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REPORTAJE

Palacio de El Pardo.
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Palacio de El Pardo. (Foto: Kike Rincón)

El Pardo, un palacio mucho más allá de Franco

viernes 25 de septiembre de 2015, 07:36h
El Palacio Real de El Pardo es el gran desconocido de los inmuebles de Patrimonio Nacional en la ciudad de Madrid. Oscurecida su historia en la etapa del Franquismo, y entendido actualmente más como una residencia diplomática que abierta al público, esta construcción, que data de época de Carlos I espera el momento de darse a conocer.

El monte de El Pardo siempre ha estado relacionado con la caza. Desde el siglo XIV, los reyes de Castilla hacían prácticas cinegéticas en la zona por su variedad faunística. Enrique III construyó un pequeño pabellón que concluyó Enrique IV, ya en el siglo XIV. Sin embargo, no fue hasta 1547 el momento en que eclosionó un palacio en plena naturaleza. Carlos I, excelente cazador, encargó una reedificación completa a Luis de Vega, que creó un alcázar de estilo plateresco con torres esquineras y foso. La portada pétrea lateral, entonces principal, los zócalos, y las galerías del primero de los patios del palacio (decorado con columnas jónicas con arcos rebajados renacentistas en piso bajo, y columnas dóricas en galerías sin tabicar en el superior, ambas con escudos imperiales) son los vestigios de esa etapa. El primer palacio fue concluido por Felipe II en 1568, aportando techumbres de pizarra (fue éste uno de los primeros edificios con esta materia prima en España, en detrimento de la teja árabe) con caballetes y chapiteles, y una decoración de estilo italiano con frescos (de Tiziano, El Bosco, Antonio Moro y Sánchez Coello, entre otros) y galerías de retratos, explica Juan Ramón Aparicio, conservador de Patrimonio Nacional.

Y es que El Pardo fue un palacio de recreo y disfrute, sin la gravedad de otros edificios de la monarquía de carácter más político (el Palacio Real) o religioso (el Monasterio de El Escorial). No hay un motivo recurrente, aunque siempre está presente la caza en el arte de sus tapices, pinturas y otros objetos decorativos, a través de alegorías, leyendas y bodegones. Esa perspectiva de ocio hizo que cada rey aportase al conjunto sus propias iniciativas particulares, aglutinando una colección que es un auténtico calendario decorativo entre los siglos XV y XIX.

Este carácter cronológico marca la visita al palacio. En 1604, un incendio destruyó buena parte del inmueble. Quedó en pie la torre suroeste, que servía de tocador o aposento para la reina en palacio, ornada con frescos de Gaspar Becerra relacionados con la vida de Perseo, que fueron recuperados parcialmente en 2002. Cuenta la leyenda que Felipe III, cuando se enteró del siniestro dijo que, si se había salvado la famosa 'Venus de El Pardo', de Tiziano (actualmente en el museo del Louvre de París), el resto del palacio podía arder hasta los cimientos.

La venus de El Pardo
Más allá de chismorreos, la realidad es que con el tercer Felipe se encargó la que sería la primera estructura estable del palacio que se conserva hasta nuestros días. La reedificación, que costó 80.000 ducados, corrió a cargo de Francisco de Mora, sucedido por Gómez de Mora, que sustituyeron los techos de madera por otros de ladrillo. El patio de los Austrias, techado al igual que su homólogo borbónico, se divide en un ala femenina y otra masculina, según la costumbre de época moderna. La sala de la reina cuenta con un techo pintado al fresco por Eugenio Cajés cuyo relato en molduras versa sobre la vida de José. En las paredes hay retratos de Corte de la familia de Felipe III obra de Pantoja de la Cruz, además de un zócalo cerámico que acompaña al suelo de barro cocido, del que se conserva parte del original.

La segunda gran revolución en el palacio la trajo Felipe V, que alteró el orden interior para poder albergar a la Corte durante los meses de invierno (de enero a abril; de hecho, allí estaba cuando se quemó el Alcázar de Madrid en la Nochebuena de 1734), lo que conllevó, a su vez el encargo de numerosos tapices de los principales autores de la época, realizados a partir de cartones en la Real Fábrica de Santa Bárbara. Encargó a François Carlier la creación miradores que daban a los patios y modernizó el perfil de las torres. Unió una de las capillas, pronto separada, con el palacio mediante un puente. El templo del Carmen (denominado así en época de Franco, que casó a su hija en el local) fue diseñado junto a las casas de oficios con planimetría octogonal y un pequeño ábside, y cuenta con coro y órgano, así como con cuadros de Luna, Lucas Jordán, Juan Bautista de la Peña, Procaccini y de la escuela de Ribera. Tiene dos entradas que, presumiblemente, separaban los accesos del pueblo y el rey a dicha iglesia.

Asimismo, creó un jardín monumental en la Quinta de estilo francoitaliano, obra del duque del Arco, al que luego se añadiría otro neoclásico aterrazado en época de Fernando VII. Los jardines llegaban hasta la casita del Príncipe pero Alfonso XII instaló un cuartel entre ambas construcciones, rompiendo la continuidad del espacio verde. La puerta y reja del recinto palaciego fue encargada por Fernando VI. Este uso intensivo también provocó que Carlos III duplicase el palacio en 1772, bajo diseño de Francesco Sabatini, creando un segundo patio, el borbónico, orientado hacia el este, a imagen y semejanza del anterior, aunque con las galerías tabicadas para acoger a su familia (actualmente, su uso es protocolario para atender recepciones y la cena protocolaria del jefe de Estado extranjero al rey, al día siguiente de que éste celebre la cena correspondiente en el Palacio Real). En ese momento, dos de las torres fueron trasladadas a los nuevos vértices de la planta del edificio para mantener la simetría exterior, truncada en la organización interior de las habitaciones. Carlos IV rompió la tradición de hospedaje en El Pardo y trasladó parte de los tapices a El Escorial, separando la colección. Este ala del palacio es, fundamentalmente, el que acoge hoy día a los mandatarios foráneos.

Capitulaciones en el teatro
La galería del rey cuenta con tapices de Ginés de Aguirre, José del Castillo, Francisco de Goya y Bayeu, con bóveda de Juan Gálvez y lunetos con mujeres con trajes típicos regionales. También cuenta con parte de la magnífica colección francesa de relojes y bronces del palacio, y con porcelanas de Sèvres. En época franquista, esta era la sala en la que el dictador celebraba los consejos de ministros. Junto a ella, se encuentra el comedor de Carlos III, con techo decorado por frescos de Balleu ('El triunfo de la monarquía española'), estucos con los trabajos de Hércules, tapices (destacan los de Teniers, Raes -la historia de Tobías-, y el ciclo de hazañas del archiduque Alberto, regalados estos últimos a Felipe III), veladores etruscos de Dugourc con cabezas de ternero, una consola de Isabel de Farnesio, muebles estilo imperio de época fernandina e isabelina, secreteres de Duschamp, alfombras a la flamenca, y el celebérrimo retrato de Isabel I de Castilla. Haría las veces de despacho de Franco.

Anexo a ésta se sitúa el vestíbulo de entrada por la escalera principal de los asistentes y la sala Goya, con tapices basados en cartones del pintor aragonés, como 'Los zancos', 'La nevada' y 'La merienda naranjera'. Esta sala todavía se usa para audiencias. A su lado está el despacho de ayudantes del dictador, que cuenta con tapices de Aguirre con temas como la romería en el puente de Toledo y la cuesta de San Vicente. Carlos III también construyó un bellísimo y minúsculo auditorio teatral, reconvertido en época franquista en sala de cine. En este espacio se firmaron las capitulaciones matrimoniales de Alfonso XIII con María Victoria de Battenberg.

Saltando la sala de las liras, que trataremos más adelante, se encuentra el comedor de diario de los huéspedes, que cuenta con un velador central y candelabros, regalo de la ciudad de París a Alfonso XIII, con el lema 'Zozobra pero no se hunde'. También tiene tres bodegones, porcelanas de Sèvres de 1791 encargados por María Luisa de Parma muy valiosos por la técnica utilizada para bicolorear el material, y jarrones de bronce dorado al fuego, relojes de Carlos IV, y forro de sedas en las paredes procedentes de Talavera de la Reina.

Residencia de mandatarios extranjeros
La sala gris y la actual capilla formaban una sola habitación pero uno de los sucesos más importantes de la historia del palacio los dividió para siempre. El lugar era el dormitorio real de Alfonso XII, donde el monarca murió prematuramente de tuberculosis en el 25 de noviembre de 1885. Trece años más tarde, su viuda y regente María Cristina de Habsburgo- Lorena, que estaba en la ópera en el momento del fallecimiento de su marido, ordenó construir en el lugar un pequeño oratorio en su honor. La sala anexa (la gris antes comentada) cuenta con cuadros de infantes y una de las piezas más valoradas del edificio: una mesa rococó lacada de imitación chinesca con patas rematadas por decoración al estilo de pezuñas de animal, adquirida por Isabel de Farnesio. También cuenta con un reloj de Furet con aguja fija y dos marcadores giratorios. A continuación, está la sala pompeyana, con estucos, pan de oro y tapices de la Real Fábrica, basados en cartones de José del Castillo. También cuenta con una valiosa consola decorada con sirenos. Tras ella, se encuentran 17 suites para la comitiva de los mandatarios extranjeros.

En los años 20 del siglo XX, el palacio acogería a la familia imperial austríaca en el destierro. Durante los años de la II República, se abrió al público y se hizo inventario de sus pertenencias. En 1939, Francisco Franco convirtió el lugar en su residencia oficial hasta su muerte en 1975. En realidad, el dictador apenas utilizó un puñado de habitaciones, en las que realizó algunos arreglos. Solo su dormitorio mantiene las modificaciones que realizó el militar, con la simple decoración de un cuadro de Morales 'el divino', sin que el vestidor ni el gabinete mantengan ningún rasgo historicista de valor para el palacio, siendo solo salas reconvertidas de forma artificial para darles aspecto museístico.

Tras la muerte de Franco, el palacio se abrió al público pero pronto se cerró para realizar obras de acondicionamiento entre 1980 y 1983. En ese momento, con la llegada del primer ministro sueco, se inició su uso como residencia de los jefes de Estado extranjeros que visitan España. Durante su estancia, el palacio y sus infraestructuras asociadas son territorio del país visitante (incluso, ondea la bandera de la nación correspondiente). De hecho, varias de sus estancias tienen una lógica protocolaria (también hay salas auxiliares para servicios que necesiten los invitados, como peluquerías o cocinas propias; así como todos los avances, como calefacción, aire acondicionado, fibra óptica y ascensores, implantados en la planta baja del inmueble). Quizás las más importantes sean la sala de las liras y el salón de estar de honor. La primera está conectada a través de una biblioteca con el despacho de ayudantes y es llamada así por los motivos musicales que tienen tanto la lámpara como los relojes. En este espacio, el mandatario huésped recibe, si así lo solicita, a las más altas autoridades del Estado español. Cuenta con porcelanas de Sajonia, tapices sobre caza de Goya y otros de escenas populares.

La segunda estancia, que conecta con las suites antes comentadas, es el primer lugar al que los reyes trasladan a sus invitados foráneos. Cuenta con una lámpara tipo abeto de Navidad procedente del Palacio de la Granja, porcelanas de Berlín, y un tapiz con el mito de Vertumnio y Pomona. Pero la particularidad del cuarto es el sillón, que fue elevado hace unos años para facilitar su uso al rey Juan Carlos I, habida cuenta de sus problemas físicos. La antesala a este espacio cuenta con un cuadro evocador de una ciudad árabe al amanecer. Tiene, además, una colección de porcelanas entre las que se encuentra una curiosa serie a la familia de Alfonso XIII realizada por François Willène, inventor de la fotoescultura, primer precedente de las impresoras en tres dimensiones.

La conexión a este salón de honor desde el exterior se realiza a través de una escalera privada presidida por una estatua de Mariano Benlliure (regalo de la ciudad de Buenos Aires a María Cristina de Habsburgo en 1900) que tiene de particularidad la sesión de fotos de moda que la exprimera ministra Carla Bruni realizó para una revista francesa en la visita que realizó el presidente galo, Nicolás Sarkozy. Asimismo, antecede al cuarto principal la sala de espera de los reyes, en el que se expone un cuadro de Barceló que se encuentra actualmente en una exposición de arte contemporáneo, así como parte de la extensa colección de lienzos sobre puertos de España, de Mariano Sánchez.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    276 | Dr - 27/09/2015 @ 04:27:19 (GMT+1)
    Da morbo ver el sitio donde Paquito el dictador hacia su vida intima y decidía a quien matar.

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