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La Violetera, ni está ni se la espera

viernes 27 de marzo de 2020, 09:52h

Marzo es el mes de eclosión de las violetas, Viola odorata, de dulce aroma y resonancias de trompetas y tambores que anuncian la llegada de la primavera y de la metáfora inscrita en el acervo popular de la violetera, que nació de un cuplé compuesto en 1914 por el maestro José Padilla, empezaron a popularizar las cantantes Carmen Flores y Raquel Meller y que fue proyectado al mundo por la adaptación que hizo Charles Chaplin en 1931 para ambientar su película Luces de la ciudad. Con todo, el espaldarazo definitivo a la figura de la violetera, vendedora ambulante de violetas por calles y paseos, teatros y cafés cantantes, lo recibió tras el estreno en 1958 de la película italo-española de título homónimo que dirigió Luis César Amadori y protagonizó Sara Montiel.

La historia que narra el film es, como poco, abracadabrante. Soledad, una violetera que vende sus ramilletes por las calles de Madrid en 1899, un año después del fabuloso desastre colonial en el que España perdió de una sola tacada sus colonias de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, une a sus dotes comerciales un bonita voz que la convierte en personaje popular. La noche de fin de año conoce a un aristócrata, Fernando, se enamoran y dan mutua palabra de matrimonio, pero el hermano de este cae mortalmente herido en un duelo y Fernando se ve obligado a casarse con la novia del finado. Una práctica que en sus antecedentes bíblicos forzó a Onán a matrimoniar con Tamar, viuda de su hermano. Después del enlace, el forzado casado practicaba el coitus interruptus para que un hijo potencial no heredara los derechos de primogenitura, lo que finalmente le valió la ejecución sumaria del Altísimo y el sambenito masturbatorio a perpetuidad en la “degradante” voz “onanismo”. Se ignora si este fue el proceder de Fernando, pero el caso es que Soledad cae hendida por el rayo del desamor y en esas conoce a un empresario, Bernard, que la lleva a París y le hace alcanzar la cúspide de la fama. En tal tesitura embarcan juntos en el Titanic, naufragan al sur de Terranova, él muere y ella, superviviente, pierde la voz en las gélidas aguas. Pasan los años y la ex violetera y cantante regresa a España donde un buen día se encuentra con Fernando, su gran amor y a la sazón viudo. Reconciliación y éxtasis de amor imposible ya posible.

En realidad, la figura real de La Violetera tiene que ver con la de Soledad entre poco y nada. La prensa de la época tacha a las mujeres que vendían violetas, recogidas en la Casa de Campo, por las calles y tugurios madrileños, de gente disimulada y con nulos escrúpulos, de asaltantes violentas y de timadoras, golfas y alcahuetas, izas, rabizas y colipoterras. Dicho en breve, más que “aves precursoras de primavera” eran rapaces prestas en todo momento a caer sobre sus presas. A mitad del siglo XVIII la autoridad municipal prohibió su presencia en Salón del Prado por considerarlas “mujeres perjudiciales”. En el XIX, la prensa más puritana las moteja de alimañas sociales, desastradas y demodistadas, físicamente defectuosas y moralmente execrables, indefectiblemente asociadas a la alcahuetería y la prostitución. En definitiva y visto a ojos contemporáneos, pobres desgraciadas, parias de la tierra, caterva sin horizontes y condenadas por la incuria de la autoridad, que hacían lo que fuere menester para sobrevivir a durísimas penas.

Con alguna excepción, claro, como la de Florentina, una valenciana que elaboraba los ramos con especial primor, lo que le reportaba superiores ganancias, o Rosario Díaz, quien con unos ahorrillos consiguió dejar las violetas para montar un tenderete en la Plaza del Progreso, hoy Tirso de Molina, donde despachaba té y aguardiente en la madrugada a señoritos calavera, lo que le proporcionaba pingües beneficios. Y así fueron pasando los años hasta 1916, cuando Ruiz Salinas, el teniente de Alcalde del distrito Centro tuvo la ocurrencia de uniformarlas con blusa y falda negras y aderezo en delantal blanco de puntillas, cual imagen de carta paulina a los adefesios. Pero trascendiendo a la tonadilla, el cine, la crítica periodista y la normativa municipal, La Violetera siguió dando que hablar, y mucho, a finales del siglo XX cuando las vendedoras hacia tiempo que habían desaparecido del paisaje madrileño. En 1990 el entonces alcalde Agustín Rodríguez Sahagún encargó a Santiago de Santiago una estatua que inmortalizara al mayor referente musical del compositor Padilla. Concluida la encomienda, la escultura se inauguró en 1991 en el cruce de la calle de Alcalá con la Gran Vía.

Desde el primer momento un buen número de madrileños la percibió como un ninot fundido en bronce, la chacota fue subiendo de tono e incluso no fueron pocos los que identificaron a la modelo con Celia Gámez, afamada como cantante y como adherida inquebrantable al Movimiento Nacional. Y el asunto saltó a la política o más bien al navajeo político cuando el Presidente de la Comunidad de Madrid, el socialista Joaquín Leguina, la tildó de insoportablemente cutre, mientras que el alcalde de la Villa y destacado miembro del PP Alberto Ruiz-Gallardón la defendía como símbolo de cultura popular y tradicional. Finalmente, a finales de 2000 la estatua desapareció de su emplazamiento para dar con sus bronces en los almacenes municipales de la Casa de Campo. Allí estuvo tres años hasta que tras profundo debate sobre posible nueva ubicación se plantó en los jardines de Las Vistillas, que tampoco es mal sitio aunque sea de menos paso.

El caso es que esta primavera la Violetera ni está ni se la espera. En carne mortal desapareció hace decenios y en materia escultórica es invisitable por razones pandémicas, de manera que habrá que conformarse con escuchar el cuplé, preferiblemente en versión de Raquel Meller, o el vals Violetas imperiales en la voz de Luis Mariano, el de “sabes que ya no habrá primavera si tú no estás aquí violetera”, pero a lo mejor sí, quien sabe.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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