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El profesor Rafael Carmena, durante la entrega de premios Ayudas Merck de Investigación 2018
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El profesor Rafael Carmena, durante la entrega de premios Ayudas Merck de Investigación 2018 (Foto: Fundación Merck Salud)

"La dieta mediterránea debe seguir siendo un pilar fundamental en la prevención de enfermedades cardiovasculares"

viernes 28 de septiembre de 2018, 13:17h
Con motivo del Día Mundial del Corazón, que se celebra el 29 de septiembre, hablamos con el doctor Rafael Carmena, especialista en endocrinología nutrición y diabetes y miembro del Patronato de la Fundación Merck Salud.

El 30 por ciento de la mortalidad total en España se debe a enfermedades cardiovasculares. Este sábado, 29 de septiembre, se conmemora el Día Mundial del Corazón, una estrategia promovida por la Organización Mundial de la Salud y que se celebra de forma planetaria desde el año 2000 para promover la divulgación de lo que son las enfermedades cardiovasculares, su prevención, control y tratamiento.

Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en España. Se trata de alteraciones metabólicas que dan lugar a arteriosclerosis, causante de (1) las cardiopatías isquémicas: angina de pecho, infarto de miocardio y muerte súbita de origen cardiaco; (2) las trombosis o hemorragias de arterias cerebrales, que ocasionan ictus o hemiplejia; y (3) obstrucciones en las arterias de las piernas y aneurismas de aorta abdominal. Estas complicaciones representan el 30 por ciento de la mortalidad total en nuestro país.

La forma de vida y la alimentación son los principales factores de control del riesgo cardiometabólico, además de otros como la propia genética o el medio ambiente. Una conjugación de hábitos saludables que, más allá de la comida, pueden englobarse en el concepto ‘dieta Mediterránea’, la mejor fórmula para cuidar el corazón según el doctor Rafael Carmena, especialista en endocrinología nutrición y diabetes y miembro del Patronato de la Fundación Merck Salud, dirigida a la promoción de la investigación biológica y biomédica.



¿A qué nos referimos cuando hablamos de ‘riesgo cardiometabólico’?

Cuando nos referimos al riesgo cardiometabólico estamos centrándonos en las alteraciones metabólicas que ocasionan arteriosclerosis, fundamentalmente el colesterol elevado, la diabetes, la obesidad y el síndrome metabólico, que agrupa a las dos últimas y añade la hipertensión arterial.

En España hay un 12% de personas diabéticas; el 22% de mujeres y 25% de hombres tienen el colesterol por encima de 200 mg/dL y el 14% de la población adulta es obesa (IMC superior a 30). Casi un 20% de los niños españoles tiene sobrepeso y son futuros obesos.

"Casi un 20% de los niños españoles tiene sobrepeso y son futuros obesos"

¿Cuáles son los principales factores de riesgo actualmente?

Parafraseando al doctor Valentín Fuster, se pueden resumir en 7 apartados: dos son de causa mecánica: hipertensión arterial y obesidad; dos son de causa química: diabetes y colesterol elevado; y tres son de forma de vida: fumar, hacer o no ejercicio, y tipo de dieta.

Además, inevitablemente, en nuestra salud juegan un papel muy importante tres factores más: nuestros genes (los que marcan nuestra “ley interior”), el medio ambiente (la polución) y, por supuesto, también el azar.

Los 7 factores mencionados son importantes para prevenir la arteriosclerosis, el depósito de colesterol en el interior de las arterias. Este es un proceso lento, de años, y además es un proceso silencioso. Hasta que termina por causar un trombo y una obstrucción al paso de la sangre. Como consecuencia, se sufre angina de pecho, infarto de miocardio, muerte súbita cardiaca, ictus cerebral etc.

Estas complicaciones son la principal causa de mortalidad en España: como ya hemos dicho, el 30% de la mortalidad se debe a enfermedades cardiovasculares.



Ante esto, ¿qué medidas se deben adoptar?

Lo primero sería insistir en que hay que aprender a cuidarse de uno mismo. Hace falta una pedagogía sanitaria: no me parece admisible la postura de “voy a vivir como me dé la gana y luego el sistema público de salud y los médicos ya se ocuparán de mí”. Hay que empezar desde joven a cuidar y gestionar la propia salud: tener unos conocimientos de lo que uno debe comer (evitar o reducir la sal, las grasas animales y el azúcar), moderar el consumo de alcohol, evitar el tabaco y las drogas, hacer algo de ejercicio, efectuar controles de tensión arterial y análisis a partir de determinada edad, etc. De esta forma, si se siguen estos nuevos “mandamientos de la salud”, se pueden prevenir muchas enfermedades y además, algo muy importante: se contribuye a la sostenibilidad del sistema sanitario.

"Hace falta una pedagogía sanitaria"

¿Qué tipo de dieta sería más recomendable?

En los últimos años hemos evolucionado desde la aplicación a la nutrición humana del método reduccionista, que, sin duda alguna, permitió el progreso de nuestros conocimientos, a una visión global, integradora de la nutrición.

En los años 50 y 60 del pasado siglo quedó suficientemente demostrado, gracias a diseños experimentales muy simples, que las dietas ricas en colesterol y en grasas saturadas (de procedencia animal) elevaba el colesterol en sangre y la incidencia de accidentes cardiovasculares.

Pero reducir de forma drástica todas las grasas de la dieta, como se hizo en Estados Unidos, no terminó de resolver el problema. Aumentó el consumo de hidratos de carbono y aumentó la prevalencia de obesidad y también de diabetes tipo 2, estrechamente ligada a la obesidad. Y como consecuencia, las enfermedades cardiovasculares apenas disminuyeron. Se aprendió una importante lección: lo que importa es la calidad de la grasa, no la cantidad.

Por eso, la postura actual de los nutricionistas es considerar a los alimentos en su conjunto, no limitarnos a estudiar de forma aislada o individual los nutrientes (grasas, proteínas, hidratos de carbono), superando el método reduccionista.

Estamos en la época de la moderna nutrición holística, global o integrada. La vieja idea de que podemos investigar los efectos de un nutriente aislado, sin tener en cuenta las potenciales modificaciones de otros compuestos es inadmisible.

En nuestra dieta los nutrientes -grasas, hidratos de carbono y proteínas- se encuentran asociados y combinados entre sí en cada alimento, variando de esta forma su metabolismo y sus efectos sobre nuestro organismo. Nuestra especie ha sobrevivido a base de comer lo que tenía más a mano, desde bisontes a raíces de árboles, y nuestro cuerpo ha evolucionado para ingerir tipos muy distintos de alimentos y está capacitado para metabolizar combinaciones o interacciones de los nutrientes contenidos en esos alimentos. Es necesario incluir en la dieta diaria alimentos de distintas características.

Muchas de las ancestrales tradiciones culinarias han sido paulatinamente reconocidas como científicamente recomendables para mantener la salud. Un ejemplo: Las legumbres son pobres en metionina (aminoácido esencial) pero ricas en lisina (otro aminoácido esencial). Por eso, si se combinan con un cereal (el arroz) que es rico en metionina pero pobre en lisina el valor nutricional aumenta extraordinariamente. Recordemos la tradición de comer lentejas con arroz blanco. Además, las lentejas y legumbres en general enlentecen la absorción intestinal de la glucosa y ayudan a reducir los niveles de glucosa en sangre y son un alimento muy adecuado para los diabéticos.

“La siesta y la sociabilidad forman parte de la dieta mediterránea, que es una forma de vivir”

Entonces, ¿cuál sería la dieta recomendable?

Sin duda, en nuestro medio, la dieta mediterránea, el patrón de alimentación propio de los países ribereños del Mediterráneo, donde crecen los olivos.

Es una dieta caracterizada por un alto consumo de grasa – el 35 o 40% de las calorías diarias-, debido a una ingesta elevada de aceite de oliva, preferiblemente virgen extra, fruta fresca, frutos secos, verduras, legumbres y cereales integrales -pan, pasta, arroz, patatas-, con una ingesta moderada de huevos -4-5 por semana-, pescado y de carne blanca -aves y conejo- y de productos lácteos -yogurt y queso-; y un consumo bajo de carnes rojas, embutidos y azúcar y bebidas azucaradas, con un consumo moderado de vino, tomado con las comidas.

La dieta mediterránea, entendida no solo como un conjunto de alimentos sino, además, como una cultura sobre las formas de producir y elaborar esos alimentos, es un ejemplo de sostenibilidad en sí misma y tiene un impacto medioambiental muy bajo, comparado con la dieta occidental. De hecho, la UNESCO la ha declarado un bien intangible del patrimonio inmaterial de la humanidad.

Personalmente, me permito añadir que la siesta y la sociabilidad o convivencia forman parte de la dieta mediterránea, que es una forma de vivir.

El conocido Estudio Predimed, llevado a cabo en nuestro país y publicado hace unos años en las más prestigiosas revistas médicas internacionales, ha demostrado los beneficios de la dieta mediterránea. Los investigadores observaron que el grupo que siguió la dieta mediterránea suplementada con aceite de oliva virgen presentaba una reducción del 40% en el riesgo de desarrollar diabetes, comparado con el grupo control que siguió una dieta baja en grasa. También se observaron cambios favorables en otros factores de riesgo, como el perfil lipídico, la tensión arterial y los marcadores de inflamación. Utilizando técnicas de imagen se pudo observar también una regresión de las lesiones arterioscleróticas.

Como resumen, y coincidiendo con la conclusión de los autores del Estudio Predimed, la dieta mediterránea tradicional debe seguir siendo el pilar fundamental en la prevención y tratamiento de patologías crónicas, como la arteriosclerosis, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la hipertensión arterial, el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas.

Los riesgos cardiovasculares de la Casa Blanca

El doctor Rafael Carmena se formó como investigador clínico en el laboratorio del doctor Francisco Grande Covian y del doctor Ancel Keys, en la Universidad de Minnesota. Allí, en los años sesenta del pasado siglo se estableció la relación entre dieta, colesterol de la sangre e infarto de miocardio y se acuñó el término ‘factores de riesgo cardiovascular’, fruto de la investigación promovida desde la misma Casa Blanca a finales de los años cuarenta.

"Tengamos en cuenta que el presidente Roosevelt falleció a los 63 años de una hemorragia cerebral en abril de 1945, cuando estaba cumpliendo su cuarto mandato presidencial. Padecía hipertensión arterial grave, que en aquel entonces carecía de un tratamiento eficaz y había sobrevivido a dos infartos de miocardio. Su sucesor, el presidente Truman, puso en marcha en 1947 el National Heart Act, dotado con medio millón de dólares y se inició el llamado Framingham Heart Study, que sigue vigente”. También por esas mismas fechas, el grupo del doctor Ancel Keys inició el llamado Seven Countries Study, un estudio multinacional que confirmó la importancia de la ingesta de grasas saturadas sobre el nivel de colesterol en sangre. Al mismo tiempo se observó que el consumo elevado de aceite de oliva en la cohorte griega se acompañaba de valores reducidos del colesterol en sangre. Como síntesis del estudio, Ancel Keys publicó un libro, traducido al español por Francisco Grande, que lleva por título Coma bien y consérvese sano y hace hincapié en las ventajas de la dieta mediterránea.

También es destacable el estudio Framingham, un estudio de observación de los habitantes de esta población, situada a escasos kilómetros de Boston, monitorizando la edad, género, peso, tensión arterial, colesterol glucemia y otros parámetros de los participantes. Estos son examinados anualmente y se lleva un minucioso registro de morbilidad y mortalidad. En 1961 se publicó el primer trabajo con los datos recogidos en la década anterior, mostrando que tanto la hipertensión arterial como las cifras elevadas de colesterol en sangre se asociaron con alta incidencia de muerte por infarto de miocardio o por accidentes cerebrovasculares, y se acuñó el término ‘factor de riesgo cardiovascular’ referido entonces a esas dos variables.

Más adelante, fruto del avance de los conocimientos de la comunidad científica sobre el tema, se empezó a hablar del ‘riesgo cardiometabólico’.

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