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La directora general de Patrimonio, Paloma Sobrini, en las obras de restauración de la parroquia de San José de la calle Alcalá, donde han reaparecido los agujeros de las bombas.
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La directora general de Patrimonio, Paloma Sobrini, en las obras de restauración de la parroquia de San José de la calle Alcalá, donde han reaparecido los agujeros de las bombas. (Foto: Kike Rincón)

Las obras de la parroquia de San José 'redescubren' dos impactos de obús de la Guerra Civil

Las obras de rehabilitación en una cúpula de la barroca iglesia de San José, justo en el nacimiento de la Gran Vía, han servido para redescubrir los impactos de dos bombas caídas durante la Guerra Civil que no llegaron a explotar. La altura, la oscuridad y, sobre todo, el arreglo de la cubierta exterior tras el conflicto habían invisibilizado estos grandes agujeros.

De esas cosas que solo queda alguien que lo dijo una vez. Porque, desde abajo, no hay ojo profano que pueda percibir que a 35 metros de celestial distancia, casi en la punta de la cúpula central de la barroca parroquia de San José de Madrid, había dos agujeros por los que cabía un cuerpo. Y un par de obuses. Los que crearon esos boquetes en algún momento de la Guerra Civil. Un detalle menos perceptible aún si a lo que se va a este oscuro templo perdido en la multitud es, simplemente, a rezar.

Las obras de restauración del exterior de esta iglesia situada en el 43 de la calle Alcalá, justo en el nacimiento de Gran Vía, han arrojado luz a este hallazgo. Literal. "Los impactos han aflorado al levantar el faldón de cubierta", explica Ignacio de la Vega, arquitecto director de la reforma. Cuando ocurrió, y se eliminó la pizarra para empezar a reparar la malograda estructura, dos fogonazos cruzaron los muros e iluminaron la cara interior de esta cúpula. Hasta entonces, había permanecido en penumbra, ahumada como todo desde que un incendio dejara su tizne antes de la contienda y antes de la electrificación del edificio en la década de los veinte.

Barroco madrileño

"No sabemos de cuándo son estos impactos ni si pertenecen al mismo bombardeo. Solo había testimonios de que había dos y que los proyectiles no llegaron a explosionar. Uno cayó en el altar mayor y la estructura de la bóveda soportó los golpes", relata el arquitecto.

Desde hace unos meses, la Comunidad de Madrid y el Arzobispado invierten medio millón de euros en la restauración de esta parroquia levantada hace tres siglos sobre los restos del convento carmelita de San Hermenegildo en una manzana emblemática, la que vio casarse a Simón Bolívar y oyó cantar a Lope de Vega. El templo se concluyó en 1748. Fue la obra póstuma de Pedro de Ribera, el conocido arquitecto del barroco madrileño que parió en su momento media capital, del cuartel del Conde-Duque al Puente de Toledo.

De momento, en la primera fase de rehabilitación -la actual, para la que va el dinero y se yerguen los andamios-, solo se tocará el exterior y se examinará la robustez de las costillas de madera que nervian la cúpula. Posteriormente, habrá también que destinar dinero a sacar brillo a la inmensa extensión de pinturas que decora el interior. "Son murales de alto valor de Luis González de Velázquez, que pintó en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor", explica De la Vega. Hoy están muy deteriorados, ennegrecidos y agrietados por el bombardeo. "También les ha afectado la humedad", admite.

De la Vega muestra las grietas de una de las pinturas murales de la cúpula, que representan las ocho virtudes. (Kike Rincón)

La restauración del dentro

"Todos los años hacemos la previsión de intervenciones y las vamos priorizando. Ahora estamos centrados en la parte superior, pero queremos entrar y restaurar", señala Paloma Sobrini, directora general de Patrimonio. El compromiso para devolver lustre a estas obras pictóricas, eso sí, aún no tiene fecha. Tampoco hay planes inminentes para rehacer los dos puttis que faltan en la decoración interior de la cúpula. Estos angelotes perdieron la sesera y las alas por obra y gracia de las bombas sublevadas, cuando la Gran Vía era, en castizo, la avenida de los obuses.

"Con una mera limpieza superficial ya hemos visto que la pintura sale a flote", señala el arquitecto. Cierto es. En la base de uno de los ocho gajos que compartimentan la cúpula -tantos como virtudes teológicas y cardinales-, unas restauradoras han reparado un fragmento que dará idea del esplendor que alcanzará San José cuando se recupere integralmente.

Hoy, la iglesia, Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1995, mantiene sus servicios habituales pese a las obras. "El pasado sábado hubo aquí una boda", detalla De la Vega. La clave para que los 25 especializados operarios puedan trabajar sobre las cabezas de los feligreses es una lona antipolvo colocada a unos 20 metros del suelo. Con ella, se evita que, por el esmero de los unos, los devotos suspiros del alma de los otros inspiren algo de esa quebradiza combinación de hollín y suciedad que se ha ido posando durante décadas en cada esquina y que ahora el trasiego remueve en el aire.

Las paredes del templo muestra un aspecto algo lúgubre por la acumulación de polvo y hollín tras décadas de abandono. La siguiente fase de la reforma, sin fecha, pasará por recuperar sus colores originales. (Kike Rincón)

Las sorpresas

Las obras actuales, las del cascarón, han dejado al aire alguna sorpresa además de los impactos de obús. Por ejemplo, que el prehiperrealista Antonio Joli tenía razón cuando pintó los muros exteriores del templo como ladrillos en sus escenas madrileñas. "Hemos llegado a los acabados de paramentos originales de Pedro de Ribera", afirma De la Vega.

La Comunidad estudia si puede mostrar esta serie de hallazgos como una parada más del programa Abierto por obras, una iniciativa que ofrece visitas guiadas gratuitas a inmuebles en proceso de restauración. Ahí se podría contar, también, que, por primera vez desde hace mucho tiempo, se han vuelto a leer los nombres de los benefactores que en su día donaron las lámparas de bronce que cuelgan del techo.

Porque, aunque letra a letra desde su instalación esos nombres siempre estuvieron ahí, es ahora cuando se han podido estudiar de cerca. Lo mismo ocurre con los boquetes y el piso de más que tiene la iglesia. Con la construcción de la Gran Vía, las autoridades decidieron que San José debía pegar el estirón si no quería parecer un retaco encajado entre los esbeltos y europeos edificios que iban a crecer a cada orilla de esa megalómana arteria. Así, literalmente, el templo aumentó de estatura por cada flanco de su fachada y hoy, con los trabajos de rehabilitación, han quedado a la vista de los expertos las vigas y el resto de materiales constructivos empleados. "Justo aquí al lado, Alfonso XIII golpeó con su piqueta la antigua Casa del Cura para dar por comenzadas las obras de la Gran Vía en esa fotografía tan famosa", resume Sobrini. "Justo aquí empezó el Madrid moderno".

La parroquia mantiene su uso religioso pese a las obras.
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La parroquia mantiene su uso religioso pese a las obras. (Foto: Kike Rincón)
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