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CRÍTICA DE CINE

Liam Neeson en un fotograma de 'Silencio', de Martin Scorsese
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Liam Neeson en un fotograma de 'Silencio', de Martin Scorsese (Foto: DeAPlaneta)

Silencio: los cristianos clandestinos de Scorsese

viernes 06 de enero de 2017, 11:26h
Este viernes se estrena Silencio, el 'proyecto vital' de Martin Scorsese.

Martin Scorsese no tiene ya nada que demostrar. Pero después de haber arrastrado a millones de espectadores a las salas y sumar en su palmarés varios de los premios gordos de la industria y la crítica cinematográfica a lo largo y ancho del mundo, el cineasta norteamericano ha logrado convencernos –quizás convencerse- de que no hay nada que no pueda filmar, estrenar y convertir en un éxito. Después de casi tres décadas con el proyecto a cuestas, el director de Toro Salvaje o Goodfellas firma el que es, sin duda, su película más personal. Puede que suene a frase hecha, pero lo cierto es que desde que el realizador leyó la novela del japonés Shusaku Endo en 1988, llevar a la gran pantalla esta historia escrita en los años sesenta y convertida en éxito de ventas en Japón se convirtió en una especie de meta vital casi obsesiva. Tomando prestado el nombre del papel, Silencio llega ahora a los cines como una victoria personal del director, con el mejor Scorsese tras las cámaras y apelando, eso sí, a un espectador valiente y paciente.

La apuesta de Endo hace medio siglo era arriesgada y Scorsese recoge el testigo. Porque, a pesar de la distancia temporal y la aparente superación de ciertos tabúes, sigue siendo políticamente incorrecto –casi innovador- hablar de la represión religiosa hacia los cristianos, siendo el Cristianismo una de las confesiones que más ha intentado imponer su voluntad a lo largo de la Historia. Por eso resulta atractiva la idea de conocer esta otra Historia –o estas otras historias-, en la que Silencio escarba. La cinta gira en torno a la polémica generada en el seno de la Iglesia portuguesa cuando el padre Christovao Ferreira (Liam Neeson), jesuita misionero en Japón, apostató y se convirtió al budismo tras ser torturado durante la persecución de los cristianos por parte de los señores feudales japoneses. Años antes, una revolución campesina encabezada en su mayoría por ‘cristians’ –conversos japoneses- fue sofocada y puso a la religión extranjera en el foco de quienes veían peligrar sus privilegios.

Los ojos del espectador son los del padre Sebastian Rodrigues (Andrew Garfield), encargado junto al padre Francisco Garupe (Adam Driver) de la última misión de la Iglesia Católica en Japón: conocer el paradero de Ferreira y verificar los rumores de su apostasía. El viaje físico de Rodrigues se convierte en un viaje espiritual en torno a la cuestión de la fe, a la duda, la redención y la debilidad humana, preocupaciones recurrentes del director que, con Silencio, cierra la trilogía que empezó con la polémica La última tentación de Cristo (1988) y continuó con Kundun (1997).



Scorsese no se corta a la hora de rodar las torturas físicas y psicológicas con una precisión quirúrgica y un dramatismo naturalista



La cinta bucea en las contradicciones de Rodrigues, que asiste por primera vez y en primera persona a las consecuencias que conlleva el cristianismo clandestino en el Japón feudal. Y Scorsese no se corta a la hora de traducir a imágenes las descripciones literarias que Endo hizo de torturas físicas y psicológicas, con una precisión quirúrgica y un dramatismo naturalista. En general, toda la cinta se apunta al realismo puro, sin apenas elementos dramáticos extradiegéticos –la banda sonora es mínima- y colocando la responsabilidad sobre las emociones del espectador en las interpretaciones.

En este sentido, el talento actoral se exprime al máximo en Silencio. Tanto Garfiel como –en un plano secundario pero con una secuencia clave- Driver logran transmitir el vaivén emocional de sus personajes en el ambiente de contención que exige el guión. Por su parte, Liam Neeson, que a ratos planea por encima del relato como una figura tan ausente como clave al estilo de Esperando a Godot, se explaya en sus escenas y sirve de enganche con el espectador, especialmente en sus conversaciones con el protagonista.

Silencio merece ser valorada por contar una historia atípica; por plantear un debate abierto sobre qué es la fe y la humana necesidad de trasladarla de lo estrictamente espiritual al terreno material –ahí está la necesidad de los japoneses por palpar a un ‘padre’ que les guíe en sus dudas, pero también la del propio Rodrigues hacia Ferreira o la de todos los cristianos por venerar objetos sagrados-; merece ser valorada, por supuesto, por la capacidad de Scorsese para rodar el entorno hostil, con encuadres aplastantes en medio de la inmensidad del paisaje; por una fotografía impecable, cargada de grises y polvo; y por unas interpretaciones a la altura del proyecto –al parecer, los actores aceptaron el salario mínimo que marca el sindicato para ponerse a las órdenes de EL (con mayúsculas) proyecto de Scorsese.



Un Scorsese en las Antípodas del de El Lobo de Wall Street, pero Scorsese



El mayor fleco de Silencio es la cuestionable profundidad de los personajes japoneses: por un lado, el pueblo cristiano, necesitado de guía y con más bien poca capacidad crítica; por otro, los señores feudales, déspotas sin apenas ‘cara A’ y protagonistas de algunos momentos de humor, parece que intencionado, poco integrados en el tono general de la cinta. Es inevitable también una cierta sensación de moralina final, quizás más perceptible para el espectador alejado de las creencias espirituales del propio Scorsese. Además, se expone un asunto interesante, el de la mutación que sufrió el cristianismo al intentar echar raíces en tierras japonesas, por el que se pasa de puntillas y en el que habría resultado interesante profundizar.

Matices aparte, Silencio es una película robusta, concienzuda, de seriedad abrumadora, que probablemente será del gusto de los Académicos de Hollywood –entrará en la próxima edición de los Oscar gracias a un estreno adelantado en EEUU-. Sin embargo, no es una cinta fácil de ver y requiere de un espectador paciente. Casi tres horas de metraje con secuencias pausadas, grandes silencios, un lánguido monólogo interior como guía de la trama y un ritmo que podría incitar a los amantes de la acción a cortarse las venas. Remitiéndonos a su último trabajo: un Scorsese en las Antípodas del de El Lobo de Wall Street, pero Scorsese.


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