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Aprender a coordinarse para las tareas del hogar es uno de los retos principales de esta casa.
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Aprender a coordinarse para las tareas del hogar es uno de los retos principales de esta casa. (Foto: J. G. M.)

Persona sin hogar comparte piso

El Ayuntamiento de Fuenlabrada cede a la asociación Libélula, que trabaja con vecinos en riesgo de exclusión, una vivienda para dar techo a tres personas sin hogar. Durante los próximos meses, tendrán que aprender a convivir antes de conseguir un alojamiento “normalizado y autónomo”. El mero hecho de acordar si aceptan mascotas o en qué zona de la casa se puede fumar es ya un avance.

Una vez por semana, un piso de Fuenlabrada celebra una cena. Por turnos, uno de los inquilinos se encarga de pensar una receta, comprar los ingredientes en el mercado y cocinar varios platos para sus dos compañeros de piso. A esa comilona también asiste una invitada. Nada raro, más allá de que solo unos meses antes de que comenzara esta tradición, esos tres anfitriones eran personas sin hogar y que su invitada es, en realidad, una educadora social, su embajadora en su proceso de incorporación a la vida comunitaria.

En esta vivienda de propiedad municipal, tamaño medio y cercana al centro viven dos hombres y una mujer. A su edad -tienen entre 45 y 50 años-, han encontrado al fin en esta casa piloto ideada por la asociación Libélula, un asidero para salir de la exclusión.

Vivir a las puertas de la sociedad puede tener muchas formas. Que la ropa de cama está compuesta por, al menos, tres piezas, no es algo con lo que se nazca aprendido, por ejemplo. Una prolongada estancia en la calle o en infraviviendas afina sin duda algunas habilidades, pero destruye muchas muy elementales.

"Una vez a la semana hacemos también una asamblea en la que hablamos de los problemas que pueden surgir en la convivencia y les ofrecemos herramientas para solucionarlos", explica Vanesa Bravo a Madridiario, la educadora que, además de acudir a las cenas, supervisa la convivencia a diario. Con ella, los tres inquilinos aprenden a discutir, a llegar a acuerdos, a crear lazos, a sentir la casa como suya, enumera. De lo último que se ha debatido ha sido, por ejemplo, sobre si se aceptan mascotas entre esas cuatro paredes o si se puede fumar en la terraza. Lo primero, se denegó. Lo segundo, se aceptó. "Aquí, dar este tipo de pasos cuesta más", valora la educadora.

Los tres fortuitos compañeros de piso perciben una Renta Mínima, y aunque el Ayuntamiento paga las facturas, tienen que abonar una mensualidad simbólica. "Es para que adquieran esa responsabilidad", añade.

Pieza de una maquinaria

En Fuenlabrada no existen albergues, según la organización. El Ayuntamiento tiene unos pocos pisos para fines sociales. Como este, cedido a la asociación en febrero por un año y en el que sus inquilinos recuperan hábitos y habilidades "imprescindibles" para la convivencia y aprenden a "organizar una casa, la limpieza, la higiene, la colada o los gastos", explica la concejala de Bienestar Social, Carmen Bonilla.

Esta es la única fase puesta en marcha de un proyecto que en el papel incluía una etapa previa y una posterior. Originalmente, la idea era tener primero un piso "supervisado las 24 horas", de acogida urgente. Tras pasar por el emplazamiento actual, el intermedio, donde el apoyo se reduce a "tres horas por las tardes", los beneficiarios se lanzarían a una tercera vivienda "autónoma y adaptada a sus ingresos", señala Sofía Morgado, educadora social y vicepresidenta de la entidad.

Sin embargo, la falta de recursos endémica que pende sobre el Tercer Sector solo ha hecho viable esta pieza de la maquinaria. "Parece que la convocatoria de ayudas de la Comunidad de Madrid se va a volver a retrasar este año; asociaciones pequeñas como la nuestra tienen muy difícil soportarlo: nos quedamos sin recursos propios para adelantar unas subvenciones que puede que luego no lleguen", insiste Morgado.

Línea de ida y vuelta

Los tres beneficiarios son personas sin hogar, que no sin techo. Esto significa que antes no dormían al raso pero sí en lugares sin las condiciones de habitabilidad básicas, como naves abandonadas. Los tres han sido escogidos por la entidad entre sus usuarios habituales, a los que proporciona alimentación, actividades o cursos de empleabilidad en su centro de día. También les ayuda con el papeleo.

"Llevo mucho tiempo conviviendo con gente que no esperaba convivir", reflexiona uno de los inquilinos para este diario. Nacido en Colombia hace casi seis décadas, cuenta el tiempo que lleva en España: "21 años y 5 días. A decir verdad, no sé ni por qué me vine", añade. En la última cena conjunta, preparó brochetas. Electricista, carpitnero, pintor, fontanero, decorador... Tener un trabajo es la única manera de romper el círuclo. "Cuantos más cumples, peor", sintetiza.

Sin embargo, el camino hacia la integración no es una línea recta. Los tres inquilinos que viven ahora en esta casa bien equipada, luminosa y confortable no son los mismos que desde el principio. Uno de los primeros no logró responder a las exigencias del proyecto y lo abandonó hace unas semanas. Las vueltas al punto inicial, las recaídas, son parte de la atmósfera en la que se mueve Libélula. Otra persona entró en su lugar. La casa, como la vida misma, sigue adelante.

El piso es un puente a la vida autónoma de sus inquilinos, en este caso, tres personas a las que asistía la asociación de forma regular.
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El piso es un puente a la vida autónoma de sus inquilinos, en este caso, tres personas a las que asistía la asociación de forma regular. (Foto: J. G. M.)
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