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El mundo al revés

jueves 27 de agosto de 2020, 08:17h

No sé ustedes, pero desde hace un tiempo tengo la sensación de que el mundo está un poco del revés. Y no todo se puede achacar al coronavirus o a la nueva normalidad porque esto viene de antes. Comportamientos, actitudes, realidades que superan a la ficción, cosas que pasan a diario y que cuesta creer que sean verdad, pero que lamentablemente lo son...

Ayer leía un titular de esos a los que no puedes dar crédito: “Multan con 4.200 euros a un restaurante por repartir comida a familias sin recursos en el confinamiento”.

Al propietario de un restaurante en Valencia el decreto del estado de alarma le pilló con las cámaras frigoríficas llenas de comida. Cuando llegó la pandemia decidió cocinar para las familias más vulnerables de su ciudad. Junto con unas voluntarias, con su trabajo y con su buena fe repartieron esa comida a quien más lo necesitaba y estoy segura de que no lo hizo ni por recibir un reconocimiento ni un aplauso de las autoridades, pero lo que seguro no esperaba es que su generosidad y su gesto absolutamente admirable fueran castigados con una multa.

Seguí leyendo y encontré otro titular, al menos igual de insólito: “Un hombre podría ser acusado de allanamiento tras entrar a su propia casa cuando los okupas se fueron de vacaciones”. Este ciudadano, dueño de un piso en Mataró, lo único que pretendía era recuperar SU casa tras estar 6 años ocupada y aprovechó que los okupas se iban de vacaciones a Ibiza para entrar en SU piso, pero como éstos habían instalado una alarma, el que ha cometido los posibles delitos de allanamiento y coacciones es el dueño legítimo de la vivienda ¡De locos!

Como comprenderán ya no seguí leyendo... Me es muy difícil entender muchas cosas, tampoco pretendo entenderlo todo ¡la verdad!, pero es que son demasiadas las cosas que son justo al revés de lo que han sido siempre. Y no es simplemente una cuestión de bien o mal o de normal o raro, porque ahí puede haber mucho de moral y no es mi intención entrar, pero sí que muchas de esas cosas son de sentido común, aunque, pensándolo bien, quizás por eso se dice que es el menos común de los sentidos.

Sinceramente, no me gusta un mundo en el que quien delinque es “presunto inocente” y quien no lo hace es “presunto culpable”. En el que si ayudas a alguien es “porque algún interés llevarás”. En el que opinar distinto es “estar contra mí”. En el que me tutelen y me cuenten “una verdad oficial”. En el que si un empresario triunfa en lugar de admirarle se le persigue. En el que si te equivocas buscas un culpable para no asumir tu responsabilidad. En el que si sale bien es “gracias a mi” y si sale mal “es cosa tuya”. No me gusta un mundo en el que no se prima el talento porque son los mediocres quienes mandan.

No me gusta un mundo en el que a los niños no se les educa en la excelencia ni el esfuerzo bajo la manida “igualdad” como excusa. Ni en el que es mejor que nuestros niños no sean buenos por si sufren o les confunden, ya saben eso de que “de bueno que es, parece tonto”. Ni en el que, si esos niños sufren acoso, son ellos a los que se les cambia de colegio y no al acosador. O que si te maltratan es porque “algo habrás hecho”. No me gusta un mundo en el que se normalizan lenguajes y comportamientos bajo letras de “las canciones más escuchadas”.

Me gustaría un mundo en el que la justicia fuese justa. En el que las leyes fuesen algo más que legales. En el que “mejorar la vida de las personas” incluyese a todas las personas. Me gustaría un mundo en el que la libertad individual no fuese más importante que la colectiva. Y por eso me gustaría poder leer titulares y no tener que dejar de hacerlo porque parecen más propios de un “mundo insólito”. Me gustaría que darle una vuelta al mundo no sólo fuera ponerlo del revés.
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