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Observatorio Astronómico: la acrópolis desde la que Madrid descubrió el espacio

lunes 22 de septiembre de 2014, 08:00h
Permanece semioculto por los árboles y las construcciones vecinas pero en su día destacó como uno de los edificios más singulares de los incluidos en la reforma del paseo del Prado. El Real Observatorio de Madrid, construido sobre el cerrillo de San Blas, fue la expresión más libre del neoclasicismo de Juan de Villanueva que primó el estilo arquitectónico sobre la funcionalidad. Hoy, cuando las observaciones se realizan ya en Yebes (Guadalajara) y Calar Alto (Almería), este recinto es el principal guardián de la historia de la astronomía en nuestro país.
  • Edificio del Observatorio Astronómico, realizado por Juan de Villanueva

    Edificio del Observatorio Astronómico, realizado por Juan de Villanueva
    Juan Luis Jaén

  • Telescopio y relojes en la sala del círculo meridiano de Madrid

    Telescopio y relojes en la sala del círculo meridiano de Madrid
    Juan Luis Jaén

  • Reproduccción a tamaño original del telescopio Herschel que llegó a Madrid en 1802

    Reproduccción a tamaño original del telescopio Herschel que llegó a Madrid en 1802
    Juan Luis Jaén

  • Pabellón del telescopio Herschel. En su fachada se refleja el pabellón del Sol

    Pabellón del telescopio Herschel. En su fachada se refleja el pabellón del Sol
    Juan Luis Jaén

Se sabe que el gran marino español Jorge Juan convenció a Carlos III para que creara el Observatorio de San Fernando en Cádiz, y, se acepta que también promovió el de Madrid, aunque no existen documentos que lo acrediten. Fuera debido a la influencia de Jorge Juan que murió en 1773, diecisiete años antes de que se iniciara la construcción del Observatorio de Madrid, o al deseo de Carlos III de contar con una "ciudad del saber" -formada por el Real Gabinete de Historia Natural, el Jardín Botánico y el Observatorio Astronómico- lo cierto es que la determinación de hacer un observatorio se enmarca en el reinado del "rey alcalde".

No obstante la orden de constitución fue dictada ya por su sucesor, Carlos IV, en 1790, año en el que José Moñino, conde de Floridablanca y ministro de Estado, dejó en manos del arquitecto Juan de Villanueva los trabajos de construcción del Observatorio. Dos años después, la obra se vio frenada ante la falta de apoyo de Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, que había sustituido al de Floridablanca. También Manuel Godoy dificultó la tarea de Villanueva aunque, paralelamente, encargó la construcción de uno de los mayores telescopios de la época y facilitó que en 1796 se creara el Cuerpo de Ingenieros Cosmógrafos a quienes se encargó el estudio y la práctica de la astronomía, la geodesia, la geofísica y la cartografía.

El emplazamiento elegido por Villanueva fue un cerrillo cercano al Prado en el que en 1588 un caballero llamado Luis de Paredes había construido una ermita dedicada a San Blas, en la que había colocado la reliquia del santo que había recibido de manos de la archiduquesa María de Austria. Aunque, años más tarde, tras la construcción del palacio del Buen Retiro, se levantarían en la zona otras cuatro ermitas , San Blas fue la más popular por la romería que se celebraba el 3 de febrero coincidiendo con la llegada de las cigüeñas a los campanarios tal como recoge el refrán "Por San Blas las cigüeñas veras".

A pesar de la popularidad de la romería, lo cierto es que la zona se mantenía el resto del año bastante abandonada hasta el punto de que los dominicos de Atocha pidieron la demolición de la ermita argumentando que impedía el acceso a la basílica y que se resguardaban en la zona "malas mujeres y gente perdida". También Villanueva pidió en reiteradas ocasiones que se demoliera la ermita así como un juego de pelota que se había levantado aprovechando un polvorín abandonado y que se trasladara un pequeño cementerio anexo a la ermita, ya que estas construcciones afectaban a la imagen del edificio que estaba levantando. "El edificio Villanueva se pensó como un templo de la sabiduría y de la razón, como una pequeña acrópolis, aunque de los edificios científicos de Carlos III era el menos funcional", asegura Mario Tafalla, jefe de Servicio de Espectroscopia del Observatorio Astronómico Nacional.

La construcción del Observatorio, que se levanta a 656,8 metros de altura sobre el nivel del mar, se alargó hasta prácticamente 1808. Se sabe, no obstante, que el 7 de enero de 1802 zarpó de Londres hacia Santander el bergantín "Juana" que traía a España, repartido en 52 cajones de madera, uno de los mayores telescopios construidos en el mundo por el descubridor del planeta Urano, el astrónomo William Herschel. El telescopio tenía 25 pies (7,6 metros) de distancia focal y un espejo de 61 centímetros.

Herschel había recibido el encargo de la Corona de España seis años antes y cobró por él unas 4.000 guineas. Además España le encargó dos telescopios de 7 pies que hoy pueden ser contemplados en el edificio levantado por Villanueva. "Cuando terminó de construir el de Madrid, lo primero que hizo fue buscar Urano y tras ello dijo que era el mejor espejo que había hecho. El envío incluyó una veintena de láminas que sirvieron para su montaje y que se conservan", dice Tafalla. Pero cuando llegó el telescopio, surgieron los primeros problemas. "El telescopio, que era el segundo más grande del mundo por el diámetro de su espejo cóncavo -el primero, hecho también por Herschel, tenía un espejo de 1,20 metros pero se vio que no era práctico- no cabía en el edificio de Villanueva que además carecía de cúpula orientable, por lo que fue colocado en el jardín", dice Tafalla.

Las obras del edificio de Villanueva estaban para entonces muy avanzadas. Se sabe que en 1796, seis años después del inicio de la obra, el arquitecto solicitó 300.000 reales para concluirlo y que en 1799 ya se llevaban gastados 1.714.232 reales, cifra que aumentó en los años siguientes pues debió terminarse poco antes de la invasión francesa "aunque se tienen noticias de una primera observación en 1804 después de que Carlos IV pidiera mirar por el telescopio", dice Tafalla.

Un templete cuestionado

El resultado fue un edificio no muy grande de planta cruciforme, con un cuerpo central en forma de rotonda, dos alas iguales en el eje este-oeste, un cuerpo al norte y un pórtico al sur compuesto por 10 columnas y cuatro contrapilastras de orden corintio. "El templete circular, con 16 columnas jónicas, que corona el edificio no tiene ninguna función pero es lo que le da la gracia", afirma Tafalla. A pesar de ello, hubo algunas peticiones, que fueron desatendidas, para derribar este templete con objeto de poner el telescopio Herschel .Villanueva proyectó una abertura en las paredes y techo de una de las alas para la observación astronómica y puso en la cubierta norte, junto al templete, dos cúpulas, una para disimular la terminación de una escalera y otra para mantener la simetría.

La llegada de las tropas de Murat frustró todos los planes científicos y a punto estuvo de acabar con el edificio. Su posición estratégica hizo que los militares franceses ocuparan el edificio, colocaran un cañón en el templete y derribaran la ermita vecina. "Los franceses quitaron toda la cubierta de láminas de plomo y las fundieron para hacer balas. Ello perjudicó al edificio más que la explosión del polvorín que colocaron en su interior. También fueron destruidos todos los archivos", asegura Tafalla.

Tampoco el telescopio de Herschel tuvo mejor suerte. El armazón y el tubo fueron destruidos. "Únicamente se salvó el espejo cóncavo de bronce pulido que fue escondido en una de las cúpulas de la fachada norte que rodean el templete donde fue encontrado cien años después, por lo que, afortunadamente, hoy puede exponerse en este edificio", explica Tafalla.

Cuando en 1815 se encargó a Antonio Lopez Aguado un informe sobre el estado del Observatorio se indicó que la bóveda del pórtico estaba hundida, la escalera de caracol que subía al templete "quebrantada" como consecuencia del "estremecimiento que hizo al volar un depósito de pólvora que había en el subterráneo" y las bóvedas tabicadas, al igual que toda la cubierta de planchas de plomo, debían volverse a hacer. Los costes se evaluaron en 249.000 reales de vellón, si bien Fernando VII decidió que solo podía aportar 4.000 reales mensuales. En estas condiciones, la reforma se dilató hasta 1845, año en el que, ante la situación del edificio, se encargó la rehabilitación al arquitecto Nicolás Pascual Colomer. El arquitecto dirigió las obras y aprovechó para cconstruir otras dos cúpulas en la fachada norte con objeto de lograr una mayor simetría. Un año después, y tras una inversión de 600.000 reales, 150.000 más de los previstos, las obras fueron terminadas. Durante la obra, se planteó la sustitución de la bóveda del templete por una azotea plana para facilitar las observaciones meteorológicas que se hacían desde la cubierta, pero la Academia de Bellas Artes de San Fernando rechazó tal propuesta.

Concluida la rehabilitación, en 1853 se le encargó a José Aguilar un segundo edificio como vivienda de los empleados. El edificio, cuyas obras duraron dos años y costaron 400.000 reales, fue dotado de una torre giratoria en la que se instaló un telescopio de los llamados ecuatoriales, por tener su eje estaba alineado con el ecuador. "A este edificio, en el que llegaron a vivir hasta ocho familias, se trasladó hace cinco años toda la parte administrativa que estaba en el edificio de Villanueva", dice Tafalla que entró hace 14 años en el Cuerpo de astrónomos del Observatorio Astronómico Nacional, hoy formado por 30 profesionales. "Según me dijeron, los que ocupaban las viviendas se quejaban de los rugidos de los leones de la cercana Casa de Fieras del Retiro", dice.

El Observatorio Astronómico y Meteorológico de Madrid -nombre oficial que recibió en 1865- vivió entonces su etapa dorada. Desde ese año hasta 1904 en que el observatorio pasó a integrarse en el Instituto Geográfico Nacional, dirigió la meteorología nacional. Entre los cometidos del Observatorio estaba fijar la hora oficial. Cinco minutos antes de que el sol pasara por el meridiano, lo que indicaba que eran las doce de la mañana, desde la sala del círculo meridiano, la única del edificio de Villanueva preparada para la observación, se enviaba un aviso por telégrafo a la Puerta del Sol donde un funcionario se encargaba de subir la bola del reloj y cuando el sol entraba en el campo visual del telescopio, se volvía a utilizar el telégrafo para hacer caer la bola. En la primera década del siglo XX, se sustituyó el telégrafo por un timbre que sonaba en el interior de la torre del entonces ministerio de Gobernación donde un ordenanza de telégrafos, al que popularmente llamaban "el bolero", subía la bola al primer timbrazo y la dejaba bajar al segundo.

En 1900, se añadió al complejo un tercer edificio para instalar un astrógrafo y un año después, con proyecto de Enrique María Repullés, un pabellón del Sol, para colocar dos observatorios solares. "Los estudios sobre el sol tuvieron su auge a finales del siglo XIX y comienzos del XX pues hubo varios eclipses de sol que fueron visibles en España por lo que se compraron estos aparatos para llevarlos allí donde fuera más idóneo hacer observaciones. Cuando se devolvieron a Madrid se instalaron en este edificio", explica Tafalla.

Por entonces, la fisonomía del cerrillo era muy diferente a la actual. En la novela "Doctor Centeno", de Galdós, cuya acción transcurre en 1863, se describe la subida al Observatorio desde la calle Atocha, por una cuesta muy pronunciada y mal empedrada. En 1917, año en el que el director del Observatorio decía que el cerrillo era lugar de reunión de "gentes deshonestas", la cuesta concluía en un talud muy pronunciado, de más de 10 metros de desnivel, que se salvaba con una escalera de piedra que hacia 1940 fue tapada. Asimismo, comenzaron a levantarse distintas edificaciones en la zona: en 1882 el edificio de la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, hoy utilizada por el ministerio de Educación, y décadas más tarde los institutos Isabel la Católica y Ramón y Cajal y las viviendas que bordean la calle Alfonso XII y el paseo de Reina Cristina, cuya construcción obligó a cambiar la entrada al Observatorio junto a la puerta del Ángel Caído del Retiro.

También la actividad del Observatorio cambió en la década de los 70. Con la construcción de los observatorios de Guadalajara y Almería, las observaciones pasaron a hacerse en las nuevas instalaciones. En esta decisión pesó los problemas de observación desde Madrid debido a la contaminación lumínica y la contaminación, inconveniente este denunciado por los astrónomos ya desde que se abrió la vecina estación de Atocha porque el hollín de las locomotoras degradaba la calidad del cielo.

Un complejo restaurado

Hoy el edificio de Villanueva ofrece un cuidado aspecto después de que en 1975 Antonio Fernandez Alba realizara, a lo largo de tres años, una cuidada restauración por la que obtuvo el premio Nacional en 1980. En 1990, y para celebrar los 200 años de la fundación del Observatorio, se instaló en el edificio de Villanueva un péndulo de Foucault, similar al que se puso en 1851 en el Panteón de París aunque dotado de electroimán. También se habilitó la rotonda para museo mientras en las dos alas del edificio, una mantiene el uso como biblioteca que se le dio a mediados del siglo XIX, donde se guardan los anuarios que se intercambiaban por entonces los observatorios europeos, y la otra, llamada del círculo meridiano, muestra, además del telescopio utilizado para contemplar el meridiano, varios relojes de péndulo de los siglos XVIII y XIX que incorporaban distintos procedimientos para ser fiables como variar la composición de las varillas o incorporar cápsulas de mercurio para contrarrestar la dilatación que se podía producir en la longitud del péndulo a causa del calor.

Este intento de alcanzar la hora exacta hizo que, tras la guerra civil, en la que el edificio no sufrió grandes daños, se abriera un largo subterráneo que parte del edificio y discurre bajo el jardín y que, posiblemente, fue una ampliación del subterráneo donde el ejército de Napoleón tuvo instalado el polvorín que explosionó. Allí, con varios grados menos de temperatura, se instaló, en un monolito de hormigón, un reloj de péndulo que fijaba la hora de algunas emisoras de radio de la capital. Actualmente, el Observatorio cuenta con un reloj de cuarzo, sincronizado con señales de GPS enviadas por satélite, cuyos pitidos, servidos por línea telefónica, son utilizados, entre otras, por Radio Nacional de España.

Pero el proceso de recuperación no solo afectó al edificio de Villanueva. A los cuatro edificios existentes se sumaron otros dos. El primero, con proyecto de Antonio Fernández Alba, se construyó para celebrar el 200 aniversario de la primera observación, si bien no pudo ser inaugurado hasta 2005. En este edificio, de 16 metros de largo y 13 de alto, con paredes de vidrio, fue colocada la única reproducción a tamaño original del telescopio Herschel que tuvo Madrid. "Para su construcción, se estudiaron las láminas que acompañaron al primitivo telescopio y se encargó su construcción a la Escuela de Ingenieros Industriales, supervisada por astrónomos. La ejecución material de la estructura de madera que sujeta el telescopio y del tubo se encargó a un armador de barcos de Bermeo", explica Tafalla. El segundo edificio, también de Fernández Alba, se inauguró en 2010 como Sala de Ciencias de la Tierra y el Universo, un recinto expositivo en el que se muestran los instrumentos utilizados por el Real Observatorio y el Instituto Geográfico Nacional a lo largo de su historia.

GALERÍA DE FOTOS: El templo astronómico de Madrid

 

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