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Más vivo que nunca

Por Fernando González
miércoles 19 de abril de 2017, 07:43h

Se trataba de gritarle al mundo la barbarie criminal que había desatado en España el alzamiento militar encabezado por Franco. Para ello se eligió como escenario la Exposición Internacional de París. Con el objetivo de amplificar la denuncia, el entonces Director de Bellas Artes de Gobierno de la Segunda República, Josep Renau, viajó a la capital francesa. Allí encargo a Pablo Picasso un lienzo monumental que despertara las conciencias en las naciones democráticas que se oponían al fascismo. Picasso alquiló un taller parisino y en ese lugar pintó el Guernica. Desde entonces, junio de 1937, han pasado ochenta años.

Para conmemorar un aniversario tan significativo, el Museo Reina Sofía, sede permanente del Guernica, ha organizado una muestra memorable. Acompañando al mítico cuadro de Pablo Picasso, se expone una colección formidable de obras maestras del genio malagueño. La presencia del Guernica en una pinacoteca española es una evidencia más de la reconciliación nacional que amparó la Transición política, por mucho que algunos radicales de hoy se empeñen en denostar y embarrar aquel proceso admirable. La Alcaldesa Manuela Carmena debería embarcar a los dirigentes de Ahora Madrid en una excursión guiada al Reina Sofía.

Treinta y seis años atrás, a las 8.27 de la mañana, aterrizaba en Madrid procedente de Nueva York el vuelo de Iberia 982. Un Boing 747, de nombre Lope de Vega, con más de trescientos pasajeros a bordo. En ese momento, con la voz entrecortada por la emoción, el Comandante Juan López Durán anunció que el Guernica había viajado en la bodega del aparato. Los artífices de semejante logro respiraron profundamente. Acomodados en sus asientos, custodiando el tesoro que regresaba del exilio, estaban el Ministro de Cultura Iñigo Cavero, el Director General de Bellas Artes Javier Tusell y su Subsecretario Álvaro Martínez Novillo.

Durante muchos meses, con el sigilo que requería la misión, el Gobierno de Adolfo Suárez tuvo que negociar con los patronos del Museo de Arte Moderno neoyorquino. La documentación acreditaba que el cuadro depositado allí pertenecía al reino de España. Había que respetar también la voluntad de Picasso: el Guernica solo regresaría a un país libre y democrático. Para llegar a ese punto, en muy poco tiempo, se desmontó la dictadura de Franco, se legalizaron todos los partidos, se recuperaron las libertades públicas y privadas, se celebraron dos elecciones generales, se aprobó la Constitución y se neutralizó un golpe castrense.

Por fin, el 15 de octubre de 1981, el cartel clandestino que muchos guardábamos se convirtió en una pintura tangible y real. El Guernica fue colgado en el Casón madrileño del Buen Retiro ese día. Vimos al caballo agonizante, al toro bramando, a la mujer con su hijo muerto en los brazos, a la compañera amputada que se moría, al guerrero vencido y despedazado, la espada rota y el orgullo en el gesto; a la casa en llamas y los brazos levantados al cielo. Iluminando el infierno la enigmática bombilla y el quinqué encendido.

En tonos blancos, grises y negros Picasso había reflejado la brutalidad inmoral de los agresores y la indefensión terrible de un pueblo inerme. Cualquiera que aproveche la ocasión y visite la exposición dedicada al Guernica en el Reina Sofía, comprobará que la pesadilla pictórica de Picasso se encarna cada día en cada uno de los genocidios que se producen en nuestro mundo. El Guernica está más vivo que nunca.

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