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Ordenanzas municipales

Por Fernando González
jueves 17 de octubre de 2013, 12:45h
Como si fuera una cosecha otoñal de setas, los contenedores aparecen repentinamente en cualquier rincón de mi barrio, curioso fenómeno que se reproduce en otros lugares de la capital. Me temo que no haya suficientes desperdicios de papel y vidrio para tantos recipientes como se colocan en la vía pública. Supongo yo que alguna contrata municipal, concesionaria del servicio, pretende explotar el negocio hasta sus últimas consecuencias. Apoyo todas las estrategias que disminuyan el impacto brutal que nuestras basuras ocasionan en el medio ambiente, pero detesto tropezarme con basureros urbanos en el espacio común donde todos vivimos. Me explico. 

 

Soy uno más de los muchísimos ciudadanos acostumbrados a reciclar todo aquello que sea pernicioso o pueda aprovecharse, aunque tales disciplinas me supongan emplear parte de mi tiempo y algún que otro esfuerzo. Mis residuos orgánicos quedan cada noche en el cubo gris y los envases almacenados en la cocina hasta que el Ayuntamiento los recoge en días alternos. Cargado de bolsas repletas de papelería o botellas me acerco a los dichosos contenedores para depositar en ellos el cargamento reutilizable. Mis medicamentos caducados terminan en los buzones instalados en las farmacias cercanas. Deposito las pilas consumidas en los cajones preparados para recogerlas y el aceite usado y los trastos viejos en los puntos limpios más próximos. Tal dedicación, pienso yo, debería corresponderse con un Madrid más saludable y cívico, pero no es así. 

 

El Ayuntamiento de Madrid acaba de presentarnos las nuevas ordenanzas con las que pretende organizar mejor la convivencia de los madrileños. Aplaudo sin reservas tal iniciativa, necesaria y conveniente, pero quiero advertir que de nada valdrá si no se aportan las herramientas necesarias para ejecutarla. Hace mucho tiempo, demasiado, que no veo ni un solo policía municipal patrullando por las calles que mejor conozco, ocupados como parecen en controlar vehículos y conductores o refugiados otros cuantos en la selva burocrática del municipio. Dicen los más viejos "que el infierno está empedrado de buenas intenciones", sentencia que deberían tener en cuenta nuestros regidores. Vigilen pues el cumplimiento de las normas, con rigor y multas coercitivas, de lo contrario no mejorarán las cosas. La falta de civismo de algunos irresponsables salta a la vista. 

 

Citaba más arriba la proliferación de contenedores, una buena medida si no se abandonaran junto a ellos todo tipo de desperdicios: muebles rotos, colchones deslomados, ropas usadas y porquerías asquerosas. Transformados en auténticos estercoleros ahí están, para sonrojo de todos, desprendiendo malos olores y afeando Madrid. Antiguamente se multaba a las comunidades que abandonaban los hatillos de desechos en los alcorques de los arboles, ahora se dejan en cualquier sitio. Las terrazas de los bares se extienden dificultando el tránsito de los peatones y las gentes beben y vocean en la calle a la hora que les place. Las motos aparcan donde mejor les cuadra a los motoristas y circulan en dirección contraria o por las aceras. Las plantas se riegan sin medida y los aparatos de aire acondicionado salpican a los que pasean por debajo y aumentan aún más el ruido que ya padecemos. 

 

Se debe combatir con eficacia la incuria de algunos, los abusos de otros y la falta de educación cívica de tantos personajes insolidarios. Necesitan más información, vigilancia, control y sanciones ejemplares, de lo contrario cualquier normativa se convierte en papel mojado.

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