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Convivir con la pandemia, o colapsar

viernes 28 de agosto de 2020, 14:15h

Desde la II Guerra Mundial, no se padecía una situación tan dramática, continuada y que afectara a todo el mundo.

El reto de la salud pública exige modificaciones en los comportamientos y hábitos de vida. Ya que hasta el momento no lo han hecho, bueno será que las autoridades se asesoren de expertos en este área de la psicología, a la par que en la comunicación.

El mercado de valores ha experimentado caídas históricas, la crisis socioeconómica va a conllevar graves desquiciamientos, que exigen el fortalecimiento de los servicios sociales y dentro de ellos la contratación de profesionales de la psicología.

Analicemos las capacidades diversas socioculturales, las medidas adoptadas colectivamente y sus consecuencias, al tiempo de las diferencias individuales de afrontamiento.

Las recesiones económicas, el distanciamiento social, la soledad, se asocian a mayores tasas de suicidio, añádase a lo antedicho, que los pacientes con problemas de salud preexistentes sufren por una cobertura informativa preocupante e intensa.

Miramos al futuro en la esperanza de una vacuna, en el mientras tanto apreciamos las carencias dramáticas de la sanidad y la mortal ineficacia del planteamiento residencial, comprobamos que es necesario el desarrollo de la industria sanitaria nacional.

Nos movemos por un escenario incierto, dominado por la contradicción, la ansiedad, la angustia y el miedo. Y es que la salud, las relaciones sociales y la economía han sido brutalmente zarandeadas, siendo asideros esenciales para el ser humano.

Psicológicamente el mensaje de “nueva normalidad” no es bueno, transmite cronicidad de futuro, desesperanza en recuperar la normalidad perdida, mejor llamarle “periodo excepcional”, con carácter temporal.

No hemos de paralizar la vida, ni tomar miedo a la existencia. Cuidemos a los vulnerables, garanticemos la mejor asistencia a los enfermos, y afrontemos el miedo a las pérdidas, al contagio, incluso sí, a la muerte. Un estado de confinamiento intermitente y en un espacio temporal indeterminado conllevaría daños devastadores económicos y psicológicos. Enfrentar el miedo nos permitirá minimizar perjuicios y sufrimientos.

No podemos perder la consciencia exterior, de hacer en el mundo, de hacer el mundo. Recordemos, que somos poca cosa cuando estamos solos y que siendo cierto que el infierno pueden ser los otros, no lo es menos, que también lo puede ser uno mismo.

Y si bien hasta los terroristas se han paralizado ante el miedo a la pandemia, hemos de tener cuidado a permanecer en un estado de alarma, o a interpretar la pandemia como un castigo divino.

En este tiempo de desconcierto, donde se duda hasta del propósito existencial, en el que es difícil desempeñarse con sentido y se busca priorizar lo esencial y recuperar nuestros sueños, la cotidianeidad, poder elegir el rumbo, nos cabe ser muy respetuosos con la forma de vivenciar y elaborar de cada uno.

Y es que individuo y sociedad, van de la mano, ¿pero a distinto ritmo? Coincidiremos en que el término incertidumbre engloba la situación individual y colectiva, producida por la pandemia. Hay que descifrar la dinámica psico-social del cambio, partiendo de que una cosa es la evolución de la especie y otra los cambios producidos en y por el individuo.

Analicemos que si las prioridades permanecen estables y nos referimos a creencias, valores y actitudes (como hemos comprobado en el Instituto del Conocimiento Mar de Fondo) y sin embargo las conductas, comportamientos, actividades, han variado para adecuarse a las exigencias de la dilatada temporalmente pandemia, y al específico confinamiento. ¿En qué ámbito se produce el ajuste?

Es claro que las circunstancias, el contexto, las expectativas, han variado; el entorno, los otros, nos son distintos, tan es así que modificamos hábitos en búsqueda de ajustes mentales pero reiteramos, sin variar las prioridades. ¿Cómo se produce esa adaptación?

Somos conocedores, de que el ser humano busca evitar las disonancias cognitivas por lo que tendemos a alinear conductas con actitudes, acciones con valores, de otra forma perdemos coherencia, congruencia, sentido. Es así como generamos hábitos que permiten predecir la forma de conducirnos.

Este planteamiento discursivo introduce una pregunta especulativa: los nuevos comportamientos adaptativos, ¿conllevarán cambios de mentalidad?

Muy probablemente lo que acontece es que las prioridades (creencias, valores y actitudes) cuentan con un grado de amplitud y flexibilidad que permiten modificar sustancialmente los comportamientos, sin ponerse a sí mismas en cuestión.

Habrá que profundizar en el estudio de los posibles cambios, la profundidad de los mismos y hacerlo de forma longitudinal, permitiendo que el tiempo permita confirmar o descartar, lo que ahora pergeña.

Javier Urra

Primer Defensor del Menor

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