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Juvenalia y la crisis económica

Juvenalia y la crisis económica

domingo 01 de noviembre de 2009, 00:00h
El consejero de Economía y Hacienda, Antonio Beteta, explicó, después de presentar a la presidenta de la Asamblea de Madrid, Elvira Rodríguez, el proyecto de Presupuestos regionales para 2010, que de donde no hay no se puede sacar y que la crisis económica obligará a reducir algunos gastos innecesarios. Las Cuentas del Gobierno regional dispondrán de menos dinero que en 2009 y algunas partidas se eliminarán, como las destinadas a la celebración anual de Juvenalia, feria de los niños y jóvenes, organizada por la Dirección General de la Juventud con el objetivo de crear tendencias alternativas para el tiempo libre y la promoción de un ocio formativo entre este colectivo.

Cada año, a mediados de diciembre, desde hace treinta, este evento reunía a miles de adolescentes al inicio de las fiestas navideñas. De pronto, la Comunidad de Madrid decide su desaparición y vende esta medida como ejemplo de austeridad. Seguro que la aportación económica a Juvenalia no era una cosa del otro mundo, y que su continuidad se podría garantizar suprimiendo alguna de las inversiones con dinero público que no sirven para nada práctico, pero el anuncio de su desaparición sirve para crear polémica. De hecho, nadie preguntó a Beteta por Juvenalia, y sí cómo afectarían los recortes de unos presupuestos restrictivos a las transferencias regionales a los ayuntamientos, con más necesidad de dinero para atender a sus vecinos y de una financiación adecuada a los tiempos en los que vivimos que de cualquier otra reivindicación. El consejero de Economía y Hacienda, en vez de explicar qué actividades municipales peligran por la reducción de las aportaciones autonómicas, citó Juvenalia y Expo Ocio como perjudicadas   por la escasez de ingresos para que los periodistas picaran el anzuelo y colocaran esta información en el titular de su noticia.

Teniendo en cuenta que la crisis económica nos obliga a todos a apretarnos  el cinturón y a mirar con lupa el color del billete que ocupa nuestra cartera para comprobar si el de 20 euros se ha convertido en dos pero de menos valor, da risa comprobar que nuestros gobernantes, regionales en este caso, tienen más en cuenta la necesidad de entretenernos con cuestiones de tercer nivel que la de atender las cuestiones que reclaman los que padecen la crisis como si fuera un lumbago, un dolor agudo y persistente en la región lumbar de cuerpo, junto a su bolsillo. Podrían haber puesto otros ejemplos de cómo afectarán negativamente sus presupuestos a los madrileños.

El Gobierno de Esperanza Aguirre, tan convencido de que las políticas liberales sirven para todo, además de para llenar los bolsillos de los adinerados amantes de dejar que el mercado guíe nuestras vidas, nos entrega el caramelo de Juvenalia con la sana intención de que lo chupemos y  olvidemos cómo de verdad nos jode, cuando la crisis amenaza las finanzas familiares, que se recorten las ayudas a los que más sufren esta convulsión generada por los degenerados que orientan nuestra economía. Cuando el paro sigue creciendo y el número de desempleados avanza lento pero seguro hacia el medio millón de madrileños, habría que fijarse más en las necesidades de los parados que no reciben prestación alguna del Estado. Si el transporte sube de precio, si las becas para libros o de comedor no llegan a todos los que las necesitan, si las ayudas que piden las personas mayores para arreglar sus dentaduras gastadas se reciben  con muchos meses de retraso o las que solicitan los ciudadanos discapacitados para adquirir aparatos ortopédicos o prótesis llegan  tarde, mal o nunca, o si el mismo dinero hay que estirarlo hasta que no podamos más, nos deprime todavía más que nos digan que también desaparece Juvenalia.

No porque sea fundamental mantener esta feria, que podrían esforzarse en no eliminarla echando mano de los gastos innecesarios que tanto asco dan, sino porque parece que quieren doparnos con entretenimientos pasajeros para que la realidad de la crisis no aparezca más que en nuestros domicilios particulares y deje de ser percibida como una desgracia colectiva merecedora de una respuesta general contra los que la usan para seguir trepando por el árbol del poder y para echar la culpa de la misma al contrincante político.
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