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Aniversario de la tragedia de los Almacenes Arias
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Aniversario de la tragedia de los Almacenes Arias (Foto: Kike Rincón)

Incendio en los Almacenes Arias: 30 años de la herida más profunda de los bomberos madrileños

lunes 04 de septiembre de 2017, 08:06h
Este lunes se cumplen 30 años del fuego que arrasó el 4 de septiembre de 1987 las cinco plantas de los populares Almacenes Arias de Montera y que dejó diez bomberos muertos, convirtiéndose en la mayor catástrofe hasta la fecha del Cuerpo de Bomberos de Madrid.

A las nueve de la noche del viernes 4 de septiembre de 1987, en el número 29 de la calle Montera, las cinco plantas de los Almacenes Arias eran ya una inmensa bola de fuego. Los bomberos se afanaban por sofocar las llamas mientras sacaban por las ventanas a los pocos residentes, la mayoría ancianos, del edificio aledaño, el número 31, que servía como almacén de la tienda. En la calle, a la altura de la Plaza del Carmen, ya se encontraban los empleados y los clientes de los almacenes que se encontraban en el establecimiento cuando se declaró el fuego un par de horas antes, así como los desalojados del hotel y la cafetería Montesol y de la zapatería Los Guerrilleros. La zona era un ir y venir de gente que chapoteaba por el riachuelo que ya empezaba a bajar hacia la Puerta del Sol. Se habían vivido algunas escenas de ansiedad, pero a esas horas aún reinaba más el desconcierto y la curiosidad por cómo un pequeño fuego en una caja registradora de la tercera planta, supuestamente controlado a los pocos minutos de iniciarse, había logrado propagarse –al parecer, a través de un cable- a la planta superior y empezaba a engullir el inmueble al completo. Lo peor estaba por llegar.

Sobre las 3 de la madrugada, cuando el fuego parecía controlado, el suelo del sótano se desprendió, provocando un efecto de succión que derrumbó toda la estructura central del edificio. Lo que empezó como un incendio menor del que los diarios de la época informaban más por la espectacularidad de las llamas en pleno centro de Madrid que por su dimensión de tragedia, terminó convertido en la mayor catástrofe de la historia del Cuerpo de Bomberos de Madrid: diez hombres perdían la vida y la recuperación de sus cuerpos de entre los escombros se convertía en una gigantesca muestra de compañerismo, esfuerzo y solidaridad, tanto de los cuerpos de seguridad como de la propia ciudad, volcada con los bomberos durante las más de ciento ochenta horas que duró el angustioso rescate.

Drama ‘in crescendo’

El asombro de las primeras horas ante la enorme columna de humo que pudo verse aquella tarde desde cualquier punto de Madrid fue dejando poco a poco paso a las escenas de histeria. Porque lo que parecía una incidencia menor se descontroló en cuestión de minutos. “A algunos empleados les dio tiempo a cambiarse de ropa en la zona del segundo sótano” antes de abandonar el edificio, informaban los periódicos al día siguiente. Un ambiente de tranquilidad que se fue hostilizando. Pronto llegaron los primeros heridos. Todos leves, bomberos atendidos por inhalación del humo que desprendían el plástico y las telas quemadas y que volvían al trabajo en cuanto se reponían. El avance del fuego obligó a evacuar los edificios colindantes y empezó a liberar el nerviosismo. “Las llamas y, sobre todo, el humo que se recortaba a la luz de los anuncios de neón de los establecimientos de la zona creaban un fantasmagórico ambiente, que se acentuaba por los reflejos en las paredes y escaparates de los lanzadestellos de los coches policiales, de bomberos y ambulancias”, escribía el cronista de ABC.

El empeoramiento de la situación hizo que algunos bomberos de vacaciones o fuera de servicio, aún vestidos de paisano, acudieran a Montera. Incluso los operarios de la Compañía del Gas, avisados para cortar el suministro y evitar una explosión, ayudaban en las labores de extinción. Por eso, cuando a las tres menos cuarto de la madrugada, el inmueble se vino abajo, reinó la confusión sobre cuántas personas podían haber quedado atrapadas bajo toneladas de escombros y cuáles eran sus identidades.

Entonces, más si cabe, los bomberos se volcaron con las labores de rescate de una manera sobrehumana, aunque, a medida que pasaban las horas, las esperanza de encontrar a alguno de sus compañeros con vida se desinflaban. Los bomberos empezaron a retirar los escombros con sus propias manos, formando largas cadenas humanas a las que se sumaron miembros de los cuerpos contra incendios de Valencia, Bilbao y otras ciudades españolas. Una empresa terminó aportando una cinta transportadora para facilitar los trabajos. Cafeterías de la zona permanecieron abiertas día y noche para acoger a los familiares de los desaparecidos y preparar bocadillos para los bomberos. Los hoteles ofrecieron sus camas para los momentos, pocos y extremos, en los que era necesario descansar.

“Pasa el tiempo. Es la una de la tarde. Alguien asegura que ha escuchado gemidos procedentes de los almacenes. Se pide silencio. Callan los motores de los vehículos. La escena es sobrecogedora… Al fin, el mutismo se rompe por la voz de María del Mar, esposa de José Antonio Escalera, uno de los sepultados, que grita: “Mi marido está muerto”… Se reanudan los trabajos”, cuenta la crónica de sucesos de ABC del día 6 de septiembre. El de José Antonio Escalera es uno de los diez nombres de la lista definitiva de desaparecidos, a los que cada vez hay menos posibilidades de encontrar con vida. Armando Juárez Dado, Francisco Madueño Suárez, Julio Honrubio Barona, Manuel García Martín, Ángel González Soto, Miguel Azuara, Juan José Gómez Mago, Manuel Molina Río y Francisco Javier Plaza Castilla, son los otros nueve.

“Rescatar a los compañeros”

Ya en esas horas de angustiosa espera de familias y compañeros, los bomberos se enfrentaron a sus jefes y a la Policía Nacional cuando hubo que paralizar las labores de búsqueda para realizar detonaciones controladas que evitaran nuevos derrumbes inesperados. “Lo que hay que hacer es rescatar a los compañeros”, clamaban. Más allá del nerviosismo y la crispación del momento, el responsable del Servicio de Inspección de Incendios, José Pascual, fue duramente cuestionado por permitir que los bomberos atrapados entraran en un edificio en esas condiciones y sin personas que rescatar en su interior. El por entonces alcalde de Madrid, Juan Barranco, que permaneció día y noche en el lugar del incendio y junto a las familias durante las horas de búsqueda, tuvo que calmar los ánimos.

En torno a las doce de la noche del día 5 de septiembre, más de 24 horas después de que se iniciara el fuego, se rescataron los dos primeros cuerpos. Pasarían otras 24 horas hasta que los equipos de búsqueda pudieran acceder al tercero de los cadáveres. Los dos últimos no fueron recuperados hasta la tarde del día 9. Ciento ochenta horas después.

Homenajes

La capilla ardiente de los fallecidos se instaló en el Patio de Cristales de la Plaza de la Villa, se decretaron tres días de luto oficial en Madrid y a los diez bomberos se les impuso la medalla de la ciudad.

Desde entonces, el aniversario de la tragedia se conmemora con un homenaje en la misma calle Montera, donde hoy unos cines ocupan el lugar de los antiguos Almacenes Arias, luciendo en su fachada una placa en recuerdo de los diez fallecidos.

Sin esclarecer las causas

A pesar de que el por entonces primer teniente de alcalde, Luis Larroque, prometió días después de la tragedia “luz y taquígrafos” para esclarecer las causas del incendio, que parecía tener varios focos según los primeros informes, a día de hoy no está del todo claro lo que sucedió aquel 4 de septiembre de 1987. Según los bomberos, los motivos técnicos del suceso pasaron por el incumplimiento de la legislación urbanística, con una calidad deficiente de la construcción y la instalación, sin permiso ni valoración previa, de unas escaleras mecánicas de varias toneladas de peso adosadas a uno de los muros del edificio. Fueron, de hecho, estas escaleras las que dificultaron las labores de rescate y bajo las que aparecieron algunos de los cuerpos de los fallecidos.

Se llegó incluso a acusar a la familia Arias de estar detrás de un incendio intencionado para cobrar del seguro, a la vista de que ese mismo edificio ya sufrió otro incendio –esta vez sin víctimas, pero de enormes dimensiones- en 1964 y que también los almacenes que la empresa tenía en Barcelona fueron víctimas de un fuego. El juicio fue archivado en 1990, después de que se llegase a un acuerdo entre las partes en materia de indemnizaciones.

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