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Cuando los conjurados entraron en el sancta sanctórum, Julián presidía sentado en el antiguo sillón (casi trono) en el que había aposentado sus nalgas el alcalde que había sido su mentor, varios siglos atrás.
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Cuando los conjurados entraron en el sancta sanctórum, Julián presidía sentado en el antiguo sillón (casi trono) en el que había aposentado sus nalgas el alcalde que había sido su mentor, varios siglos atrás.

Capítulo 5: 'Los bajos fondos'

Capítulo 1 'Rosita'

Capítulo 2 'Alianzas'

Capítulo 3 'Cibeles'

Capítulo 4 'Cataluña'

En los bajos de Cibeles no manda la alcaldesa, ni el Gerente, ni siquiera Florentino Vélez, el dueño de la empresa (de todas las empresas en realidad) de mantenimiento. Los bajos de Cibeles son el dominio de Julián Orzales.

Por razones que escapan al entendimiento humano, sólo con autorización del Ordenanza mayor se puede acceder a ese intrincado dédalo de pasillos y almacenes, de salas de actos vacías desde la época de Calvo Sotelo. Para los funcionarios más crédulos, los fantasmas de todos los alcaldes, desde Arias Navarro vagan por esos espacios ignotos. Para los que están en el ajo, en las infinitas salas y recovecos, los regalos oficiales (invariablemente alojados en cajas de fieltro, cajas forradas de terciopelo, cajas que guardan otras cajas…), alternan con cachivaches del almacén de la villa redimidos de su cautiverio: cadáveres de ordenadores antiguos, expedientes misteriosamente desaparecidos por el arte de la conveniencia, restos de gigantes y cabezudos de época prehistóricas, cien colecciones completas de los discursos de Tierno Galván, las maquetas de los cientos de obras que dejó proyectadas el alcalde al que llamaban Ruiz Faraón y quinientas copias de la violetera de la Gran Vía de Álvarez del Manzano que, como guardianes pavorosos de esas instancias, ofrecían su cesta vacía a los héroes que

arriesgaban su vida bajando o a los cómplices de Julián que eran convidados.

Junto a la sala principal de ese submundo, amueblada con los sillones desvencijados de los antiguos plenos municipales, se hallaba el cuerpo de guardia de Julián.

Era este un amplio almacén abarrotado de sillas, mesas, taquillas, lámparas, brillantes trajes abstractos de reyes magos de la cabalgata del año anterior, un guiñol en el que alguien había garrapateado GORA LA PEPA, todo en inextricable desorden Escondido en un lateral, el camastro que constituía el hogar de Alipio Ventura, amigo, colega, esclavo y cómplice de cuantas trapacerías administrativas le ordenaba ejecutar Julián Orzales. Desde que fuera nombrado interino en el siglo pasado, había sorteado todos los intentos de regularización que distintos gerentes y dirigentes sindicales municipales habían intentado durante décadas.

Era Alipio hombre de edad indefinida. Podría tener sesenta u ochenta años. Nadie podría asegurarlo. Su economía de movimientos, como las iguanas, impedían la percepción de su mucha o poca agilidad. Su traje de ordenanza, religiosamente reciclado de los que iba desechando Julián a lo largo de los años, por un curioso efecto óptico, parecía mimetizarse con los colores de los objetos o paredes ante los que se plantaba.

Como apenas hablaba y jamás se reía en presencia de su amo, la ausencia total de dentadura en su boca (la tengo -decía- pero la quito para comer porque me molesta), no era percibida por el ojo humano.

Era, en fin, Alipio, el perfecto perro guardián que necesitaba un listillo como Julián.

Cuando los conjurados entraron en el sancta sanctórum, Julián presidía sentado en el antiguo sillón (casi trono) en el que había aposentado sus nalgas el alcalde que había sido su mentor, varios siglos atrás. Rodeando la presidencia, varias sillas, de diferentes filiaciones, rodeaban la amplia mesa. Como si se tratase de un plano de campaña, un mapa gigante del distrito titulado “Chamberí. 1955”, hacía las veces de mantel y, sobre él, la más variada colección de vasos de regalos oficiales, de latón, de vidrio, de aparente plata, y hasta un cuerno de toro con la inscripción (Las Ventas con su alcalde. 1963) permitían a la concurrencia darse al tinto que servía generosamente Alipio por cuenta del anfitrión.

Al lado de Julián, un individuo de permanente sonrisa forzada, gafas cuadradas y evidente calva, vestía con soltura otro uniforme de ordenanza que revelaba al menos perspicaz su pertenencia a tal insigne cuerpo municipal. A su lado, Manoli, la ordenanza de alcaldía, mujer de edad indefinible y de mirada inteligente y vivaracha, empinaba alegremente y un poco achispada, el cuerno de las ventas:

- Ya les vale, a los jodíos, ¡regalarle un cuerno al alcalde! con lo que se hablaba entonces de los líos de su mujer… Yo me meo…

- ¿Te refieres a lo que se decía de su relación con su profesora de declamación? –dijo el de las gafas con voz atiplada

- Sí, coño. De cuando estaba liada con su profesor. ¡Anda que si una contase todo lo que han visto estos ojos en esta santa casa!

Junto a ella, Perales, el policía municipal factótum del escuadrón de reparación de coches con su perenne palillo en la boca, daba cuenta de su ración de morapio en un recipiente con forma de águila egipcia que se abría en dos partes

- Joder, Perales, que eso es una urna de cenizas egipcia, ¡no me jodas!

–le soltó sin miramientos Genaro, según accedía al sancta sanctórum ordenancil.

Perales escupió aparatosamente el vino que estaba bebiendo manchando la blusa de Manoli quien, raudamente, le soltó una sonora bofetada.

- ¡Mierda, Manoli! ¡Me pones vino en un vaso de muertos y encima me das una hostia!

- ¡So burro! ¡Mira cómo me has puesto! ¡Yo no tengo la culpa de que seas un ignorante y no hayas salido en tu vida al extranjero! Con gesto de patriarca, Julián impuso paz en el gallinero

- ¡Haya paz, que tenemos que tratar cosas importantes! El destino (dijo en pose oratoria) nos ha puesto en la tesitura de tener que salvar los altos intereses de nuestra patria. Los aquí reunidos tenemos una misión, y a esa misión nos vamos a encomendar… (pareció un poco perdido) … Por… eso os he reunido y he invitado a nuestro cuartel general a un digno representante jubilado de la policía municipal, mejorando lo presente (miró de soslayo a Perales) que ha solicitado nuestra ayuda para tan alta misión.

Genaro saludó a los presentes como saluda el rey a las masas

- Es un orgullo contar con patriotas como vosotros. Siento que estamos en buenas manos

- Sólo nos falta Mbaye (apuntó Julián), pero este cabroncete siempre llega tarde

- Joder, cómprale un abono trasporte, Julián. Le tienes como un esclavo y no le cuidas (le recriminó Manoli). Un día él y sus compañeros senegaleses te van a dejar colgada tu red de manteros y se te acabó el chollo…

- ¡Bah! Estos chicos están acostumbrados en su país a ir corriendo a todas partes. Por eso ganan los maratones… Bueno vamos empezando. Genaro, desde que nos confiaste la noticia de la traición que preparan los de Esquerra, no hemos estado ociosos. Toda nuestra capacidad de brujuleo y de captar información la hemos activado (Julián estaba encantado en su papel de espía en jefe). Manoli ha escuchado una conversación muy interesante ayer que queremos contarte.

Manoli se levantó azorada por la transparencia que el vino provocaba en su camisa y la ávida mirada de todos los varones presentes, pero se sobrepuso y dijo resueltamente, con el convencimiento de revelar importantes secretos:

- Efectivamente, Julián. El otro día en el despacho de la alcaldesa y ayer por la mañana en mi turno habitual, pude escuchar unas palabras que creo importantes.

- Cuenta…

- Pues, en primer lugar, la alcaldesa y el jefe de gabinete estaban tratando… de una visita que unos catalanes iban a hacer a Madrid…

- ¡Aja! ¡Unos catalanes! –dijo triunfalmente Genaro

Julián, como hombre experimentado en mil batallas burocráticas, le miró con superioridad:

- Genaro, no todos los catalanes son iguales. Alguno hay bueno. Mira tu primo Joanet. Será por la alimentación o por la vuelta a su pueblo de tanto en tanto, pero no a todos se les ha ido la olla.

- Tiene razón –convino Genaro- Me pierde la pasión…

- Sigue Manoli…

- Pues, como decía, estuvieron hablando de esa visita y la alcaldesa preguntó varias veces por los de Esquerra Republicana y de preparar la reunión… Y, además… -dejó unos segundos de suspense- en otra reunión, un extranjero muy raro, que parecía un agente secreto, le dijo al Coordinador que si aquí no le querían se iría… a Barcelona y…

-otra pausa dramática- ¡que le mandaría sus hombres! –soltó por fin con aire triunfal.

- Caramba, Manoli, ¡estás hecha una espía de primera! –la lisonjeó

Julián

Todos los presentes asintieron con admiración a las importantísimas revelaciones que había hecho Manoli.

- No cabe duda de que la señora alcaldesa, con estas conexiones y con su importancia, es la persona que necesitamos- dijo Genaro. Tengo que escribir a mi primo para contarle nuestros avances. Julián- le miró con gratitud- España te agradecerá estos servicios, estoy seguro. ¡Ya sabía yo que estaba en buenas manos!

Julián hizo un gesto como acostumbrado a este tipo de responsabilidades y queriendo quitarse importancia:

- Es lo que tiene la veteranía cuando se junta con el patriotismo y –dijo mirando a su alrededor- con un magnífico equipo…

Tanto Manoli como Perales sonrieron satisfechos del reconocimiento

- Pero, oye, Manoli- dijo Aurelio fastidiado por su insignificancia en el complot- Con lo bien que te trata la alcaldesa y menudo marcaje que le haces. Me parece que eres un poco traidorzuela…

Todos, hasta Genaro, le miraron reprobatoriamente y, evidenciada su actitud envidiosa, tuvo que plegar velas

- No te puedes encariñar con los alcaldes, que van y vienen. Atenderles sí, pero comprometerse no…-argumentó Manoli

- Lo mío con Arias Navarro no es cariño, es gratitud: ¡él fue quien me colocó en el Ayuntamiento! Para mí, siempre será mi acalde – remató conclusivamente Julián- En todo caso, además de escribir a tu primo creo que debemos lanzar dos operaciones en simultáneo -agregó Julián en pose de gran estratega: por un lado, tenemos que escribir a la alcaldesa para contarle lo que sabemos y, por otro, tenemos que contárselo al PP que, al fin y al cabo, es el partido líder de la oposición

–dijo con expresión televisiva. ¿No os parece?

Todos los demás estuvieron de acuerdo en tan ingeniosa estrategia y la reunión se disolvió.

Autor : Luis Cueto.
ilustraciones: Danish Xavier J. Morales B.

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