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Los amos de la piqueta

miércoles 01 de febrero de 2017, 08:47h

Florentino Pérez y Gil Marín son los amos de la piqueta. Por ser quienes son, el Atlético y el Real, el Real y el Atlético, que no se me enfade nadie, clubes de fútbol con millones de seguidores, diseñan y realizan sus planes urbanísticos con una facilidad pasmosa. Algunos podrían pensar que ambas entidades, propiedad privada el Atlético y sociedad deportiva el Real, gozan de una bula administrativa que para sí quisieran la mayoría de organizaciones económicas que se mueven en nuestra Comunidad.

Mientras se paralizan o se congelan otros planes de reorganización urbana, esenciales para el desarrollo armónico de la ciudad y sus alrededores metropolitanos, las utopías expansionistas que idean las directivas del Real y del Atlético se llevan a la práctica sin demasiados impedimentos.

La ambiciosa operación de Campamento, la tan necesaria recuperación de Chamartín o las promociones de viviendas previstas en las viejas cocheras duermen el sueño de los justos, empantanadas como están por barreras de negociaciones y desacuerdos políticos. Sin embargo, la que fuera la Ciudad Deportiva del equipo merengue es ahora un pequeño Manhattan mesetario. Su relieve horizontal ha modificado la línea del cielo de Madrid. La recalificación del suelo que contenía aquella instalación, en el margen izquierdo del paseo de la Castellana, benefició al Real Madrid y a las empresas constructoras que edificaron los rascacielos. Los madrileños nos quedamos sin una zona deportiva y el club blanco se financió su particular vedado de Valdebebas.

Ahora a punto está de derribarse el estadio Vicente Calderón. Vayan por delante algunos hechos concretos. El coliseo colchonero está en perfectas condiciones de uso. Se adorna con la máxima calificación, 5 estrellas, que otorga en su catálogos la UEFA. Es el recinto familiar y conocido donde se concentran los socios y abonados del Atlético. Ha funcionado perfectamente dura cincuenta años y forma parte de la historia contemporánea de unas de las barriadas más castizas y tradicionales de la capital. Dicho lo cual, ¿por qué se tira abajo el Manzanares?

En primer lugar, creo yo, para reparar uno de los desmanes faraónicos más formidables de Alberto Ruiz Gallardón. Aquel Presidente de la Comunidad impulsó la construcción de un Estadio Olímpico para potenciar la candidatura de Madrid a los Juegos. Fracasado por tres veces el empeño, la obra quedó inútil en mitad de la nada. El espejismo se materializa ahora como sede permanente del Atlético. En segundo lugar, tal cesión comunitaria saneará las cuentas de una corporación maniatada por las deudas. Por último, se refuerza la estrategia especulativa que se desató cuando la cervecera Mahou dejó vacíos los terrenos que ocupaba su fábrica en el distrito de Arganzuela.

En esta ocasión se junta el hambre con las ganas de comer. ¿Qué ganamos los madrileños en todo esto? Nada. Los aficionados del Atlético, enajenado su campo, tendrán que emigrar a la periferia. Con el dinero de todos habrá que dotar a la zona con nuevas estaciones de Metro y nuevas comunicaciones viales. Madrid se quedará fuera de los circuitos internacionales de atletismo y perderá una infraestructura básica para su desarrollo deportivo. Se consumará también una fabulosa recalificación de suelo industrial y colectivo, transformándose toda la superficie que quede disponible en suelo urbanizable. Además, por si todo lo dicho no fuera suficiente, todos los madrileños tendremos que financiar con más de cincuenta millones de euros el soterramiento del tramo de la M-30 que ahora transcurre bajo la tribuna del Vicente Calderón. Que quede claro, el Atlético y Real, el Real y Atlético, son capaces de cambiarnos Madrid en veinticuatro horas.

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