Armados con sombreros, gorras, banderas e incluso uniformes de boy scout, devotos llegados de 193 países se lanzaron a las calles para conocer la ciudad y celebrar sus primeros encuentros apostólicos, bien en las parroquias de la capital, en los municipios que les acogen o en el parque de El Retiro, donde hay instalados
200 confesionarios. Las aglomeraciones en el centro eran la tónica desde primera hora. El Ayuntamiento de Madrid había
cortado el centro de la ciudad (de Plaza de España a Cibeles y de Atocha a Colón) para permitir el esparcimiento de los visitantes.

Armados con el
abono transporte de precio reducido -especialmente creado por la Comunidad de Madrid para la ocasión- o el
Carnet Joven -privilegio exclusivo de los residentes habilitado por el Ejecutivo regional para los visitantes-, los peregrinos aprovecharon su pase gratis a algunos museos y la facultad de poder desplazarse sin coste adicional por la ciudad. Los vagones de metro, a medio gas en un agosto normal, fueron un hervidero de camisetas y banderolas con la enseña de la JMJ.
Para reponer fuerzas, también contaban con
vales de comida intercambiables, fundamentalmente, por sandwiches, bocadillos, ensaladas y pasta, en los numerosos establecimientos de cadenas que han querido patrocinar la JMJ y
beneficiarse de las exenciones fiscales aprobadas por el Gobierno central. Pasado el mediodía, las colas a las puertas de los establecimientos y la pelea por encontrar un lugar a la sombra se sumaron a los cánticos de alegría y la fe. Comerciantes y hosteleros, enardecidos por la promesa de que, según la organización, la JMJ dejará
100 millones de euros de beneficio en la capital, vieron rebajadas sus expectativas y su optimismo al comprobar que los peregrinos han llegado con 'pack' completo de alojamiento y manutención y muy poco presupuesto para gastos extraordinarios (
vea aquí su testimonio en vídeo).
Misa multitudinaria
Los numerosos bafles de varios metros de alto que ocupaban el eje Prado-Recoletos y atronaban con la música de moda no anticipaban el fervor con que se viviría, a partir de las 20.30 horas, la misa de bienvenida oficiada por el cardenal arzobispo de Madrid. Antes de su inicio, Metro se vio obligado a cerrar la estación de
Sevilla, además de la de
Banco de España, ya prevista, y la de
Recoletos, ordenada por Renfe, ante la multitud que se agolpaba cerca de sus escaleras. Desde las 16 horas, y a pesar del agua nebulizada y grifos que la organización colocase en torno a Cibeles, los efectivos de Samur-Protección Civil desplegados en pequeñas carpas por todo el centro tuvieron que atender a
170 personas, la mayor parte por contusiones, lipotimias y mareos.
Con el sol cayendo sobre el Palacio de las Telecomunicaciones, Antonio María Rouco Varela ofició una homilía en la que invitó a los asistentes a hacer de transmisores del mensaje de Dios y la Iglesia católica ante sus coetáneos. "A los jóvenes, con
raíces existenciales debilitadas por un rampante relativismo espiritual y moral y sin hallar sólidos fundamentos para sus vidas en la cultura y sociedad actuales, incluso no rara vez en la propia familia, se les tienta poderosamente hasta los límites de hacer
perder la orientación en el camino de la vida", dictó el arzobispo.

La misa, en la que participaron 800 prelados de todo el mundo y 8.000 sacerdotes, estuvo dedicada al ya beato
Juan Pablo II. Una reliquia (consistente en una ampolla con sangre del difunto papa, extraída días antes de su fallecimiento por motivos médicos), presidió la ceremonia. Este objeto, anunció la organización, tendrá su ubicación definitiva en la catedral de La Almudena.
Después de la jornada inaugural, los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud tendrán que compartir la ciudad con los participantes en la
marcha laica que, desde las 19.30 horas y hasta las 21.30 de este miércoles, recorrerá Tirso de Molina y las proximidades de la Puerta del Sol para denunciar la contribución de las instituciones públicas a la visita pastoral (que no como jefe de Estado del Vaticano) de Benedicto XVI. El pontífice, de hecho, recogerá las
llaves de la ciudad de manos del alcalde,
Alberto Ruiz Gallardón, a pesar de no encontrarse en visita oficial, al igual que hizo Juan Pablo II, años atrás, de manos de Enrique Tierno Galván.