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OBITUARIO

Francisco Nieva, artista polifacético
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Francisco Nieva, artista polifacético

Nieva, el teatro furioso

viernes 11 de noviembre de 2016, 10:53h

El 28 de abril de 1976 se estrenó en el teatro Fígaro de Madrid un espectáculo con dos obras cortas: La carroza de plomo candente y El combate de Opalos y Tasia. Su autor: Francisco Nieva, un dramaturgo de Valdepeñas que ya rebasaba el medio siglo de edad. Antes del estreno tuvieron que lidiar con la agonizante censura, furibundamente opuesta a que la esplendorosa Rosa Valenty apareciera totalmente desnuda como la Venus Calipigia. Además, la insuperable Laly Soldevila encarnaba a un amorfo Luis III, heredero del trono. No se decía de cual. Muchos conocimos entonces lo que se denominó ‘Teatro Furioso’. Y en el ambiente de la incipiente Transición, cualquier innovación, cualquier atrevimiento, era recibido con alborozo. Pero es que, además, las propuestas de Nieva –estéticas y lingüísticas- estaban llenas de talento. No en vano su autor había pasado por Italia y por Francia los primeros años de su vida, empapándose de las corrientes vanguardistas.

A ese estreno le seguiría Delirios de amor hostil y La señora tártara, que no funcionó tan bien en taquilla. En 1982 el Centro Dramático Nacional culminó la consagración de Nieva con el montaje de ‘Coronada y el toro’, que también dirigió el autor. Aquel fue un ‘teatro total’, un montaje nunca mejor denominado ‘de autor’. Nieva lo hizo casi todo. No lo interpretó, pero seguro que le hubiera gustado. A lo largo de los años tuvo algunos intérpretes ‘fetiche’: Julia Trujillo, Manuel de Blas, Ana María Ventura, Francisco Vidal, Paco Maestre, Nancho Novo y, últimamente, Beatriz Bergamín y Ángeles Martínez. Y no nos olvidamos de Pou, protagonista de la monumental Coronada. Había que entrar en las claves del lenguaje barroco de Nieva (también denominado en ocasiones reópera) para poder dar vida a unos personajes delirantes.

Todavía en los últimos años, el autor siguió muy de cerca dos montajes del Centro Dramático Nacional: ‘Tórtolas, crespúsculo y telón’ (2010) y ‘Salvator Rosa’ (2015). Y Nieva siguió semanalmente con sus colaboraciones literarias en la prensa.

Cuando se presentó como dramaturgo ya era conocida su faceta de escenógrafo. En 1964 había regresado definitivamente a España y, gracias al director José Luis Alonso, había comenzado a proyectar para el teatro nacional María Guerrero: Los gigantes de la montaña (1964); El zapato de raso (1965); La dama duende (1966); Romance de lobos (1970)… Nieva tuvo que hacerse un hueco entre los maestros de entonces, Emilio Burgos y Víctor Cortezo, casi imprescindibles en las producciones de mayor prestigio. Marsillach, Narros y Morera le dieron también trabajo, ya en las empresas privadas. Finalmente dio el salto a la literatura dramática, creando un estilo –casi un género- inclasificable en ninguna corriente. Siempre era el teatro de Nieva, un género en sí.

Por eso la desaparición del maestro supone para la escena nacional la pérdida de una especie única e irrepetible. Solo quienes hemos podido disfrutar de sus trabajos, directamente controlados por él mismo, seremos los guardianes de una magia que acaba de desaparecer.

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