“Pasarela Cibeles, cárcel de Yeserías”, cantaba Joaquín Sabina en su ‘Yo me bajo en Atocha’. La contraposición es clara, el Madrid que acoge grandes eventos de moda, congresos con las últimas novedades tecnológicas fue también la ciudad que llegó a albergar 21 cárceles durante la dictadura franquista, donde miles de presas políticas vivieron los últimos meses de la dictadura franquista y hoy, más de 40 después, reivindican que no se olvide lo que vivieron en cárceles como la de Yeserías y sea declarado lugar de memoria.
Con el sol de invierno abriéndose paso entre los edificios del barrio de Delicias, en el distrito de Arzganzuela, refuerza el tono rojizo del neomudejar de este antiguo penal. En la puerta principal todavía quedan algunos claveles rojos del último homenaje que las asociaciones memorialistas colocaron allí en recuerdo a las presas políticas que pasaron por sus galerías: “Por esa misma entrada pasaban nuestras familias a dejar tarteras y a visitarnos una vez por semana”, recuerda Rosa García, quien estuvo presa aquí por más cuatro meses.
Pese a que no quedaba mucho para la muerte del dictador, las condiciones de aislamiento eran las mismas que décadas antes. Sus familiares, junto a Rosa, Ángela Gutiérrez y Pilar Higueras, compañeras de presidio en la década de los 70, repasan con Madridiario los años de encarcelamiento y su compromiso con la recuperación de la memoria de este enclave. Las huellas del oscuro pasado del penal se oculta entre los mismos muros que alojaron a estas tres mujeres. Desde su cierre como prisión, en 1991 acogió el Centro de Inserción Social Victoria Kent para presos en régimen abierto. El origen de este edificio se remonta a inicios del siglo XX, y aunque no hay registros precisos sobre cuándo fue erigido, existen algunas menciones que sitúan su construcción en 1928, cuando el Ayuntamiento de Madrid impulsó su edificación como refugio para personas sin hogar. Reemplazó al Asilo de San Luis y Santa Cristina.

Tras la Guerra Civil, la dictadura comenzó a alojar a presos políticos que atestaban las prisiones de la capital y, tras el cierre y demolición de la prisión de Ventas, Yeserías fue habilitada como prisión femenina. Agrupadas en varias galerías, las presas políticas estaban separadas de las comunes: “No querían que las revolucionásemos”, señala Pilar Higueras. Allí, las reclusas se organizaban en comunas donde crearon una escuela y un espacio de solidaridad entre reclusas, “compartíamos la comida, y dábamos charlas de formación política”, subrayan a este medio. Antes de juntarse con sus compañeras, todas las nuevas internas estaban obligadas a pasar por un cuarto de aislamiento donde las revisaban e incluso rociaban con productos desparasitantes. Antes de llegar a Yeserías, la mayoría de ellas, como Rosa, habían pasado por la Dirección General de Seguridad en la Real Casa de Correos donde sufrieron interrogaciones bajo torturas.
Rosa entró aquí con 18 años, al igual que Pilar, Ángela con 20. Cada una de ellas carga sobre ellas con una historia diferente, distintas militancias que olvidaron sus diferencias para crear su particular “comuna” entre rejas. A Rosa, la policía franquista la detuvo en medio de la calle, ya la tenían fichada y le seguía la pista. A Pilar la cogieron mientras colgaban una pancarta contra los que serían los últimos fusilamientos de la dictadura el 27 de septiembre de 1975 en uno de los puentes sobre la carretera de A Coruña y, a Ángela le tocó la detención en la fábrica donde trabajaba: “Escuchábamos la sirena de entrada y salida del os trabajadores de las industrias de la zona”, evoca Rosa. En los alrededores de Yeserías se localizaban algunas de las principales fábricas de la capital, donde comenzaba a forjarse el incipiente movimiento sindical que intentaba también torcer el brazo del régimen. Pese a ello, quienes vivían en el entorno intentaban no vincularse con lo que sucedía entre los muros de la prisión, “no querían que les trajera problemas con la policía”, señalan.

Entre semana pocos paseos y los domingos, al cine
“Pese a la dureza de los días, uno se queda con los momentos que vivíamos y siendo tan jóvenes había momentos de diversión”, recuerda Pilar. Sus compañeras suscriben son media sonrisa. Alrededor de un café, en el bar de la esquina, junto al antiguo penal, sonríen al recordar cómo, tras una campaña de solidaridad con las mujeres presas en cárceles de Franco recibieron un cargamento de ropa proveniente de varios países europeos “la ropa era tan colorida que parecía una fiesta”. Los tintes y cortes de estas vestimentas escandalizaron a las funcionarias y las propias presas. La vida en las cárceles a la espera de sentencia o la llegada de uno de los indultos programados por el franquismo, como lavado de cara ante críticas de países extranjeros, pasaba entre charlas y paseos entre los altos muros que no permitían ver el horizonte.
Los domingos las sacaban al cine, siempre a ver películas que entretuvieran, pero lo suficiente insulsas para que no les dieran ideas intrépidas, como la de aquella presa que logró escaparse de Yeserías en una caja de pan. Los recuentos para evitar estas situaciones se repetían mañana, tarde y noche. Todas en fila en los patios centrales escuchaban sus nombres tres veces al día. Cuando se juntaban en el patio llegaban a jugar a las manifestaciones: “Éramos tan jóvenes que nos peleábamos de broma, unas manifestantes y otras los ‘grises' ”. Uno de esos momentos llegó a provocar la amenaza de uno de los guardias civiles que vigilaban la prisión desde una de las garitas. Fusil en mano las amenazó: “O paráis o tendremos problemas”.

El sufrimiento al otro lado de los muros de Yeserías no era menor, los paseos de las familias dos días por semana cargadas de productos para las presas, el frío de la espera, las rejas y el cristal que separaban los abrazos hacían el cautiverio aún más duro. Para Ángela Gutiérrez, las únicas visitas eran las de su abogado, ya que su familia se encontraba en Badajoz. El letrado también le proporcionaba a escondidas las cartas de su novio por aquel entonces.
Las cartas a sus familias eran censuradas
La censura a las comunicaciones era tal que, además de revisar el contenido de las misivas entre las presas y sus familias, estaba prohibido comunicarse con sus parejas si no habían pasado antes por el altar. Pero el ingenio lograba sobrepasar la represión: “Allí aprendimos lo que era la tinta invisible”, recuerdan. Rosa quería comunicarse con el que más tarde sería su marido, pero las normas eran claras, por lo que tuvo que armarse de valor y conseguir sobrepasar la burocracia para que pudiera visitarla: “Mis padres y los suyos, que no se conocían, tuvieron que escribir una carta para decir que teníamos intenciones matrimoniales para que dejaran que nos viéramos”, apunta Rosa.
“El recuerdo estuvo bloqueado para sobrevivir”
Un silencio duro y varios segundos de miradas bajas tardan en volver a responder cuando les preguntamos cómo los acompañó el recuerdo de paso por Yeserías el resto de su vida. La primera que habla es Rosa, con los ojos brillantes es contundente: “Haces un bloqueo durante muchos años para poder seguir hacia adelante, hasta ahora que hay lugar para que no se olvide lo que pasamos”.

“Nos han contado que la dictadura vivió momentos blandos y que Franco era un pobrecito, pero reprimió hasta el último día”, afirman contundentes. Incluso tras la muerte del dictador, antes de las primeras elecciones, continuaban las detenciones y las entradas a Yeserías. La última vez que Ángela pasó por aquí, el dictador yacía ya en Cuelgamuros y la democracia se abría paso entre las resistencias de las altas esferas del régimen y las manifestaciones que abarrotaban las calles de Madrid.
Lugar de memoria para Yeserías
“Entiendo que visitarlo es complicado si sigue siendo lugar penitenciario, pero lo mínimo es que tenga una placa en la puerta”, se lamentan las tres mujeres mientras observan entrar y salir a varias personas, y miran la entrada de la antigua prisión donde pasaron los meses más duros de sus vidas. Durante estos días preparan la solicitud formal al Gobierno de España para declararlo Lugar de Memoria, como se recoge en la Ley 20/2022, de 19 de octubre, que recordaría el papel represivo de este enclave tras la Guerra Civil, “antes de ser cárcel de mujeres por aquí pasaron personajes como Antonio Buero Vallejo o Eduardo de Guzmán y nadie lo conoce. Es necesario que se sepa lo que aquí vivimos nosotras”, remarcan mientras observan la placa de la calle Juana Doña en recuerdo a la histórica militante comunista y feminista, cuyo nombre fue cambiado por el Consistorio en 2017.