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Una ruina de teatro

lunes 14 de julio de 2014, 17:07h
Actualizado: 14/07/2014 17:12h
El Calderón es una ruina de teatro y lo ha sido en muchas etapas de su siglo de existencia. Arruinó a los hermanos Prieto, los constructores, desde antes de levantar el telón con el nombre de Odeón. Ellos querían un teatro modesto y acabó saliendo un monumento de Eduardo Sánchez Eznarriaga.

Un año después de la inauguración lo vendieron a una sociedad: Centro Hijos de Madrid. Y pasó a ser el teatro del Centro. No aguantaron mucho con la ruina los flamantes propietarios, que acabaron traspasándolo una década más tarde al Duque del Infantado. En octubre de 1927 volvió a cambiarle el nombre, pasando a llamarse Calderón. En los últimos años, unas marcas comerciales, que han patrocinado su programación, han pretendido suplantar el nombre por el que todos los espectadores lo conocemos.

En los primeros años de la II República fue designado Teatro Lírico Nacional, gracias al compositor Moreno Torroba. No tuvo mucho recorrido como tal por un quítame allá esa subvenciones... Tras la Guerra Civil el Calderón pasó a manos de Francisco Muñoz Lusarreta, entonces todopoderoso empresario madrileño. Y se convirtió en el templo de los artistas folclóricos y la revista. Sus herederos mantuvieron la propiedad hasta 2005.

En enero de 1948 sufrió el primer cierre administrativo por deficiencias en la seguridad de la sala. Ya se temió por su existencia aunque el Gobierno, con nota oficial incluida, garantizó su permanencia. Y, tras dos meses de inactividad, reabrió las puertas en el mes de marzo de ese año gracias al empresario Sebastián Falgueras.

A final del siglo XX, en 1999, el desprendimiento de una piedra de la cornisa aplastó a una joven que viajaba en un coche, detenido en ese momento en el semáforo. Murió en el acto. Era arrendatario el popular José Luis Moreno. Poco después entró en alquiler Alejandro Colubi, que vio cómo el Ayuntamiento le cerraba el teatro el 30 de octubre de 2000 para propiciar obras de mejora en la seguridad. Diez días se mantuvo la clausura y pocos meses la empresa del señor Colubi.

En la última década el deterioro del edificio, por dentro y por fuera, se ha producido a la vista de los madrileños. La imponente fachada se va desmoronando poco a poco. De la arquitectura original del torreón apenas queda nada. Las vidrieras de Maumejean -el constructor del patio de Cristales del Ayuntamiento- se van rompiendo. Dentro de la enorme sala, el hermoso techo pintado por Demetrio Monteserín apenas brilla y carece de iluminación para que no se vea su deterioro. Se han agujereado techos y embocadura para colgar iluminación y sonido... El último piso de localidades ha permanecido clausurado por no dar suficientes garantías de seguridad a los espectadores. Una ruina en un edificio que cuenta con la máxima protección urbanística.

Ejemplo de una arquitectura teatral monumental, patrimonio histórico de Madrid, a nadie -empezando por el Ayuntamiento- parece preocuparle su restauración y mantenimiento, su supervivencia en definitiva. Fuentes cercanas a la propiedad indican que existe un plan en tramitación para reformar íntegramente la fachada. Este proyecto incluiría la reconstrucción de la balaustrada del primer piso y la reposición de los grandes candelabros que jalonaron esta barandilla de piedra.

Pero mientras se confirman -o no- estas informaciones, constatamos que otro destacado elemento patrimonial que corre grave peligro de desaparición. Y van...

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