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Todo modo en estado de alarma

viernes 20 de marzo de 2020, 20:22h

Vivimos una situación excepcional, nunca vivida, ni por los más viejos del lugar recluidos en residencias o en un hogar con nietos a jornada completa, ni por las parejas impelidas a la experiencia de una convivencia extrema, ni por los más tiernos infantes obligados a pasar los días lejos del colegio y el parque, ni por nadie de nadie de mil novecientos nadie. Vivimos y contemplamos la vida frente a los medios que nos allegan noticias más y más inquietantes, tratando de organizar un tiempo que ignorábamos y haciendo cábalas sobre plazos laxos, indefinidos, vagos, abstractos e imprecisos.

En los primeros días, la excitación de la novedad y el totum revolutum hormonal y neurotrasmisivo incrementan la frecuencia cardiaca, contraen los vasos sanguíneos, dilatan las vías aéreas y generan reacciones de lucha o huida en el sistema nervioso simpático. Pero, ¿luchar contra qué o huir hacia dónde?

Como de momento no hay qué ni dónde, las reacciones se suceden y concretan en aplausos agradecidos al colectivo sanitario, ingeniosos juegos colectivos en patios de vecindad, cánticos comunales o chacotas individuales de señores que salen a tirar la basura disfrazados de dinosaurio o señoras que sacan las piernas por la ventana, que los canales televisivos repiten al unísono una y otra vez hasta el hartazgo.

Es el momento de acción de dos neurotransmisores, epifefrina y noradrenalina, que poco a poco irán agotándose en su actividad, para dar paso al tedio, la melancolía, el splín, el muermo, la angustia vital y el fastidio universal cadalsiano. Y en este punto hay que recordar que todo apunta a que nos queda mucha mili de reclusión, enclaustramiento y clausura.

Y llegará, quizá más pronto que tarde, el ahogo de vivir en un espacio físico acotado.

La opción de combate es el ejercicio mental y a tal se puede llegar por muchas vías, entre las que proponemos un par que valen para creyentes y descreídos: la de san Ignacio de Loyola o la de Luis Eduardo Aute.

De manera que o usar las meditaciones y oraciones que el santo de Azpeitia condensó en el libro Exercitia spiritualia, publicado en 1548, ocho años antes de su muerte, o profundizar y dar vida a la letra de Cine, cine, la canción de Luis, con “cine, cine, cine, más cine por favor, que toda la vida es cine y los sueños cine son”.

Ejercicios espirituales o pelis. Esta es la cuestión de este soliquio. O, al menos para empezar, las dos cosas. Y ahí entra la definición de su método que según Ignacio se entiende como: “… todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de razonar, de contemplar; todo modo de preparar y disponer el alma, para quitar todas las afecciones desordenadas (apegos, egoísmos, ...) con el fin de buscar y hallar la voluntad divina”.

Todo modo, insiste el venerable, que no es casualidad que ese sea el título de la película dirigida por Elio Petri, con Gian Maria Volonté y Marcello Mastroianni en los papeles protagonistas.

Aunque estrenada en 1976, hace más de cuarenta años, por la cinta no ha pasado el tiempo sino todo lo contrario, su mensaje y su visión de la jugada siguen estando de rabiosa actualidad. Como dice el crítico de cine madrileño y madrileñista Rubén Redondo, Todo modo confirma: “… la realidad de las preocupaciones presentadas por el italiano acerca del triste panorama que se avecinaba en el medio plazo en una Europa ciega por su propio éxito cortoplacista basado en la cultura monetarista del pelotazo y del quítate tú pa’ ponerme yo, que como bien indicaba el genial autor de “La clase obrera va al paraíso”, acarrearían funestas e insalvables consecuencias para la sufridora población trabajadora que difícilmente podrían tener solución una vez cometido el acto de homicidio contra segmento social”. A mayor abundamiento, la película, basada en la novela del mismo título del siciliano Leonardo Sciascia, narra una peripecia de enclaustramiento mientras sobre el exterior se abate una terrible epidemia.

Y aquí se abre la posibilidad de pasar a la acción en la segunda vía con alforjas de especificidado, dicho en “romanceluloideo”, de aplicarse en la contemplación y meditación de un ciclo de cine infeccioso haciendo buena la jota que Imperio Argentina cantaba en Nobleza baturra: “… que a un segador no le importa ahahahaa, que le dé el sol cara a cara ahahahaa, que le de el sol cara a cara ahahahaa, cuando vuelvas de la siega ahahahaa”.

Podría empezarse con clásicos de la madre de todas las epidemias, en visionado de La peste, escrita y dirigida por Luis Puenzo, estrenada en España en 1994, o Pánico en las calles de Elia Kazan y factura de 1950 sobre el mismo tema, para seguir con reflexiones de más calado como Ceguera, basada en la novela de Saramago y estrenada en 2008 o la ya mentada Todo Modo, para seguir con una visón realista y pegada a nuestros días como la de Estallido, dirigida por Wolfgang Petersen en 1995 con Dustin Hoffman, René Russo y Morgan Freeman en el elenco estelar, o sumergirse en la distopía no tan distopía fascinante y bellísima de Los hijos del hombre, coescrita y dirigida por un genio mexicano que atiende por el nombre de Alfonso Cuarón.

Pero si el espectador confinado se atreve a enfrentarse con la realidad y potencial del coronavirus lo que ha de ver es Contagio, donde el protagonista se llama MEV-1 y bien podrían ser primo hermano del COVID-19 que ahora nos acosa. Dirigida por el estadounidense Steven Soderbergh, se basa en la pandemia de gripe A/H1N1 o gripe porcina y anticipa de manera escalofriante la plaga que hoy estamos sufriendo en la práctica totalidad del planeta. Para empezar el virus surge en China tras el viaje de trabajo de una doctora estadounidense a Hong Kong y la forma de transmisión es el contacto entre humanos y el descuido en los hábitos de higiene, especialmente el lavado de manos. Una doctora de CDC, Centers for Disease Control and Prevention, dice textualmente: “Cada persona se toca la cara de tres a cinco veces por minuto, y cuando no, está tocando pomos, vasos y a otras personas”. Su jefe aclara: “Estamos ante un virus sin protocolo de tratamiento y sin vacuna”. Todo empieza a sonarnos fuerte, pero más adelante y ante el lógico retraso de la emergencia de ese protocolo y vacuna otro experto señala: “La única medida efectiva para combatir el virus es el distanciamiento social”. Para completar el panorama en el relato aparece un bloguero sin escrúpulos que difunde el bulo de una falsa cura. Definitivo o pre-definitivo porque en la conclusión del film y en las colas de imágenes tras el final feliz de la epidemia, un bulldozer de la multinacional para la que trabajaba la primera víctima de la pandemia derriba unas altas palmeras de las que salen en desbandada grupos de murciélagos y uno de ellos va a posarse sobre un platanero del que inmediatamente coge un fruto. De nuevo en el aire, un trozo del plátano cae en una granja donde es inmediatamente engullido por un lechoncillo. En la siguiente imagen unos cocineros chinos están asando el lechón y se limpian las manos en el delantal. A continuación lo lleva a la mesa de la doctora y la saluda con un apretón de manos para que el espectador descubra que ella fue el paciente cero.

¿Nadie había visto esta peli?

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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