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El primer parque público

El primer parque público

Por Carmen M. Gutiérrez
viernes 15 de agosto de 2008, 00:00h
Nidos de ametralladora de la Guerra Civil convertidos en palomares o uno de los pocos árboles de Madrid cuyas ramas crecen en forma de tupida cascada verde son sólo dos de las sorpresas que guarda en su interior el ya centenario Parque del Oeste.
Extensas praderas, una ría artificial que atrae a su cauce a la avifauna, una gran muestra de especies vegetales, caminos sinuosos y desniveles son las señas de identidad del Parque del Oeste. Al menos de las 37 hectáreas que primero se construyeron hace más de un siglo, y que durante este verano reciben las visitas organizadas por el Ayuntamiento de Madrid para dar a conocer sus espacios verdes.

El tiempo y la Guerra Civil hicieron que cambiara su configuración y que se perdieran muchos de los árboles originales. Aun así la parte más antigua -la que se encuentra enmarcada entre la A-6, el puente de los Franceses y el intercambiador de Moncloa- sigue evocando la bella irregularidad de la naturaleza como es propio del estilo paisajista, elegido para configurar el primer parque creado en su origen para el disfrute de los vecinos de Madrid.

Según relata Bárbara, la guía de la visita, a la docena de personas que la siguen protegidas del calor por el microclima del parque, los terrenos sobre los que se asienta, convertidos en el 'Real Sitio de La Florida', eran propiedad de Carlos V hasta que en 1868 el Gobierno de la I República los expropia. Años después, en 1893, se decide construir un parque público al oeste de uno de los barrios de expansión de la época, Argüelles.

Sin embargo, los continuos cambios en el Gobierno municipal retrasaron la creación de este espacio verde. Finalmente, con Eduardo Vicenti como alcalde, se inauguran en 1905 las primeras 37 hectáreas del parque, que después viviría sucesivas ampliaciones, como la del conocido jardinero Cecilio Rodríguez, que también se encargó de rehabilitarlo después de que durante la Guerra Civil sirviese como campo de batalla.

Aún quedan restos de la contienda salpicados entre los árboles, muchos de los cuales sustituyeron a otros anteriores que se perdieron entre el fuego cruzado del bando nacional, situado en el extremo del parque opuesto al intercambiador de Moncloa, y el republicano que se apostó donde ahora se levanta el Cuartel General del Aire.

Uno de esos restos son los nidos de trincheras, que hoy sirven de palomares y están situados junto al observatorio de aves del parque. En esta zona de pinar, plagada de cajas nido, es donde más oportunidades tiene el visitante de conocer las aves más características de los parques de Madrid.

Pero además hay otros rastros de la guerra, como algunas hondonadas, provocadas por las bombas, que fueron aprovechadas en la reconstrucción del parque para reforzar los desniveles propios del estilo paisajista. La intervención de Cecilio Rodríguez durante el régimen franquista también se ocupó de eliminar todas las muestras ideológicas que los diferentes dirigentes de la capital habían instalado.

Ahora, en la parte más antigua del parque se erigen monumentos dedicados  a héroes latinoamericanos que lucharon contra por la libertad contra la colonización española o el régimen castrista.

Pero el verdadero valor del parque es su riqueza natural, con una gran variedad de especies y ejemplares adultos, entre los que destacan los prehistóricos ginkgos bilobas -la guía explica que conservan características propias de los árboles de hace millones de años-, que merecen una visita en otoño.

Además, el visitante del Parque del Oeste encontrará una de las pocas sóforas péndulas que crecen en Madrid, con el follaje dispuesto en cascada que crea el refugio ideal de cualquier niño, y otras muchas especies, como rosales de siria, hayas, ciruelos o cedros. Las que necesitan más humedad crecen en el cauce del arroyo, ahora artificial, pero que durante años broto de forma natural de una fuente de la salud, cuyo manantial ha cambiado de ubicación y arranca en una parte más baja del parque.

Quizá la sorpresa más gratificante que ofrece el Parque del Oeste a quien decide adentrarse en él es precisamente el arroyo escalonado e irregular. La umbría que crear su profusa vegetación ribereña y el sonido del agua lo convierte en un apacible refugio dentro de la gran urbe.
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