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El 'nuevo hogar' de los miembros del colectivo El Dragón tiene un inmenso 'jardín' de cipreses, vistas a las cuatro torres de Plaza Castilla, un entorno tranquilo —"como los vecinos protesten por el ruido, chungo", bromea una de las chicas— y 'habitaciones' abuhardilladas en cada una de sus cuatro plantas. Las ventanas son nuevas, fruto de la reciente reforma que su legítimo dueño, la Empresa Mixta de Servicios Funerarios, realizó con la intención de convertirlo en un museo, que más de una década después sigue siendo solo un proyecto.
Ahora, los 'okupas' tienen sus propios planes para el edificio: clases de yoga, de baile, talleres musicales, español para extranjeros, locales de ensayo para grupos... Pasan las horas hablando de los posibles usos que pueden darse a cada rincón del inmueble, que, aparte de algún 'rasguño' en los peldaños de la escalera central, se encuentra en perfectas condiciones. "Sí, pero tendrías que haberlo visto hace unos días", apunta un joven mientras barre la tercera planta, levantando una enorme polvareda.
Los jóvenes hacen turnos para vigilar la entrada, atender a los medios desde dentro y charlar con los curiosos que se han topado con las pancartas 'okupas' un día cualquiera mientras pasean a su perro por el parque Arriaga. Pasan las horas y nadie protesta. Al revés: después de preguntarles cómo están y de interesarse por los planes que El Dragón tiene para el edificio, les felicitan, desean suerte e, incluso, les brindan su ayuda. "¿Vais a poner una cafetería? ¡Por fin voy a tener un bar cerca del trabajo!", exclama una señora. "Ya era hora de que hubiera un centro cultural en el barrio", comenta otro. "¿A qué colectivos pertenecéis? En Moratalaz el tejido asociativo está fatal", dice un tercero. Y así hasta el anochecer.
Entonces, las puertas del cementerio se cierran y las del edificio 'okupado' se abren para dejar salir a los visitantes. Los nuevos inquilinos del edificio se quedan un rato vigilando y después se refugian en sus sacos para compartir una cena. Siguen debatiendo sobre derecho a la vivienda, sobre oferta cultural y social, sobre política, fontanería, medios de comunicación y un largo etcétera, mientras miran de reojo al exterior por si llega el temido desalojo.







































