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Un momento de 'Tierra de nadie'.
Un momento de 'Tierra de nadie'.

Tierra de nadie: juego de actores

sábado 18 de enero de 2014, 12:23h
Actualizado: 18/01/2014 12:28h
'Tierra de nadie' (No man's land) fue escrita por Harold Pinter en 1974 y estrenada un año más tarde. Creo que en España solo se ha hecho anteriormente un montaje que dirigió Francisco Vidal, con corto recorrido. Ahora llega con una cuidada y lujosa producción a las Naves del Español, donde puede verse hasta el 2 de febrero. Dirige Xavier Alberti y está interpretada por José María Pou, Lluis Homar, David Selvas y Ramón Pujol.
Nunca me ha gustado el teatro de Pinter y esta obra no es una excepción. Para mí el interés de este montaje radica en el extraordinario trabajo de los actores, especialmente de Lluis Homar. Tiene enfrente a Pou, que hace de muro casi imposible de derribar. Los dos jóvenes tienen unos personajes más cortos y difíciles porque no se sabe bien de qué hacen o qué pintan allí. Pero Selvas y Pujol mantienen el tipo.
Se supone -porque lo pone en el programa- que es el reencuentro de dos viejos amigos tras la Segunda Guerra Mundial. Uno ha triunfado, el otro permanece en la mediocridad. Durante una noche, en la que beben sin descanso, queda patente que entre ellos no hay ninguna posibilidad de reanudar las relaciones. Pues bueno. A mí se me ocurren dos o tres argumentos distintos en los que encajaría la acción que vemos en escena. Pero hay que creerse la del autor, que, además, recibió el Premio Nobel y yo nunca lo tendré.
Desconfío de las obras que requieren una explicación previa de su contenido. Parece que a Luis Buñuel le divertían mucho las elucubraciones que hacían los críticos sobre sus películas más surrealistas. No sé si a Pinter le pasará lo mismo. Yo creo que no. Siempre me ha parecido que los textos de este autor son pura pirotecnia verbal, fuegos de artificio que explotan con mucho ruido y no dejan más que una estela de olor a pólvora. Y siempre he admirado, leyendo críticas de sus montajes, todo lo que habían visto otros en ellos. Lo que, evidentemente, solo confirma mi burricie. Pero la confieso y con ello mi aburrimiento, aunque no dejaré de ir a nuevos montajes por si en alguno veo la luz.
En los primeros minutos de función Lluis Homar parece que da el tono por el que seguirá la representación con un monólogo extenuante, dicho con ironía y ritmo impecables. Sin embargo el montaje se torna por momentos ceremonioso, solemne y pierde la frescura de la primera escena, sin recuperarla ya. Homar lleva la iniciativa en escena con un trabajo superlativo, erizado de dificultades que salva con maestría. Nunca deja en escenario, como sus tres compañeros. José María Pou es el que escucha, el poeta abotargado por el alcohol, que tiene dos jóvenes ¿lacayos? encargados de velar por sus intereses. El autor marca que estos dos hombres están en los treinta y en los cuarenta. Para diferenciarlos, el director coloca a David Selvas una botarga (falsa barriga) que resulta un poco antinatural. A Pujol lo viste con pantalones pata de elefante y un peinado de los que llevábamos hace treinta años y que nos hace sonrojar cuando nos vemos hoy en viejas fotografías.
Teatro arriesgado, del que ya solo se atreven a montar los teatros públicos. Su principal virtud: provocar la discusión, la controversia, el odio profundo o el amor total.
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