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Minar el turismo

lunes 12 de agosto de 2013, 12:38h

Los datos sobre el turismo en la Comunidad de Madrid durante el primer semestre de 2013 deberían provocar una reflexión a los responsables municipales y autonómicos del sector. Una bajada superior al 3 por ciento en el número de visitantes y un descenso de los ingresos por esta actividad del 1,2 por ciento, sin ser dramático, puede resultar preocupante. No olvidemos que el turismo aporta más del 5 por ciento al PIB de la comunidad madrileña.

Como habitante del centro de Madrid tengo mi propia teoría para explicar este descenso de turistas que -¡ojala me equivoque!- se irá acentuando. Y es que parece existir un plan premeditado para minar, para socavar, para hundir el turismo. La nuestra es una ciudad cada vez más agresiva e inhóspita para los visitantes. Claro que también lo es para quienes vivimos en ella. Pero no nos queda más remedio que aguantarnos y pensar muy bien a quién votaremos en las próximas elecciones municipales. Pero los turistas llegan, ven y se van. Y, según lo que han visto y vivido -o padecido- deciden volver o no. Y recomendar, o no, a sus allegados una visita a Madrid.

Desde que pisa Barajas el turista comienza a ser importunado. En el aeropuerto taxistas piratas intentan llevarlos a sus coches. Si toman un taxi legal pueden topar con el desaprensivo de turno que les cobra mucho más de lo establecido por la carrera al centro de la ciudad.

Una vez instalados -los hoteles son estupendos- los turistas deciden salir a la calle, fundamentalmente al centro histórico. Y se encuentran con unas calles y plazas tremendamente sucias. Decenas de contenedores exhiben en cualquier esquina toneladas de escombros a cielo abierto. Las papeleras llenas rebosan desperdicios, que acaban extendiéndose por el suelo. En cualquier esquina, a cualquier hora, se depositan bolsas de basuras, embalajes, plásticos... Las paredes chorrean pegamento de los miles de carteles que se pegan en paredes, escaparates y monumentos. Con un poco de suerte, el turista llegará a cualquiera de los rincones donde se orina impunemente y percibirá el olor nauseabundo a pis que impera en el centro madrileño. Eso si no ha pisado antes alguna de los cientos de cacas de perros que siembran las aceras.

Llega el turista buscando el Madrid monumental, el de los Austrias. Y se encuentra, por ejemplo, con una plaza Mayor cada vez más degradada estéticamente. Con decenas de tiendas de recuerdos con unas fachadas atroces que hacen daño a la vista. Tendrá que apartar a empujones a las cochambrosas estatuas humanas que los acosan para entrar en las fotos. En la plaza Mayor, la mujer invisible de rojo y el "spiderman" obeso son especialmente molestos. El turista también ha podido sufrir en su trayecto algún esguince gracias a los miles de pequeños baches y agujeros en el pavimento de aceras y calzadas. Y, si va por Sol, Preciados, Arenal o San Jerónimo, habrá tenido que compartir espacio -arriesgando su integridad- con los coches ya que las aceras son territorio exclusivo de los manteros, cada vez más numerosos y ejerciendo con más tranquilidad su actividad ilícita. Claro que en las aceras que no ocupadas por los vendedores ambulantes, se plantan caballetes publicitarios, motos, mendigos, cubos de basura a todas horas, señales verticales imposibles, cabinas telefónicas, chirimbolos publicitarios, ciclistas a toda velocidad... En Madrid las aceras NO son para los peatones.

Nuestro turista ha logrado llegar indemne a una terraza. Con mucha probabilidad se encontrará sentado sobre una alfombra de desperdicios, dejados por los clientes anteriores y por los propios camareros que, al limpiar las mesas, echan los restos al suelo. Eso sí: el precio de la consumición será de establecimiento de lujo. Ya sentados, deberán tener mucho cuidado con sus propiedades. Cámaras, bolsos, teléfonos a la vista son susceptibles de ser robados por las bandas de "pirañitas", cuadrillas de niños del Este que arramblan con todo lo que se ve y salen huyendo. Son intocables e impunes: pueden robar con total libertad. Puestos a buen recaudo sus enseres, tendrán que soportar, a dos metros de sus oídos, estruendosos conciertos no solicitados. Primero llegará el del acordeón. Después el de la trompeta con un amplificador que permite llevar el sonido a un kilómetro a la redonda. Tras él será el turno de la Jazz-band, diez músicos tocando a toda pastilla. 

Cuando la música ofrezca un respiro será el turno de los pedigüeños, de los subsaharianos vendiendo baratijas, de los lateros con mochila que se atreven a ofrecer su mercancía hasta en las mesas legalmente instaladas. Si la terraza está junto a una calle de tráfico intenso podrá sufrir rotura de tímpanos a causa del volumen de las sirenas de ambulancias y policía. Aunque tengan la Gran Vía despejada y todos los semáforos abiertos, toda la ciudad tiene que enterarse de que están en marcha.

De vuelta al paseo, entre los aromas de "eau de pis" típicamente madrileños, se verán asaltados por cientos de tarjeteros empeñados en meterlos a sus respectivos establecimientos. Da igual que no les hagas caso o te niegues: te perseguirán hasta el hartazgo.

También puede ocurrir que turistas amantes del arte, decidan acercarse a rincones interesantes. Como la capilla del Obispo. Se la encontrarán cerrada por vacaciones. Si quieren ver San Antonio de los Alemanes, tendrán que averiguar cuándo y cómo hacerlo. No digamos nada si son especialmente estudiosos del arte y la arquitectura y quieren conocer iglesias como las de las Mercedarias o las Góngoras: misión imposible. Afortunadamente el Prado y el Reina Sofía son perfectos.

Si ha tenido la paciencia de leer hasta aquí, quizá piense que estoy exagerando. Créame: me quedo corto. Por todo ello tengo la teoría de que muchos turistas no volverán a visitarnos. Y, no contentos con eso, recomendarán a sus conocidos que tampoco lo hagan. Si en las próximas estadísticas se sigue reflejando la bajada del turismo, será para echarse a temblar. La labor de captación de nuevos mercados que emprendiera hace más de una década el equipo económico de Miguel Ángel Villanueva, apoyado por el impacto de las sucesivas candidaturas a ser ciudad olímpica, se habrá venido abajo. Hay muchos puestos de trabajo y mucho dinero en juego. Y la imagen de la Capital de España será cada vez menos digna y atractiva.  Y yo no veo que nadie haga nada por remediar todo esto. Así que reitero: hay un plan para minar el turismo en Madrid.

Antonio Castro

Cronista Oficial de la Villa

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