Desde finales del siglo XIX y, en concreto, durante los años de la posguerra, Madrid experimentó un fuerte crecimiento demográfico fruto de los
flujos migratorios del campo a la ciudad. El ritmo de llegada fue mayor que el desarrollo de la urbe. No había espacio ni viviendas para todos y muchas familias se instalaron en las afueras de la ciudad.
Carabanchel, Vallecas, Orcasitas… Antes de ser engullidos por la capital, eran poco más que arrabales casi incomunicados. Calles sin asfaltar y casas humildes construidas por los propios habitantes a medida que iban llegando. Ni electricidad, ni alcantarillas, ni agua corriente. “Se construía por las noches, porque si tú hacías las paredes y el tejado antes de que amaneciera, ya no te la podían derribar”, explica Santi Vaquero (La Puebla de Almoradiel, Toledo, 1951), que llegó de joven a la periferia de Madrid con el mismo objetivo que sus vecinos: buscar en la gran ciudad las oportunidades que no ofrecía un pueblo de provincias.
Un hombre a una cámara pegado

Vaquero fue testigo de la transformación del barrio de Vallecas durante el desarrollismo, del paso de las chabolas al ladrillo. Un proceso no exento de conflictos que capturó a través de su cámara. Campesino, albañil, molinero, activista… A las herramientas de trabajo sumó una Nikon FM: “Me gustaba la fotografía y ya está. Soy un autodidacta, no he dado un curso en mi vida, aunque, ojo, debería haberlo hecho…”. Después de unos segundos de cavilación, encuentra en los versos de Quevedo la forma de definirse: “¡Podría decirse que soy un hombre a una cámara pegado!”.
El fotógrafo recibe a Madridiario en el Centro de Creación Contemporánea Quinta del Sordo, donde se exponen buena parte de las fotos que hizo en el distrito de Vallecas durante la década de los 70. Le acompañan su hijo, Javier, y Jara Blanco, ambos comisarios de la muestra ‘Casas Bajas’, que retrata las transformaciones sociales, arquitectónicas y urbanísticas del barrio a raíz de la aparición de los primeros edificios de ladrillo.
Este proyecto, coordinado por Mapeaa Cultura, es la continuación del trabajo de divulgación que comenzó en 2022 con la primera exposición de Santi Vaquero en Madrid, llamada ‘Un barrio saliendo del barrio’. El archivo se ha recuperado (y ampliado) acompañado con textos de La Liminal. El trabajo de investigación y documentación de este colectivo se centra sobre todo en Orcasitas y Carabanchel Alto pero, como explica Beatriz Martins, mediadora cultural e integrante del colectivo, “lo bonito es que demuestra que lo que estaba sucediendo en estos barrios ocurría a la vez en un montón de lugares de la periferia de Madrid”.
Una idea que celebra el fotógrafo: “Mucha gente que venía a las exposiciones nos decía: ‘Joder, esto es Vallecas, pero es lo mismo que sucedió en mi barrio’. Y no pasa sólo en Madrid, eh. En Pamplona, que es donde yo vivo en la actualidad, hubo un montón de gente que se reconocía”.
"Estos barrios eran un auténtico caos"
Antes de que llegaran los edificios de ladrillos, estos barrios eran “un auténtico caos”, explica Beatriz. Y no sólo por la falta de agua o luz: “Imagínate cuando llovía, con este suelo arcilloso del sur de Madrid, que se embarraba e impedía hasta caminar”. La integrante de La Liminal asegura que “los vecinos coinciden en que conseguir esas viviendas dignas, esos pisos, ha sido el mayor logro que han tenido como comunidad”, pero que no todos los cambios fueron positivos.
Las consecuencias sociales de la evolución urbanística
El propio Santi Vaquero reconoce que no todos los vecinos estuvieron a favor de la transformación, y muchas de las fotos son buena prueba de ello: “Los jóvenes de entonces estábamos en contra de que tiraran las casas bajas, porque lo interpretábamos como una estrategia de la administración para hacerse con terreno limpio y bien cotizado”. Por supuesto, había personas que pensaban de otra forma. Vaquero señala una fotografía y continúa: “Claro, si le preguntas a esta mujer, por ejemplo, que tenía cinco hijos, si quería un piso de 90 metros, con habitaciones, dos cuartos de baño y un montón de mejoras… Estas mujeres, que son las que han hecho la historia, las que iban a servir a las casas y luego criaban, amamantaban y daban de comer, estaban contentísimas de irse a los nuevos bloques”.
La transformación urbanística también alteró la vida comunitaria. Cuando las casas bajas, siempre abiertas y algunas hasta sin puerta, apenas había diferencias entre el espacio público y el privado: “No es lo mismo llamar al 4ºB que ir de puerta en puerta”, dice el fotógrafo. “Lo suyo habría sido habilitar los servicios dentro de las propias casas bajas para no tener que agrupar a todas esas personas, que vivían en un urbanismo de pueblo, mucho más horizontal, en un urbanismo de ciudad”, propone Javier. Su padre le mira con aprobación.
Las fotografías de Santi Vaquero no sólo retratan la evolución material de la periferia, sino que son testimonio de los movimientos vecinales de la época. Un fenómeno relacionado, por un lado, con el papel de las mujeres (de manera más informal y desorganizada) y, por otro, con la labor de los clubes juveniles que surgieron antes de la alteración arquitectónica de los barrios. Las imágenes aparecen en sintonía con la línea de trabajo de La Liminal, centrada en rescatar una parte de la historia que, durante un tiempo, se ha mantenido “a la sombra de la historia oficial”.
Una mirada desde dentro

En ‘Casas bajas’ también hay asambleas, concentraciones, garitos y juergas nocturnas en las que Vaquero participaba de forma activa, cosa que le permitía meterse donde y con quien quisiera. Algunos de ellos, no distinguidos precisamente por la cortesía. “Estos eran macarras de tomo y lomo, no todo el mundo podía acceder a ellos, te tenían que conocer. Claro, sabían que yo era el pedales y que les iba a hacer una foto. Es la ventaja que tenía por convivir con ellos”, recuerda entre risas.
Beatriz Martins reconoce que, aunque el asociacionismo vecinal no es uno de los fenómenos sociales más conocidos por la mayoría de la gente, la atención a los movimientos vecinales históricos de Madrid ha crecido en los últimos tiempos. Jara Blanco, comisaria de la exposición, opina que “en un mundo cada vez más individualizado, quizá haya surgido la necesidad de volver la mirada a los orígenes de la colectivización con la sensación de poder recuperarlo de forma casi natural”.
"Hay gente que nunca había pisado Vallecas y ahora viene porque es guay"
El problema, apunta Javier, es que “parte del motivo de la recuperación de las memorias periféricas se debe a que hoy se han convertido en un lugar habitable. Hay gente que nunca había pisado Vallecas y ahora viene porque de repente es guay”. Desde su punto de vista, “es muy importante que haya una recuperación histórica para recalcar que, antes de la gentrificación, aquí hubo una lucha vecinal”.
Desde luego, el ecosistema de Madrid es muy distinto al que había hace medio siglo. No sólo en el centro de la ciudad, esclavo de las dinámicas mercantiles de la globalización, sino también en estos barrios, que ya no son tan periféricos. “Creo que es interesante no problematizar pero sí complejizar la historia de Madrid”, declara Javier. “Hay una idiosincrasia cultural en los barrios que es diferente de la del centro. Incluso cada uno de los barrios del centro eran diferentes entre sí”.
La idea, concluye Jara Blanco, es "que se conozca esta historia, y que venga mucha gente. No sólo a ver la exposición, también a las actividades públicas que organizamos durante estos meses, con recorridos, debates y visionados para conectar con los otros barrios que no están retratados en las fotos".