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TAL DÍA COMO HOY

Francisco Rizi, Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, 1683, óleo sobre lienzo, 277 x 438 cm, Madrid, Museo del Prado.
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Francisco Rizi, Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, 1683, óleo sobre lienzo, 277 x 438 cm, Madrid, Museo del Prado. (Foto: Francisco Rizi)

El buhonero hereje al que el garrote vil puso punto y final

Por MDO
jueves 14 de junio de 2018, 08:00h
Tal día como hoy, Reinaldo Peralta contempló sus últimos instantes en el mundo de los vivos ante las cientos de almas que fijamente le miraban en la Plaza Mayor y que celebraban su muerte y desgracia. Catalogado como hereje por la osadía de golpear a un sacerdote y arrebatarle la hostia consagrada, al vendedor ambulante de origen francés, tan solo le quedó contemplar aquellos instantes festivos para todos menos para él. El garrote vil le esperaba.
Sucedió un 14 de junio de 1624. Reinaldo Peralta, buhonero con origen en Francia, encarriló como condenado a muerte lo que sería su última entrada por los arcos de la Plaza Mayor. En ese momento pudo sospechar que entraba para no volver a salir, al menos con vida.

Eran años en los que el gobierno español se sustentaba bajo las órdenes y mandatos del Conde Duque de Olivares, hombre fuerte y de confianza del rey Felipe IV. Tendiendo al autoritarismo, Olivares recurrió a las rogativas como jamás se había hecho. Una práctica que se incrementó a partir de 1630 y que consistía en orar a Dios en público por todas partes de España.

El buhonero, estando en misa en la iglesia del convento agustino de san Felipe el Real (actual Puerta del Sol), arrancó la hostia de las manos del sacerdote que se disponía a consagrarla y, ante las caras desencajadas de los presentes, la hizo pedazos y la arrojó al suelo con la intención de pisarla, siendo impedido por los propios feligreses. Por orden del rey, el hugonote (pues ésta parece haber sido su posición religiosa) no fue llevado al tribunal de la Inquisición de Toledo, como correspondía, sino procesado en Madrid, y tan rápidamente que sólo nueve días después era condenado al garrote vil en un auto de fe particular, organizado exclusivamente para él.

En la España de principios de 1600 no solo se contaba con las rogativas, también con los comunes provivios que se practicaban en la villa de Madrid y oficiados por sacerdotes en los que el objetivo era compensar a Dios por los actos culpables de los hombres. En muchas ocasiones se convertían en autos de fe dirigidos a herejes y a la destrucción de pinturas y esculturas sagradas.

Aquella mañana, sin más remedio, el desdichado vendedor ambulante acusado de "hereje apostata", fue ajusticiado ante la muchedumbre que allí disfrutaba del acto. Un acto resaltado por la decoración que la Plaza Mayor presentaba a modo de teatro y en la que Reinaldo cayó muerto y posteriormente su cuerpo envuelto en llamas.
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