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1984

1984

viernes 05 de junio de 2009, 00:00h
Eric Arthur Blair, que adoptaría el seudónimo de George Orwell, era hijo de funcionarios del Imperio en la India. Estudiante en Eton, pronto lo abandonó y siguió el camino de sus antepasados, pero la experiencia en Birmania, entonces provincia india, del trato vejatorio de las fuerzas coloniales para con los nativos le disuadió de tal camino y abandonó el puesto en 1928 para dedicarse a la literatura.
Vivió algunos años errante y sin un trabajo fijo, hasta que durante la guerra civil española resuelve marchar a España adscrito al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), de obediencia trotskista y concordancias con el anarquismo. Presenció en Barcelona la revolución anarquista y luego la contrarrevolución, secundada por una infame campaña de persecución de los anarquistas y del POUM por el PCE, que condujo al asesinato de su líder, Andreu Nin, en medio de las calumnias e injurias más atroces. Orwell, enamorado, pese a todo de España, pudo comprobar casi en carne propia, porque tuvo que acabar huyendo, la fuerza de la mentira y el engaño como instrumentos genuinos del poder. De esta experiencia surgirá uno de sus más hermosos libros, Homenaje a Cataluña, que es el primer eslabón de una trilogía constituida por Rebelión en la granja (1945), violenta sátira del comunismo estalinista, y 1984.

Escrita en 1948 (un simple trueque de números nos da el título definitivo, lejos de cualesquiera otras intenciones), 1984 es un libro visionario. Es una antiutopía, o una cacotopía (lugar malo), inscrita en la tradición de la novela moral y doctrinal inglesa (Defoe, Switf), producto del clima de la segunda guerra mundial y de la expansión comunista, estalinista. Orwell nos traslada a un universo ultratotalitario, el de Oceanía, donde un Partido y su líder, el Gran Hermano, detentan el poder absoluto. El gran instrumento de ese poder es la telepantalla, que permite controlar la vida y movimientos de cualesquiera individuos, bien secundada por una nutrida red de confidentes, soplones y policías. Un individuo maduro, Wilfred, trata de hacer frente a semejante dictadura, él y su joven pareja, pero será inútil; ambos acabarán siendo apresados y sometidos, él sobre todo, a brutales torturas, que harán de él un hombre nuevo, reeducado, pues Oceanía no quiere mártires Ya reeducado, solo le aguarda la ejecución: Oceanía no perdona.

La gran aportación del libro reside en la intuición visionaria que permitió a Orwell profetizar que la televisión y los medios audiovisuales terminarían por apoderarse del mundo. A la amenaza del totalitarismo se sumaba, por la vía de la tecnociencia, otro poder terrible; el de la televisión, la imagen. Por eso pudo imaginar el perfecto sistema ultratotalitario: una sociedad sin intimidad, sin pasado, sin principio moral alguno que no sea la adhesión al poder; una sociedad contraria al amor interpersonal y a la lujuria, porque la única relación válida es la que tiende a la procreación, y el sueño de la fecundación in vitro asiste ya a los dirigentes; una sociedad que persigue a los disidentes para luego reeducarlos, domeñarlos moralmente y ejecutarlos, abolida para siempre cualquier amenaza de disidencia organizada. <<¡Amo al Gran Hermano!”>>, exclamará el protagonista después de haber sido salvajemente torturado y brutalmente reeducado en sesiones de tortura donde la crueldad (y la eficacia del narrador para transmitirla) alcanzan niveles indescriptibles.

El Gran Hermano, el Líder Máximo, la cumbre absoluta del poder en Oceanía, nación belicosa en guerra permanente, un poder basado en la precariedad –no hay riqueza sino cutredad-- y en la explotación de la mayoría de la población, los <<proles>>. Por encima o más allá de su mensaje antitotalitario, 1984 es una espléndida fábula premonitoria de los terrores que puede suscitar una sociedad regida por el imperio de lo audiovisual. La literatura está proscrita, la memoria ha sido anulada y se está creando una Neo lengua, cuya finalidad es impedir todo pensamiento; sobre todo, no hay más valor que el poder. Un poder que, como reconoce un personaje, no pretende ni el bienestar ni la mejoría de la vida de parte de la población. Un poder que aspira a perpetuarse y cuya esencia es él mismo: poder por poder, mando por mando: <<El poder no es un medio—afirma un personaje-., sino un fin en si mismo. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura. El objeto de la persecución no es más que la persecución misma. La tortura solo tiene como finalidad la misma tortura. Y el objeto del poder no es más que el poder>> (página 257).

Excelente de ritmo, de intriga, de fabulación, especialmente memorable en algunas escenas, como las de la tortura, la única objeción que puede suscitar 1984 es su maniqueísmo: todos son malos, el único <<bueno>>, el protagonista, acaba también deglutido por el sistema. La sátira es así, hay que aceptarlo, pero en el caso de Orwell el texto se resiente porque el gran escritor escribe una novela en buena medida realista , con ambientes vulgares, incluso sórdidos. Lo más relevante, además de las calidades estéticas de la novela, estriba en esa condición de visionario de su autor, que se anticipó a su tiempo con la genial intuición de la telepantalla. Para las masas desamparadas de África y Asia, la realidad comienza a parecerse mucho a la de 1984 con las incesantes guerras, las abominables destrucciones y la inalcanzable felicidad que emiten las pantallas de televisión que se ven y oyen en los guetos del desamparo y la miseria.
    
Miguel García-Posada

Título: 1984
Autor: Orwell,  George.
Ficha editorial: Comentada por: Fernando Galán.. Traducción: Rafael Vázquez Zamora. Destino, Barcelona, 1997
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