués era un coleccionista reciclador. "Le gustaba recuperar piezas de otros sitios, ejerciendo así una particular protección del patrimonio artístico", dice Vaquero. Todo el palacio guarda ejemplos de ello: la barandilla de la escalera de honor proviene del convento de las Salesas que quedó en muy mal estado tras el incendio que sufrió en 1915. La mesa del comedor de gala para 24 comensales, las sillas y los aparadores fueron hechos con balaustres de la escalera y tablas del parquet del palacio que los Medinaceli tenían donde hoy se levanta el hotel Palace; la mesa de billar, de 1855, de la que se afirmaba que era la que usaba Fernando VII y en la que sus nobles le colocaban las bolas para que pudiera hacer carambolas, la adquirió en una venta de los muebles del palacio de Vista Alegre y los lienzos que decoran el techo con una escena que representa el café y el chocolate probablemente fueron traídos de una cafetería francesa, y muchos cuadros fueron comprados en la venta de los bienes del marqués de Salamanca, tras su ruina.

Evidentemente estos no son las joyas de un museo que puede presumir de tener, además del citado Greco, un retrato de Agostino Doria, pintado por Tintoretto, y lienzos de Miguel Jacinto Meléndez, Federico de Madrazo, Antonio de Pereda, Eugenio Caxés, Juan de Arellano o José Soriano, a los que hay que sumar dibujos de Goya, Bayeu, Maella o Salvador Carmona.

La recuperación del ambiente original ha puesto de manifiesto el gusto del marqués por concentrar demasiadas piezas en cada una de sus salas lo que abruma a algunos de los 70.000 visitantes que pasan al año por sus salas. La sala de columnitas es llamada así por tener sobre una mesa hasta 50 columnitas acabadas en otros tantos bustos; la mesa del salón vestuario está ocupada por decenas de espadines de honor; en la armería se pueden ver desde la armadura utilizada en 1635 por el conde de Alcudia, antepasado del marqués, frente a la armada holandesa hasta escudos inventados; en la sala árabe desde kilim turcos a armaduras de samuráis y en el salón Estufa se acumulan numerosos objetos arqueológicos como hachas neolíticas, espadas íberas o vasos griegos. Porque el marqués, tras haber sido durante 10 años representante carlista en España del pretendiente Carlos de Borbón, decidió dedicarse a la que iba a ser una de sus pasiones: la arqueología. Para ello, desde su palacio de verano en la localidad soriana de Santa María de Huerta, costeó y dirigió un centenar de excavaciones en torno al río Jalón. A su muerte cedería, salvo los objetos que se muestran en el palacio, la totalidad de sus hallazgos a los museos nacionales de Arqueología y Ciencias Naturales.

Las pinturas y espejos en las paredes, las lámparas, cajas de porcelana, monedas, estatuas o relojes se reparten igualmente por la salita Imperio, el comedor de gala, el salón del billar, el salón chaflán, las galerías y, sobre todo, por el despacho. Solo así se entiende que el visitante pueda ver el 90 por ciento de las 36.000 piezas que forman parte de la colección, a las que hay que sumar los 10.000 volúmenes de la biblioteca. La colección incluye los objetos que decoraban el palacio de Santa María de la Huerta que fueron donados por la hijastra, que falleció cinco años después del marqués de Cerralbo.

Pero donde se volcó el deseo de epatar del marqués fue en el salón de baile que tiene incluso tribuna con balconada para la orquesta. Famosos fueron los bailes y conciertos que se celebraban y que eran muy famosos entre la sociedad madrileña de principios de siglo. Aquí el marqués no escatimó medios. Lámparas de cristal de Murano, zócalos de mármol rojo, paneles de ágata de Sierra Morena, grandes espejos, un reloj de los llamados misteriosos que preside la estancia y una pareja de indios americanos con tatuajes, en una curiosa versión del artista, hacen especial esta estancia. "El marqués encargó a Máximo Juderías las pinturas de la bóveda. Representan las danzas de los dioses, las danzas de la antigüedad, las clásicas, las orientales, las populares y las contemporáneas. Se realizaron entre 1891 y 1892. En efecto, Así podemos ver desde una danza en el Olimpo a un galop y entre los bailarines se puede ver representado incluso al marqués vestido con un frac rojo atendiendo a sus invitados", dice Vaquero señalando a este peculiar personaje cuya casa el visitante recorre con la sensación de que sus propietarios acaban de salir para participar en una recepción en Palacio.

GALERÍA DE FOTOS: Regreso al pasado: una visita al museo Cerralbo

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