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De los fantasmas de la guerra al vacío del 68

De los fantasmas de la guerra al vacío del 68

Por Celia G. Naranjo
martes 23 de noviembre de 2010, 00:00h
El Museo Reina Sofía expone a partir de este miércoles su colección renovada de arte del período 1945-1968. Bajo el título "¿La guerra ha terminado? Arte en un mundo dividido", las adquisiciones nuevas y viejas proponen un recorrido desde los fantasmas de la posguerra al vacío y la incertidumbre de aquel convulso 68. Madridiario les adelanta un recorrido por la 'nueva' cuarta planta del edificio.
El grito silencioso de la posguerra europea de 1945 golpea al visitante nada más salir de los ascensores, cuando los tejados de los edificios de Atocha aún no se han borrado de su retina. La apertura de la muestra es contundente: una película sobre los campos de concentración que da paso a algunas muestras del arte europeo de la segunda mitad de 1940.

Europa está dividida y 'shockeada', y España está dividida de Europa y ensimismada. El trauma de los vecinos no desplaza el propio, aún reciente, de la Guerra Civil. Si el arte europeo —Artaud, Reverdy— está poblado de muertos y fantasmas, el español —Osorio, Tàpies y Picasso— no resulta mucho más vitalista. Los acontecimientos recientes han puesto el juicio final delante de las narices de los hombres y los artistas recogen la espera tensa de su llegada. Mientras tanto, el arte heredero de las vanguardias, que ya han despertado del sueño surrealista, intenta alejarse de los fantasmas sin demasiado éxito.

España, aún bajo una ley de prensa pensada para tiempos de guerra, no está para obras de arte. El fotógrafo Smith provoca la ira del régimen con un reportaje fotográfico sobre la vida en una zona rural extremeña, mientras Bressai, en otra publicación, pinta un país de clichés turísticos. La muestra recoge imágenes de la España de los 50, cuya crudeza quedaba oculta a ojos extranjeros y aun autóctonos.

A finales de los años 50, la pintura informalista española toma la palabra y se introduce en los circuitos internacionales. El visitante observa como Tàpies abandona el surrealismo para abstraerse, Canogar se sumerge en el realismo crítico y Saura reinventa el expresionismo. Esculturas de Oteiza y Chillida jalonan el recorrido que desemboca en el triunfo de la pintura americana, con más abstracción, pero menos estatismo y más movimiento. Estamos ya a finales de los 50 y el individuo se desvincula del arte para jugar con la objetividad. Una tendencia que convive con el absurdo de Mihura, La Codorniz o el cine de Berlanga.

Lo popular no se ha perdido entre tanta abstracción, como podrá comprobar el visitante a través de las fotografías de Francesc Catalá. Del neorrealismo de finales de los 50 al desarrollismo de las playas sesenteras, ya sin el dramatismo de la posguerra. Los fantasmas de aquella época parecen haberse alejado y solo queda la ironía para acercarse a la realidad, mientras Picasso y Miró realizan sus últimos experimentos con la pintura: el primero deja de mirar el mundo para volcarse en el proceso creativo y el segundo se acerca al grado cero del arte.

Cuando, en 1966, Resnais llega a la conclusión de que La guerra ha terminado, el arte parece haber olvidado ya a los fantasmas de la posguerra y la muerte, el juicio final y el dolor parecen conceptos muy alejados. La exposición consigue reflejar esta evolución pero, tal y como recoge su título, deja abierto el interrogante. Y es que lo que queda, en aquel 1968, con su mayo convulso y con sus gritos de esperanza, es un gran vacío que ni el neorrealismo ni las abstracciones consiguen plasmar. Si antes el mundo estaba dividido entre el dolor y la injusticia, por un lado, y un precario triunfalismo que negaba la realidad, por otro, ahora está roto en mil pedazos que nada tienen que ver los unos con los otros. Cualquier cosa podía salir de ahí. ¿Quizá otra guerra?
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