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La ciudad encantada de Manuela Carmena

viernes 19 de octubre de 2018, 08:17h

La ciudad encantada que concibe Manuela Carmena solo existe en su imaginario personal. Aunque sus acólitos le hablen de un paisaje urbano idílico y sobresaliente, tal ensoñación se disuelve en la realidad que nos rodea cada día. Las encuestas que dicen manejar, cocinadas en algún sotanillo del Palacio de Cibeles, dibujan un panorama maravilloso, sin parangón alguno en la historia reciente de nuestra Villa. Nunca vivieron los vecinos de Madrid tan contentos y tan satisfechos. Hasta la Diosa que preside la plaza, sentada en su carro tirado por leones, sonríe beatíficamente.

Hacen bien sus discípulos municipales: todos los gobernantes necesitan que se les endulce la vida política con alabanzas y noticias saludables. También les pagan por ello. Sin embargo, por muchas habaneras matinales que le canten a Manuela Carmena, lo hecho hasta hoy por Ahora Madrid no justifica tanto halago estadístico. El muestrario elegido puede manifestarse feliz y contento, no lo dudo, pero buena parte de lo prometido está aún por hacer.

¡La imaginación al poder!, gritaban los activistas parisinos de aquel Mayo del 68, pero ese lema tan hermoso no puede, ni debe, encubrir tanta ineficacia y tanta improvisación. En la ciudad encantada que venden a Manuela Carmena no existe el caos circulatorio, las calles aparecen limpias y relucientes, las zonas verdes cuidadas y frondosas, los barrios marginales y periféricos atendidos con dotaciones y servicios suficientes, los carriles bicis repletos de ciclistas, las aceras ensanchadas atiborradas de peatones y las manifestaciones culturales aflorando en cada esquina. Así se lo pintan.

Señora Alcaldesa, basta con acercarse a lo concreto, a lo cotidiano, a lo más próximo, para comprobar que lo engañoso se difumina cuando los espectadores realistas adivinan el truco que lo hace posible. Con toda la humildad del mundo yo le recomiendo que se crea la mitad de la mitad de aquello que le susurran al oído sus consejeros. Un buen consejo que tengo el gusto de regalarle. Formaba parte del ideario intuitivo de mi abuelo, un hombre sabio y progresista que padeció los rigores de la dictadura franquista. Tal y como actúan los suyos, bueno sería que cada mañana se inoculara una buena dosis de realismo democrático.

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