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Especial: La Gran Vía cumple 100 años

El escaparate cultural de Madrid

El escaparate cultural de Madrid

Por Enrique Villalba
domingo 07 de marzo de 2010, 00:00h
El primer pensamiento que viene a cualquier persona cuando se habla de la Gran Vía es la cultura. Cines, teatros, musicales, cabarets. La historia de la calle está en la vanguardia cultural de toda España en este siglo. Madridiario comienza su especial sobre el centenario de esta arteria de la capital recorriendo su vida cultural.
La Gran Vía tuvo esencia cultural antes de existir. Las callejuelas donde se ubicaría esta arteria centenaria eran un zona de actividad escénica desde finales del siglo XIX. El Alhambra de Libertad, el Salón Capellanes en Maestro Victoria o el Calderón de la calle de la Madera, entre otros, configuraban una red lo bastante intrincada para ser referencia en el Madrid efervescente de principios del siglo XX.

Entró la piqueta a funcionar y con ella fue aparejado el espectáculo. Los grandes teatros crecían a medida que aparecían los nuevos edificios. "La Gran Vía nace como una expansión urbanística. Poco a poco, gobernantes y empresarios se dan cuenta que debía aglutinar la actividad económica y social de la ciudad. Desde entonces se convierte en el escaparate, en la marca cultural de Madrid", explica Antonio Castro, cronista de la Villa. Está preparando un libro titulado 'La Gran Vía y el espectáculo'.

En los primeros años, reina el teatro en esta calle. En 1911 aparece el cine-teatro Gran Vía, frente al actual cine Capitol, y en 1924 el lujoso teatro Fontalba (posterior teatro Popular), donde "reinó" Carmen Ruiz de Moragas. Sin embargo, los empresarios del ocio entendieron que la Gran Vía estaba reservada a un nuevo arte. "Ha sido una calle más cinematográfica que teatral. La aparición del cine sonoro hace que la mayor parte de los teatros se transformen en cines apenas un año después de abrirse. Otros nacieron ya como tal", continúa Castro. Callao, Palacio de la Prensa, Capitol, Coliseum, Lope de Vega, Pompeya, Rex, Madrid-París (Imperial), Velussia (posterior Azul)... Una extensa lista de nombres que situaron la quintaesencia de la modernidad en una calle en pleno proceso de crecimiento.

Carencias materiales
La Guerra Civil no acabó con ese espíritu cultural a pesar del bombardeo sistemático al que le sometió el ejército nacional. "Las salas abrían para dar trabajo y entretenimiento a la población y los soldados. Estaban muy condicionadas por la carencia de materiales y de luz, por lo que había pocas sesiones. Las juntas antireaccionarias controlaban los contenidos de espectáculos de masas, por lo que autores como Pedro Muñoz Seca o Leandro Navarro, autores señalados como conservadores, fueron vetados en los teatros", afirma el cronista.

El franquismo impuso la censura física, moral y social a la calle y sus espectáculos. Humor blanco y decencia, era el salvoconducto para el consumo del ocio de "vanguardia" que ofrecía la Gran Vía, esa arteria del estreno que no estaba al alcance de muchos. A lo largo del tiempo varió la incidencia germanófila por la de Hollywood, mientras se desarrollaba el cine español nacionalcatólico (edulcorado pero muy apreciado por su cierto realismo social).

El mundo del trasnoche
Castro continúa: "A medida que fue pasando el tiempo, se convirtió en un lugar para ver y ser visto. Era el centro del mundo donde todo era posible, en el que se estrenaban las grandes películas y donde se podían ver a personalidades del mundo del espectáculo andando sobre una alfombra roja". Un ejemplo claro fue el de Sara Montiel, que colapsó la calle en 1957 con el estreno de 'El último cuplé'. También estaban aquellos que no querían ser vistos en la vida nocturna madrileña. El mundo del trasnoche tenía también su nicho en la Gran Vía a través de cabarets, salas de fiestas y variedades. En algunos de ellos, tras espectáculos musicales o de magia se excusaba cierto alterne encubierto con el que evadir los fuertes condicionantes morales de la época.

La desaparición de la censura motivó una reacción cultural que se templó con el tiempo. "La sociedad necesitaba sentir que quebrantaba lo prohibido. Hubo muchos creadores, desde buenos (Alberti, Arrabal...) a horribles, pero donde se notó una recuperación en el terreno cultural. Tras un primer sarampión, la cosa se tranquilizó y comenzaron a desarrollarse, cada vez, espectáculos de mejor calidad. Pronto surgió la Movida madrileña en un entorno mucho más 'underground'. Sin embargo, en cuanto tuvieron la oportunidad saltaron al estrellato en la Gran Vía. Es el caso de Pedro Almodóvar, que colapsó la calle en el estreno de sus primeros filmes importantes", prosigue.

El rescate de los musicales
La actividad económica masiva de los años 90 influyó de manera negativa en esa apuesta por la cultura en la Gran Vía. Comenzaron a caer los cines uno a uno para dejar paso a la cultura del consumo. Las grandes tiendas (cuyo precedente fue el Teatro Lope de Vega, que estaba integrado en un complejo arquitectónico que incluía hotel, teatro, edificio de viviendas, centro comercial y sala de fiestas) fueron encontrando su sitio, y estos contenedores culturales tuvieron que ceder ante el inexorable paso del tiempo. Los estrenos de alfombra roja casi habían desaparecido por el coste que suponían, y la cultura del centro comercial imponía su ley. La sociedad prefería ir a cines en la periferia, más cercanos y con más prestaciones (algo que ya había anticipado el maestro Guerrero al querer abrir un teatro "en la Sierra").

Tuvieron que ser los empresarios los que arriesgasen enormes sumas de dinero para revitalizar la zona. Un nombre propio destaca sobre el resto. Luis Ramírez llevó al teatro Lope de Vega 'El hombre de la Mancha', en 1998. Era el regreso grandilocuente del espectáculo en directo, del más difícil todavía. Esa era la nueva fuente de la vida cultural de la Gran Vía. Desde entonces, ha sido éste modelo de espectáculo el efecto llamada. Tras él llegaron 'La Bella y la Bestia', 'My fair lady', 'Cats', 'Mamma Mía!'... Y con ellos la recuperación de espacios como el Coliseum, el teatro Gran Vía o el Rialto. En los últimos años, también se ha apostado por la música. La Fundación Caja Madrid está recuperando el Palacio de la Música para crear una sala de conciertos de clásica, idea original del proyecto.

Para Castro, "la Gran Vía nunca ha sido el Broadway madrileño. Ambas calles tienen orígenes y desarrollos distintos. Esta calle se convirtió en el referente del desarrollo económico, social y cultural de Madrid. Fue un espacio de lujo, abierto a una cultura masiva. El centro del universo al que acudían desde toda España para conocer lo más novedoso y que ha sabido transformarse con el tiempo".
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