“Queremos pan, pero también queremos rosas” fue un eslogan que pintaron en sus pancartas las mujeres que se movilizaban en Estados Unidos a comienzos del siglo pasado en demanda de condiciones dignas de trabajo. Frase, que ya entonces señalaba algo que hoy sigue siendo necesario reivindicar.
Junto con condiciones de vida y trabajo dignas, aquello que tiene que ver con lo material, también queremos y tenemos derecho a ser felices, a tener tiempo para vivir, para amar, para cuidar y ser cuidados. Mas de 100 años después, sin haber conquistado aún las condiciones materiales, es más en pleno proceso de retroceso de las mismas, no podemos ni debemos olvidarnos de las rosas.
El pan sin rosas nos lleva al vacío del consumo como sentido vital. Las rosas sin pan convierten a las primeras en privilegio de unas pocas. El pan y las rosas van de la mano, no hay una cosa primero de otra, sin dos caras no hay moneda. Para la ecología política, las rosas hoy se concretan en tiempo para ser y en espacio donde estar. Un tiempo liberable del trabajo, y un espacio escalable a la medida de lo humano.
Liberar, ganar tiempo para vivir pasa por resituar el lugar que ocupa y el modo en que se organiza el trabajo Junto con otras cosas, trabajar es una característica antropológica, algo que nos define como especie. Pero no conviene confundir trabajar con estar empleado. El empleo no es sino una manera histórica de organizar una parte del trabajo, de la misma manera que la esclavitud fue otra, y nadie se le ocurre hoy confundirla con el trabajo.
Repartir el empleo que continúe siendo necesario, incorporar la renta como derecho básico universal y revalorizar moral y materialmente, como trabajo, las actividades humanas fuera de mercado, son algunos de los instrumentos a introducir en la nueva cultura, y por tanto en el discurso, la practica y la propuesta política.
Liberar, ganar espacio donde vivir nos lleva a rediseñar y reescalar nuestros lugares. Un lugar es un espacio donde se está y se es, no un mero espacio por el que, simplemente, se transita mientras se va de una actividad a otra. Nuestros espacios están diseñados para transitar sin detenerse. Y tienen una escala inabarcable para el común de los mortales, que nos hace perder mucho tiempo, que usamos para transitar por el espacio.
Construir la cuidad de los 15 minutos andando como posible tiempo máximo de transito hacia todas las actividades, un diseño urbanístico de ágora, de plaza pública como espacio común y comunitario, ganarle espacio al coche y romper la discontinuidad entre el espacio humano y la naturaleza, son algunos de las cuestiones clave a reivindicar y proponer.
Pan y rosas, tiempo y espacio. Son las propuestas verdes para la configuración de los nuevos proyectos emancipatorios del siglo XXI.