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Violencia filio-parental
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Violencia filio-parental (Foto: Fundación Amigo)

Aumenta la violencia de hijos a padres en España y en Madrid

lunes 16 de diciembre de 2019, 07:00h

“Me ponía muy agresiva”, relata Marta (nombre ficticio) cuando habla sobre su situación hace unos años, aquellos en los que su casa fue un lugar en el que se vivieron escenas de violencia filio-parental (VFP). Se trata de aquellas situaciones en las que de manera reiterada se dan agresiones físicas, psicológicas, verbales y/o no verbales, así como económicas, por parte de los hijos o hijas hacia sus progenitores u otras personas de su núcleo familiar.

Según datos de la Fundación Amigó, durante 2018 se incoaron en España 4.833 procedimientos a menores por violencia contra sus padres o madres, un 3,6 por ciento más que durante 2017. En la Comunidad de Madrid, por su parte, durante 2018 se abrieron 686 expedientes a menores por delitos por este motivo, lo que la sitúa como la tercera comunidad que registra más casos, por detrás de Andalucía y Comunitat Valenciana.

Comparativamente a los datos obtenidos por dicha entidad –a partir de las memorias regionales de las Fiscalías de Menores-, en 2017 la cifra de denuncias de este tipo en la región madrileña fue de 664, un 0’4 por ciento menos que este año, un repunte que si bien no es muy notable, sí es preocupante según los expertos.

Según indica la psicóloga de Fundación Amigó, Irene Gallego, la violencia filio-parental “ha aumentado de manera muy significativa en todo el territorio nacional”, e indica que “en los últimos 12 o 13 años se han disparado muchísimo los casos”. Según comenta, “los datos más objetivos proceden de muestra judicial, y señalan que en la última década se ha multiplicado un 400 por ciento las denuncias de padres a hijos por haberles maltratado”.

De esta manera, las causas abiertas a jóvenes por este tipo de delito han aumentado desde 2013 hasta alcanzar los 4.833 expedientes incoados a jóvenes por agresiones en el ámbito familiar durante 2018, según indica la Memoria de la Fiscalía General del Estado.

Sin embargo, para los profesionales en este ámbito destaca que a pesar de que se trata de un “grave problema social”, más allá de lo que pueda aparecer en algunos shows de televisión, permanece en la sombra la mayor parte de las veces. “Se estima que solo se denuncian los casos más graves, entre un 10 por ciento y un 15 por ciento del total, por lo que estamos hablando de un problema en la mayoría de las ocasiones oculto y es necesario dar visibilidad y concienciar a la población del problema existente”, relatan desde la Fundación Amigó.

“Hay que tener en cuenta que estos datos solo señalan las situaciones más graves, ya que existe una cifra negra que no se detecta porque no se llega a la denuncia”, señala por su parte la psicóloga de Fundación Amigó, Irene Gallego. “Es de gran importancia dotar de las estrategias necesarias a las familias que sufren esta problemática. Un trabajo en red que aúne pautas, formación y conocimiento sobre esta alarmante problemática disminuirá el estigma de las familias que lo viven”, apunta la profesional.

Marta y José María

Ahora Marta tiene 22 años y desde hace tres forma parte del proyecto que la Fundación Amigó tiene en la Comunidad de Madrid, el programa ‘Conviviendo’. Con este, la mencionada asociación trata de ayudar a aquellas familias que han visto cómo en sus casas las violencia entraba por la puerta a medida que su hijo o hija crecía.

“La relación con mi padre nunca fue del todo buena, con mi madre un poco mejor, pero a medida que fui creciendo todo se complicó mucho”, relata la joven, quien asegura que cuando su madre decidió buscar una solución externa al problema, “me preguntó sobre qué me parecía y yo lo apoyé y acepté”, cuenta.

Por su parte, José María (nombre ficticio) es padre de dos chicas de 24 y 20 años. Cuenta que se llegó a un punto en el que en su hogar “la situación era muy complicada” y que el comportamiento de una de sus hijas provocaba momentos “que no eran normales”, siendo especialmente graves cuando “empezaba a alterarse, a insultarnos y a agredirnos”.

“Era una convivencia muy difícil, no podíamos vivir de esta forma”, asegura el progenitor, que lamenta que “no sabíamos qué hacer, era cada vez peor”. Por ello, finalmente decidieron pedir ayuda y “empezamos a hacer terapias de comportamiento, tanto nosotros como nuestra hija”.

Así, todos ellos forman parte de los programas de ayuda y terapia que se llevan a cabo en el marco del mencionado programa, en el que se otorgan “herramientas” para que mejorar tanto a nivel personal como familiar. “Nos han enseñado a hablar, a comunicarnos y a no ponernos nerviosos, porque antes todos nos poníamos siempre muy nerviosos”, señala José María, que valora que además de obtener beneficios “en el ámbito doméstico, lo hemos visto también en el ámbito social”.

Además de llevar a cabo terapias individualizadas, se trabaja la medicación entre ambas partes para “que haya evolución y transformación”, indica Marta. “Nos han ayudado a vivir, a convivir, a saber afrontar los problemas”, añade José María. “Si me comparo con la Marta de hace tres años,Marta ha crecido, ha madurado y ha aprendido a querer bien, a no ser tóxica y a no dejar tener personas tóxicas en el entorno”, sentencia Marta.

¿Por qué sucede?

Las personas que ejecutan este tipo de violencia tienen una intencionalidad. Los chicos y chicas que agreden a sus padres lo hacen porque a través de la agresividad quieren conseguir cosas”, señala Irene Gallego.

Si bien son varias las causas que pueden llevar a que se de este tipo de violencia, la Fundación Amigó señala una serie de factores de riesgo que influyen, así como indican que también afecta la modificación de la conducta paternal para evitar el conflicto, la no aceptación de la autoridad, el maltrato psicológico y la violencia física.

Con una muestra de más de 1.000 personas, el estudio de dicha asociación concluye que la media de edad de los hijos/as que agreden a sus padres es de 15 años y medio, mientras que la edad media de sus progenitores es de en torno a los 46 años y medio. El 71,11 por ciento de los casos, además, presenta el problema cuando los hijos tienen entre 12 y 18 años, coincidiendo con la edad adolescente, en muchas ocasiones una etapa personalmente “complicada”.

En el 74,01 por ciento de los casos, los hijos agresores disminuyen su rendimiento escolar y en el 16,81 por ciento de los casos, los chavales han sufrido acoso escolar o ‘bullying’.

A nivel de género, existen diferencias: en el 63 por ciento de los casos la violencia es ejercida por los hijos, mientras que en el 37 por ciento es por las hijas. Asimismo, “los chicos suelen ejercer una violencia más física, mientras que las chicas lo hacen más a nivel psicológico y a nivel emocional”, señala la psicóloga de la fundación.

Es importante señalar, además, que en el 40,87 por ciento de los casos los hijos han sido testigos de algún tipo de violencia. Es algo que comenta Marta, quien dice que “yo me ponía muy agresiva porque estaba acostumbrada a un nivel de agresividad en casa de mi padre que no era normal”, indica al comentar su caso.

Por último, en el 64,35 por ciento de las ocasiones, los jóvenes agresores presentan algún tipo de adicción, “en especial relacionado con el consumo de cánnabis y, en algunas otras ocasiones, cocaína”, indica la psicóloga.

Pautas para prevenir la VPF

Tal y como explican desde la Fundación Amigó, este tipo de situaciones están relacionadas parcialmente con la forma en la que se educa a los niños: “la mayoría de padres y madres se enfrentan al desafío de la educación con mucha voluntad e ilusión, pero no siempre con las ideas claras”, indican.

Si bien recalcan que “la gran mayoría de padres y madres quieren mucho a sus hijos y todo lo que hacen a lo largo de su educación es con la mejor intención”, educar a un hijo es “una ardua tarea que se complica muchísimo más si los hijos o hijas han nacido con un temperamento difícil”.

Así, según comentan “los niños y niñas con un temperamento difícil dificultan la tarea de educar”, pero “este temperamento debe estar mediatizado por la forma que tengan los padres y madres de reaccionar y por las pautas de crianza que utilicen” con sus hijos. De esta forma, desde la Fundación Amigó señalan la necesidad de “saber poner límites, teniendo en cuenta los diferentes periodos evolutivos por los que atraviesan, y supervisar que no se rebasen dichos límites e imponer consecuencias cuando se transgreden”.

De la misma manera, es de gran relevancia “escuchar a los hijos y, conforme se van haciendo mayores, aprender a negociar con ellos” al tiempo que debe conseguirse “hacer un uso adecuado del ‘no’ y del ‘sí’ para enseñarles a ser responsables y a tolerar la frustración”. “Si desde que los hijos e hijas son pequeños/as los padres y madres no van moldeando sus comportamientos negativos, enseñándoles que de esta forma no conseguirán sus objetivos, el niño o niña crecerá y su temperamento difícil y conductas negativas crecerán también”, sentencian.

Dada la dimensión social que adquiere la violencia filio-parental, la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) está organizando el III Congreso Nacional de Violencia Filio-Parental, que tendrá lugar en mayo de 2020 en Valencia y que participarán más de 300 expertos en este ámbito para analizar los logros y retos para abordar este problema.

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