Porque está en todas partes.
Está en un rincón en el cerebro que igual no hemos escuchado nunca, pero en el que está archivada cada nota, acorde y estribillo: la circunvolución de Heschl. También guarda las historias. Es todo un misterio, cómo se procesa el sonido, cómo se transforma en memoria y cómo una nota basta para quedarse.
Está en el aire, mientras vamos en el coche, en una estación de tren, o mientras que el avión despega. También, en un bar o en la soledad que uno elige cuando el ruido de afuera pesa más que el silencio que tenemos dentro. Está en los lugares donde fuimos felices y donde no tanto.
Con esto último, no entiendo yo mucho, esto de cómo puede teletransportarnos a otros lugares y momentos sin movernos del sitio, cosa de del hipocampo y la amígdala (otra vez, the beautiful brain dejándonos con preguntas). Pero lo cierto es que la música es capaz de atravesar el tiempo y dejarnos con las manos arriba donde fuimos y sentimos, sin pedir ningún tipo de permiso. Nos arrastra y ya. No todo podía ser tan beautiful. Cuestión de aceptar y dejarnos llevar tras escuchar los primeros segundos de una canción que volveremos a un lugar que ya no existe, a un abrazo que ya no está y una versión de nosotros, que igual ya no somos. La música también está en las canciones que nos hunden en lo más profundo de nosotros mismos y en la que, por un rato, estamos bien allí.
Y llegados aquí, es lícito que se me acuse de romantizar la vida y el artículo de hoy, pero la música, entra, se queda, cura y cuida. Así que bienvenido sea, todo lo que nos haga bien. Y para eso, a veces basta con dar al play, aunque a veces tengamos que dar inmediatamente al pause.
La música está en quién la toca, aunque no haya manera de que la mano izquierda siga sin retraso a la derecha cuando toco el piano. El siguiente paso, un poco más de valientes, es crearla por aquello de decir lo que no nos atrevemos a decir en alto si no es cantando. Para los que no lo somos tanto, siempre estará bien tener a Dylan de fondo, a Sabina en papel y a Leiva sobre el escenario del Wizink. Que nunca dejen de existir las canciones que nos recuerdan, que las alas son libertad, hasta cuando pesan.
Ayer fue el día mundial de la música y hoy es un buen día para escribir sobre ella, para darse cuenta de que la música está en todas partes, aunque no suene.
Y pienso, que sería imposible vivir sin música, porque mientras suena una canción, todo puede estar bien, aunque sea por tres minutos y cincuenta y tres segundos.