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El redescubrimiento imperfectivo de El Greco

Por Miguel Ángel Almodóvar
lunes 06 de septiembre de 2021, 09:37h

Entendiendo imperfectivo como acción verbal no terminada, tal sería la cabal aproximación a la obra y la figura de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, un artista que, a pesar de su actual universalidad en las más altas cimas del reconocimiento académico, se mantuvo en el olvido durante casi tres siglos y aún hoy es objeto y sujeto de redescubrimiento constante.

No es frecuente el conocimiento de que antes de su llegada en 1577 a Toledo, la ciudad donde sus pinceles pudieron expresarse en toda su magnificencia y grandiosidad, Doménikos ya era poseedor de un pasado de brillantísimo artista tras su paso por Venecia, Roma y Madrid, pero también en su Creta natal, donde residió hasta los veintiséis años, edad ya alejada de la primera juventud en la época del Renacimiento.

Nacido en Fodele, pueblecillo al oeste de Candia, hoy Heraklion, la capital de la isla, a donde se trasladó para hacer carrera como pintor de iconos postbizantinos, llegando a alcanzar una categoría profesional que se atestigua en documentos que a él se refieren como “maestro Domenigo”.

Actualmente, su patria chica sólo atesora dos obras del hijo insigne: Vista del monte Sinaí y el monasterio de Santa Catalina y El bautismo de Cristo, ambas de pequeño tamaño y de la misma época veneciana del artista.

La segunda, se inscribe además en ese sempiterno redescubrimiento imperfectivo del autor, ya que fue hallada en 2003 y por azar en el domicilio de un anónimo ciudadano residente en Zaragoza que guardaba, en el interior de un sobre, un oleo en tablilla, de 23,7 cm. de largo por 18,00 cm. de ancho, sin conocer su autoría y valor antes de que fuera peritado por expertos de Cristie’s, la firma londinense que acabaría subastándolo el 8 de enero de 2004 por un precio final de 1,4 millones de euros, a favor del Ayuntamiento de Heraklion.

El bautizo de Cristo es una delicada obrita en la que se mezclan elementos postbizantinos con trazas de arte renacentista italiano y copiosas pinceladas múltiples -algo muy característico en los pintores de iconos ortodoxos- que se exhibe en el Museo de la Historia de Creta. En sus ínfimas proporciones hay un halo de esplendor grequiano que recuerda el dicho popular de que “la esencia siempre en frascos pequeñitos”. Reencuentro grato con El Greco a miles de kilómetros de la parroquia toledana de Santo Tomé, del Museo del Prado o del Santuario de Nuestra Señora de la Caridad en Illescas.

Con todo, el gran redescubrimiento de El Greco tuvo lugar muy a finales del siglo XIX, cuando el pintor era un fantasma errante por la historia del arte, y en todo ajeno al canon de la gran pintura española en los Siglos de Oro.

Aunque hacia la mitad de la centuria algunos de los viajeros románticos extranjeros o “curiosos impertinentes” que visitaban la península ya se hacían cruces ante el menosprecio que mostraban los españoles por la obra de Doménikos Theotokópoulos, fue un artista español, Ignacio Zuloaga, quien se convirtió en protagonista del hallazgo de aquel como pintor colosal y de talla mundial. Por añadidura, buena parte del gran mérito atribuible al eibarrés en su redescubrimiento, bien pudiera considerarse la capacidad para trasladar su admiración por el cretense al pintor, escritor, dramaturgo y líder del movimiento conocido como “modernismo artístico”, Santiago Rusiñol.

Zuloaga le convenció para que comprara dos telas de Doménikos, Magdalena penitente y Las lágrimas de san Pedro, que eran propiedad del empresario industrial Pau Bosch. Finalmente con la mediación del pintor Laureà Barrau, Rusiñol adquirió las obras en 1894 por la cantidad de mil francos franceses y no tardó en convertir a El Greco en la bandera de sus propuestas de renovación estética que anunciaba el advenimiento del arte moderno. En su calidad de adalid de esa corriente propuso al cretense como paradigma del artista vanguardista, manifestación suma del espíritu frente al materialismo de la época industrial y gran estandarte del nuevo credo artístico.

Aquel mismo año, el artista barcelonés recogía la peculiarísima gama cromática de amarillos de Theotokópoulos para pintar La medalla y La morfina, memorial representación del antes y el después de consumir el alcaloide al que él mismo fue adicto durante bastante tiempo.

También a finales de ese año, el 4 de noviembre de 1894 y con motivo de las terceras Festes Modernistes de Sitges, Rusiñol, alma y organizador del evento, estructuró una solemne procesión desde la estación del ferrocarril a su residencia en Cau Ferrat, en la que desfiló toda la intelectualidad modernista catalana llevando los dos cuadros como estandartes, lo que inmediatamente supuso una revalorización de la figura de El Greco. De esta forma se pudo impulsar de manera extraordinaria el coleccionismo por parte de figuras tan relevantes como Lluís Plandiura, Santiago Espona o Francesc Cambó, que proyectaron una nueva mirada sobre su obra a nivel nacional.

Así en 1902 se pudo inaugurar una gran exposición retrospectiva en el Museo de El Prado, en 1908 y 1910 se publicaron los profundos y sesudos estudios de Manuel Bartolomé Cossío y Francisco de Borja San Román, y en 1914 se celebró el III Centenario de la muerte de El Greco con otra gran muestra en el Museo de El Prado.

Una década después, Salvador Dalí y Luis Buñuel, ilustres moradores de la madrileña Residencia de Estudiantes, fundaban la Orden de Toledo que se regía por un decálogo entre cuyos mandamientos figuraba el “Amar al Greco por encima de todas las cosas”.

El Greco volvía a la vida, y como testigos de aquel milagro laico quedan las representaciones de Santiago Rusiñol como “caballero de la mano en el pecho” realizadas por sus amigos Ramón Casas, Pablo Picasso y Ramón Pichot. Otra forma de redescubrir.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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