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OPINIÓN

Andalucía como tendencia: pautas para rearmar el proyecto progresista y una propuesta para Madrid

Por Luis Cueto y José Manuel Calvo
lunes 04 de julio de 2022, 13:29h
Actualizado: 05/07/2022 09:54h

Hay una escena de la película que inicia la saga Matrix en la que el malo (agente Smith) está sujetando al protagonista (Neo) sobre las vías del metro en una vieja estación de Nueva York. Al escuchar que se acerca un tren, Smith le susurra a Neo las siguientes palabras: ¿lo oye, señor Andersson? Es el sonido de lo inevitable, es el sonido de su muerte. Cuando el convoy está a punto de pasarles por encima, Neo consigue zafarse de su adversario y salir huyendo del lugar.

Tras las elecciones de Andalucía, la izquierda parece estar viviendo una situación parecida a la del personaje que interpreta Keanu Reaves en esa escena. Atenazada, observa el tren que inexorablemente parece que va a pasarle por encima. Sin embargo, el futuro no está escrito y, como sucede en la película, siempre hay opciones de alterar el supuesto orden inexorable de los acontecimientos. Pero para ello, además de creer que es posible, resulta imprescindible contar con un diagnóstico acertado y aplicar a continuación una terapia correcta. A esa tarea deberíamos dedicar nuestros esfuerzos quienes aspiramos a frenar la ola reaccionaria que amenaza con llevarse por delante los avances conseguidos por las fuerzas progresistas durante los últimos años en ayuntamientos, comunidades y también en el gobierno de España.

Ya no opera el miedo a Vox ni mucho menos a “la derecha”, como ha quedado demostrado con toda claridad en Andalucía. Muy al contrario, agitar el miedo a la ultraderecha solo ha servido para concentrar el voto en lo que el electorado percibe como derecha moderada, el Partido Popular, que acaba siendo el auténtico beneficiario del llamado voto útil. Quienes rechazan lo más extremo de Vox, han acabado asumiendo que la vía más segura para evitar su entrada en los gobiernos pasa por votar al PP.

Ante este panorama, los dirigentes de las organizaciones progresistas han optado por refugiarse en la autocomplacencia para no tener que analizar sus propios errores y tomar, en consecuencia, las decisiones que corresponderían. Pareciera que todos se contentan con conservar sus puestos para seguir viviendo de la política. Patético.

Volviendo al caso andaluz, la candidatura “Por Andalucía” ha sido el ejemplo palmario de esto. Después de haber conformado una coalición a martillazos, que a punto estuvo de fracasar la misma noche en que había que registrarla, y de una campaña en la que recurrieron a todos los mantras que han fracasado una vez tras otra, cuando han llegado los (más que previsibles) resultados, se han sucedido los reproches. De Podemos a Yolanda Díaz, de Errejón al gobierno estatal, de la candidata a la falta de unidad de la izquierda, etc. La culpa siempre es de otro, y así nadie tiene que responder por los catastróficos resultados.

El PSOE, por su parte, no ha seguido una línea muy distinta. Se presentaron a las elecciones con candidato “de partido” (es decir, cuyo único mérito es ser obediente con los dirigentes a quienes debe su puesto) y eslóganes vacíos que tratan al electorado como si fuera menor de edad (o derechos o derechas). Pero si bochornosa fue la campaña, peor aún los argumentos utilizados para justificar el pésimo resultado. El Secretario de Estado de Relaciones con las Cortes, Rafael Simancas, lo despachó en twitter diciendo que “ellos siguen gobernando en Andalucía, y nosotros seguimos gobernando en España”, versión actualizada del clásico “circulen, que aquí no ha pasado nada”. Adriana Lastra, número dos del partido, iba un paso más allá al atribuir la victoria de Juanma Moreno a las políticas del ejecutivo nacional. “Se consolidan los gobiernos que han contado con más recursos para hacer frente a la pandemia gracias a la aplicación de políticas socialdemócratas en Europa y en España”, sentenció. Ni un atisbo de autocrítica.

Teresa Rodríguez también se justificó presumiendo de que su candidatura había servido “para pararle los pies al fascismo”, aunque en su caso sí tenía motivos para estar satisfecha. Se presentó con el único propósito de mantener su escaño y consiguió otro de propina, por lo que puede decirse que ella sí alcanzó sus (insignificantes y ombliguistas) objetivos.

En cualquier caso, la sensación que transmitieron las distintas fuerzas progresistas durante la noche electoral fue de derrota estructural. La asunción de que la batalla está perdida de antemano y solo queda atrincherarse, buscando exclusivamente consolidar un nicho de fieles que permita mantener unos cuantos escaños, recursos y personal con los que resistir hasta que el panorama político y social resulte más favorable. Lo que el domingo por la noche iba a ser una “catarsis”, el lunes se quedó en un “pues no estamos tan mal”.

Esta actitud hace suponer que los partidos progresistas no van a cambiar nada sustancial para afrontar las siguientes citas electorales. Así pues, el riesgo de que el próximo año el mapa se tiña de azul (con apoyos, más o menos decisivos, de Vox en muchos territorios) es patente. Pero, del mismo modo que Neo no se resignó a aceptar el fatal desenlace en la escena que describíamos al inicio de este artículo, las fuerzas progresistas todavía pueden remediar lo que hoy parece inevitable.

Para ello, sin embargo, es imprescindible superar todo aquello que está contribuyendo a laminar nuestras opciones. Y lo primero que hay que darle un vuelco absoluto al funcionamiento (nada democrático) de los propios partidos políticos. Y en algunos ámbitos, como el municipal, incluso superándolos.

Según el Eurobarómetro, el 90% de la población española desconfía de los partidos. Esto no es exclusivo de la izquierda, en la derecha también ocurre, como demuestra el hecho de que Juanma Moreno, Feijoó o Ayuso se presenten a las elecciones escondiendo las siglas de su partido detrás de su marca personal. Tanto los votantes de derechas como los de izquierdas perciben los partidos como estructuras endogámicas, donde opera el enchufismo, que no defienden sus intereses sino los de una reducida cúpula de dirigentes que hacen y deshacen a su antojo. Sin embargo, esto tiene una mayor incidencia en el electorado progresista que en el conservador, mucho más transigente con estas situaciones.

Otra cuestión que la izquierda tiene que superar es su miedo atávico a la incorrección política. Si Pablo Iglesias y Podemos triunfaron en sus inicios fue precisamente porque desafiaban el consenso establecido hasta entonces. Porque cuestionaban cosas que nadie cuestionaba. Hoy, sin embargo, esa actitud contestaria está reservada en exclusiva a la extrema derecha, que se presenta “sin complejos” frente a la derecha acomplejada incapaz de romper con el “consenso progre”, empleando su propia jerga. Trump o Ayuso son claros exponentes de esto. Si a ello le sumamos que el gobierno de coalición en España monopoliza la representación de izquierdas (al margen de los nacionalismos periféricos), nos encontramos con que el votante progresista defraudado con el sistema no encuentra otra referencia con la que identificarse, lo que le conduce a la abstención.

Resulta imprescindible, por tanto, rearmar una izquierda sin complejos, que no se esconda detrás de la sonrisa impostada y hable claro. Esto no tiene nada que ver con ser antisistema. Al contrario, esa izquierda tendrá que confrontar, a la vez, con los que pretenden que la sociedad retroceda y también con quienes rechazan cualquier responsabilidad de gobierno con tal de no asumir las contradicciones y renuncias que implica la gestión, aunque ello signifique aceptar que solo puede gobernar la derecha.

Por último, necesitamos una izquierda que hable menos de ideologías y más de soluciones a los problemas concretos que amenazan nuestro modelo de sociedad. Para trazar alianzas con personas y sectores de la sociedad que están hartos de nuestros debates estériles, tenemos que huir de las etiquetas (que solo sirven para descartar) y centrar nuestros esfuerzos en buscar objetivos compartidos. A partir de ahí, el siguiente paso será conformar la estrategia y las herramientas para llevarlos a cabo.

En Madrid, nos hemos decidido a concretar una propuesta de cara a las elecciones municipales del próximo año. Todas las cuestiones que hemos ido enumerando para renovar el proyecto progresista pasan por impulsar una agrupación de electores, no un partido, que congregue a personas de la sociedad civil y representantes de organizaciones unidos por una serie de objetivos compartidos en materia económica, social, cultural, democrática, medioambiental y urbana para la ciudad de Madrid. Un proyecto centrado exclusivamente en lo municipal que tiene como objetivo gestionar desde una visión progresista, pragmática y sustentada en la experiencia de lo que fue el gobierno de Manuela Carmena, único paréntesis de progreso en más de tres décadas de gobiernos de la derecha.

Con ello queremos incorporar a ese compromiso progresista a miles de personas que no van a votar a los partidos de izquierdas dentro de un año. Hagan lo que hagan. No les van a votar. Porque desconfían de ellos y de lo que prometan.

La agrupación tiene varias ventajas frente al formato tradicional de los partidos. Necesita el apoyo previo de un número importante de electores que avalen dicha candidatura. Su mandato se agota a los cuatro años por lo que, si defrauda las expectativas generadas, no contará con el apoyo necesario para presentarse de nuevo. Esto es algo que no sucede con los partidos, pues una vez obtienen representación, pueden volver a presentarse sin un solo requisito adicional. Además, su ámbito de actuación se circunscribe a la ciudad de Madrid, lo que impide que entre en el habitual intercambio de intereses y favores a los que los partidos nos tienen demasiado acostumbrados.

Consideramos que solo renovando los formatos y estableciendo mecanismos de rendición de cuentas ante a la ciudadanía es posible volver a seducir a ese electorado que apuesta por el avance social pero que no se identifica ya con las organizaciones que supuestamente lo representan. No nos resignamos a que el gobierno de Madrid en 2023 se parezca mucho al de Andalucía o al de Castilla y León y, por ello, damos un paso al frente. Queda poco menos de un año para decirle al agente Smith que la película continua.

Luis Cueto y José Manuel Calvo

Concejales de Recupera Madrid del Ayuntamiento de Madrid

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