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Don Manuel Galiana y el oficio de actor
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(Foto: Antonio Castro)

Don Manuel Galiana y el oficio de actor

lunes 14 de septiembre de 2020, 19:47h

Don Manuel Galiana es madrileño y se enamoró del teatro en el instituto San Isidro. Como otros compañeros de profesión, debe su vocación al profesor Antonio Ayora y su Aula de Teatro.

En 1964 logró un gran triunfo en el teatro de Lara con La casa de los siete balcones, sosteniendo un gran duelo con la enorme Amelia de la Torre. Eran todavía los tiempos de las dos funciones diarias. Estando representando esta obra, Chicho Ibáñez Serrador, llamó a Manuel y le dijo:

-Te ofrezco el papel que te va a consagrar y por el que se te recordará siempre.

-¿Hamlet? ¿Segismundo? ¿Romeo?

-No. El protagonista de El último reloj, que grabaré para Historias para no dormir.

Cincuenta y seis años después, los que tenemos una edad -y hasta dos...- todavía recordamos aquella aterradora historia. Algunos días grababan escenas entre función y función. Un coche esperaba a Galiana ante el teatro al final de la representación de las siete, lo llevaba al plató y grababan hasta que se acercaba la hora de la segunda. Muchos días el actor se cambiaba de ropa en el coche durante los trayectos. Era el año 1964 y Manuel Galiana entró por la puerta grande en el teatro y la televisión, se convirtió en un primer actor.

Hoy don Manuel se sube cada tarde al escenario del Bellas Artes para interpretar a un socarrón prestamista en Eduardo II. Tiene solo dos escenas, pero el público le aplaude los dos mutis respectivos. Es el triunfo de la veteranía, del oficio.

Desde que, en 1961, hizo el meritoriaje (periodo de trabajo gratuito en una compañía para acceder a la profesionalidad) en el María Guerrero con Cerca de las estrellas y en el mismo Lara con El abogado del diablo, Manuel ha estrenado más de sesenta montajes. Ha tocado todos los géneros y en todos ha salido airoso. Ha transitado de Madre Coraje a Ellas los prefieren un poquito locas; de Cyrano a Los chicos de la banda. Esta última obra fue la primera de temática exclusivamente homosexual que se estrenó en España. En una ocasión le pregunté a Galiana si había tenido algún reparo en aceptar un personaje gay:

-- Yo no solo no lo dudé, sino que hubiera pagado por hacer esa obra. El primer aplauso de la noche se produjo a los dos minutos de comenzar. Casi cada intervención era seguida de una ovación.

Y eso que alrededor del teatro Barceló se había desplegado un dispositivo policial por si se producían disturbios. Era el 3 de septiembre de 1975, con el Caudillo agonizando. Pero la comedia tuvo un éxito enorme.

Siendo importantísima la carrera teatral de Galiana, la televisiva no lo es menos y, quizá, más abultada. El cine lo ha tratado peor. Apenas una veintena de títulos figuran en su filmografía. Seguramente aquel joven menudo, rubio, de ojos intensamente azules, no encajaba en el prototipo de españolito cejijunto y un tanto cetrino que se llevaba hace medio siglo.

Don Manuel está siempre activo. Hace unos pocos años sus discípulos le regalaron un pequeño local que se bautizó como Estudio 2. Cuando no está de grabación o de teatro, allí tiene su cuartel general.

Galiana es una de las muchas razones para ir a ver Eduardo II Ojos de Niebla. Para admirar el magisterio de un actor a punto de cumplir los ochenta años.

Esta temporada que empieza con tantas dudas, nos va a traer -como en las anteriores- el trabajo de una gloriosa generación de octogenarios: Lola Herrera, José Sacristán, Concha Velasco… Sugiero a los jóvenes e incipientes aficionados -los mayores ya los conocemos y admiramos- que acudan a los teatros donde actúen. Verán auténticas lecciones magistrales de interpretación pero, sobre todo, de vida. Demostraciones palpables de que, a los ochenta, se puede seguir siendo geniales. Como don Manuel Galiana.

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