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El complot de las magdalenas de Luis Cueto. Novela urbana por entregas
El complot de las magdalenas de Luis Cueto. Novela urbana por entregas (Foto: Concha Ortega)

El complot de las Magdalenas. Capítulo 1: 'Rosita'

Los muchos sucesos de su azarosa vida habían menguado la nunca excesiva salud de Aurelio, por lo que, cuando a los setentayaños le comunicaron la posibilidad de estar en la prestigiosa residencia de mayores “La nueva vida”, ni se lo pensó.

Bien es cierto que su camastro en el cuarto de las escobas, alojado de extranjis por su amigo Alberto, no era lo mismo que ocupar una de las lujosas habitaciones del chalet junto a la Casa de Campo de tan prestigiosa residencia, pero es lo que tenía no tener posibles y amigos en las alcantarillas de la sociedad.

Alberto regentaba el departamento de limpieza con la autoridad que le otorgaba ser el único integrante del mismo. Aunque en la nómina que enseñaban a las conspicuas e inútiles autoridades de la comunidad de Madrid, figuraban tres personas más para cubrir los módulos obligatorios, el gerente de la residencia operaba el milagro de los panes y los peces intercambiando los integrantes en las diferentes residencias que la conocida firma CRECE (Capitales Rentables a Emprender con Cosas en España, SL) había comprado en nuestra ciudad.

También ayudaba bastante a llevar esta situación el no tan modesto estipendio que el gerente apoquinaba al inspector que cada varios meses firmaba el certificado correspondiente, y la brigadilla de ecuatorianos que los viernes limpiaba la residencia para que el fin de semana los familiares no notasen, en exceso, el lamentable estado de las instalaciones.

Por lo demás, los inquilinos de la prestigiosa residencia, bien no se enteraban de nada por su estado casi lunático, bien eran personas de buen conformar. Además, era corriente que la oronda esposa del gerente (que oficiaba de cocinera mayor –y menor, era la única- en el centro) deslizase a menudo la amenaza de desvelar los chanchullos realizados para conseguir plaza en un centro concertado de tanta categoría, lo cual aseguraba la omertá de los residentes y sus familias.

La vida de Aurelio, por tanto, transcurría en un apacible repaso de las sobras que dejaban los inquilinos de pago, paseítos por el jardín y algún que otro recado que le pedía Alberto en pago por su hospitalidad.

Nada le hacía pensar que ese mensajero que llegaba maldiciendo y jadeando iba a romper esa apacible rutina.

- ¡Oiga abuelo! ¿Sa- sabe usted quién es Genaro Roviralta? Tengo que entregarle esta carta. ¡Joooder con la cuesta!

Solo por entretenerse Aurelio fingió, como hacía de vez en cuando, una sordera pertinaz

- ¿Cómo dice usted? -dijo exagerando el tono de voz.

- Genaro Roviralta (elevó la voz) ¿qué donde le puedo entregar esta carta?

- ¡Ah!, vaya usted por ese paseo, joven -dijo despistándole-. Le he visto con su andador hace un rato y no puede estar lejos

El pobre muchacho se internó en el parque hacia el estanque. Dentro del mismo había unos peces de plástico que los ancianos intentaban en vano capturar con las redes que les procuraba la dirección, tanto por el pulso lamentable de muchos internos como por el estado decrépito de los instrumentos.

Mientras el repartidor iba en la dirección equivocada, Aurelio apresuró (es un decir), sus pasos a donde suponía que estaría Genaro.

Efectivamente, se hallaba espiando cómo Rosita, la ayudante de doña Adelaida (la esposa del gerente) tendía la ropa en la parte trasera de la residencia.


Las generosas formas de Rosita dejaban poco espacio a la imaginación y mucho a la vista. Sus prominentes senos marcaban con fuerza las camisetas que se gastaba la moza y su redondo trasero había sido fotografiado por los móviles de todos los residentes masculinos e intercambiado, como los cromos en el colegio, por los ávidos coleccionistas de la residencia.

Se decía que una vez, con el galán de los años 50, Eduardo Montenegro, la cosa había pasado a mayores, pero no había testimonio gráfico de tales rumores, y a todos les bastaba con creerlo.

Rosita complacía risueña estas inocentes fantasías de los vejestorios, que bastante tenían con su edad, sus achaques y sus dosis masivas de televisión y pastillas, como para no tener alguna que otra distracción, y no ponía ninguna pega para ser contemplada por los abueletes que conseguían superar los cinco escalones que llevaban al tendedero. Pero Genaro, fiel a su condición de policía jubilado, prefería espiarla. Decía que le ponía más cachondo.

Cuando Aurelio llegó al tendedero, Genaro estaba haciendo extraños movimientos que en principio parecían destinados a no perderse la visión de Rosita cuando se agachaba a coger ropa del cesto, pero que resultó estaban destinadas a encajar la cadera artificial que tenía implantada y que, a veces, se desacompasaba del resto de su cuerpo.

- Genaro, pero ¿qué haces? -le dijo Aurelio en un susurro, sin poder apartar la mirada de las bragas rosas que Rosita enseñaba cuando se agachaba

- Esta maldita cadera, que se me ha salido. ¡Nunca debí aceptar ser cobaya con esos estudiantes de ingeniería! Mucho que el material de Lego es mejor que el titanio, pero ¡falla más que un cargador chino! - me dijo también en voz baja, contorsionándose. ¿Qué quieres?, que me voy a perder la sesión de tarde…

- Ha venido un recadero con una carta para ti –le dijo en un susurro Pero como siempre has dicho que de fuera lo único que te pueden venir son facturas, le he mandado hacia el estanque y he venido volando a avisarte.

- Has hecho bien -dijo deteniendo el baile de san Vito y mirando hacia el jardín

El recadero, venía hacia ellos con cara de pocos amigos:

- ¡Oiga!, ¡Que me han dicho que este señor estaba por este lado! ¿Es usté Genaro Roviralta?

- Depende, dijo Genaro sin perder su aplomo de ex-policía. ¿Para qué le quiere?

- Tengo que entregarle esta carta certificada de su primo Joanet Llovet - ¡Coño, de Joanet! No habrá que pagar nada ¿no?

- No, sólo firmar aquí…

Una vez recogida la carta, y apurada la sesión erótica, los dos amigos se apartaron a un lado del parque para leer juntos la carta. Según llegaban, Jacinto Bellón, con sus enormes gafas de culo de vaso y su pelo cepillo, se levantó y se dirigió hacia ellos con gran agitación: ¡HAN MATADO AL ARCHIDUQUE CARLOS! ¡Aquí se va a liar una buena! - Y les enseñó la portada de un periódico que lo llevaba a toda plana.

- ¡No jodas, Jacinto! ¡Desde luego es un notición! –dijo Aurelio fingiendo asombro-. Corre y cuéntaselo a la doctora Peláez, que seguro que no se ha enterado…

Mientras Jacinto se alejaba renqueando hacia el edificio de la residencia, los dos compañeros se sentaron en el banco para despachar la carta

- Hay que joderse con la doctora, dijo Genaro. ¡Pues no se le ha ocurrido que dar periódicos de Maricastaña a los enfermos de Alzheimer les va a mejorar! Los tiene a todos tarumba.

- Bueno, déjate de esas cosas y léeme la carta de tu primo -dijo Aurelio de lo más intrigado.

Según iba leyendo con monosílabos, Genaro se iba sulfurando cada vez más:

- Me caguen su… Pero qué mamones… Anda la hostia…

- ¡Qué!, joder, ¿qué es…?

- Toma, léelo tú mismo. Si no me pilla con setenta la lío…

En la carta, Joanet (nombre de guerra de su primo, que se acababa de jubilar del CNI catalán), le decía que haciendo contraespionaje en la basura de Puigdemont durante las dos semanas cruciales del juicio del prucés, había descubierto un complot de Esquerra Republicana para hacerse con las pensiones de jubilación por la puerta de atrás (ya que el gobierno social comunista se negaba a entregárselas) y que, dado lo delicadísimo de la información descubierta, le habían obligado a jubilarse.

- ¡Qué asquerosos! Así le pagan.

A continuación, anunciaba a su primo su venida a Madrid para organizar la resistencia. Como en el CNI de Madrid no le habían hecho caso y habían contestado a sus misivas con rechuflas, había decidido venir a tratar directamente de tan importante asunto con la alcaldesa de Madrid que, a su juicio, era la única que podía parar esta locura (“al fin y al cabo ha sido jueza y es la única persona realmente independiente de España”, decía)

- Pues le ayudaremos -dijo Genaro con un viejo brillo en los ojos. ¿Me ayudarás?

- Mientras no sea con mi patrimonio que, todo sea dicho, se reduce a la maleta que está depositada en el cuarto de las escobas… - ¡Bah! -despachó con un gesto displicente sus reparos pecuniarios-. Lo que necesitamos es gente dispuesta a todo.

- ¡Cuenta conmigo! –dijo Aurelio, sin reparar en qué aventuras se metía y cómo, la conjura descubierta por Joanet, iba a alterar su cómoda rutina de jubilado precario.

Autor : Luis Cueto.
ilustraciones: Danish Xavier J. Morales B.

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