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Las damas del antucá

lunes 26 de abril de 2021, 09:09h

No sé de cierto si la cosa es consecuencia del cambio climático global o efecto del lógico deterioro cognitivo derivado de mi entrada en el arrabal de senectud, pero me barrunto que las primaveras madrileñas vuelven a ser lo que fueron y no el sí es no es de las últimas décadas. Dicho en román no sé si paladino o cabañil la vecindad del foro vuelve a gozar y a sufrir de una estación con todas las de la ley, que para el caso es precepto y postulado climáticamente enajenado y en plazo suficientemente prolongado para que el personal caiga en la cuenta de la situación.

La primavera es el primer entretiempo del año y por ende ideal para el vestir en extranjero, porque como todo el mundo sabe un adecuado fondo de armario, y con armario terminamos la fraseología en español, debe estar dotado, como poco y must have, de un trench, una blazer, unos jeans y unos casual outfits.

Lástima que en ese entusiasmo por el forasterismo hayamos dejado por el camino un utensilio que en su momento fuera accesorio irremplazable del buen vestir femenino.

Hablo, claro, del antucá, ese chisme coquetón y más pequeño que un paraguas, pero que no era un paraguas propiamente dicho. Tampoco una sombrilla, puesto que carecía de los ornamentos habituales y propios del invento chino con cuatro mil años a sus espaldas, pero que al fin y a la postre protegía a las damas tanto de los repentinos aguaceros como de las súbitas solaneras primaverales.

Sostienen los expertos que el artilugio se concibió en París durante 1873, el año en que Japón aceptó el calendario gregoriano, y que lo denominaron en-tout-cas o en-cas porque servía tanto para un roto como para un descosido.

En cualquier caso, que es a lo que viene la expresión en-tout-cas, lo que en España sabemos del ingenio, que no es mucho, viene referenciado por la literatura y la escultura. Así que oído al parche que suena el tambor.

La primera referencia es justamente la estatuaria y concretamente la salida del taller del artista reusense Joan Roig i Solé en 1884, para ser expuesta en la galería central del Palacio de la Industria, el edificio principal de la Exposición Universal que se celebró en Barcelona en 1888. Se la suele llamar Dama del paraigua, pero está mal llamada porque como ya explicó un lector del diario La Vanguardia en 1985, con la talla ya entonces trasladada al parque de la Ciutadella, lo que lleva la señora no es un paraguas, sino un antucá. Precisamente en los años que median entre la consecución de la figura y su instalación en la magna y planetaria exhibición, los grandes almacenes barceloneses anunciaban el cachivache a esgaya. La propaganda de El Siglo rezaba: “Antucás de seda tornasol y funda de seda, 32 reales cada una”, mientras que El Louvre publicitaba: “Verdaderas novedades en sombrillas, antucás, abanicos y paraguas a precios muy económicos en esta fábrica”.

El segundo señalamiento aparece en la novela Insolación, de Emilia Pardo Bazán, cuyo centenario se conmemora este año y del que los lectores de este diario vienen siendo oportuna y ubérrimamente informados. Publicada en 1889, se trata, ya se dijo en otra ocasión, del relato de los deslices amorosos entre Asís Taboada, Marquesa de Andrade, y el señorito gaditano, seductor y calavera Diego Pacheco, sobre un paisaje del madrileñismo más fetén de finales del siglo XIX, adornado entre las Pradera de San Isidro, las Ventas del Espíritu Santo y los ejes del centro capitalino.

Teniendo en cuenta que una dama de tal alcurnia se hacía por entonces una media diaria de entre siete y ocho toilettes (lo que vendría a ser una cambio global de ropa y accesorios) y que la acción se sitúa entre las lluvias de abril y el sol de mayo, el antucá se antoja omnipresente.

Decidida a garbearse y flanearse con Pacheco por los alrededores de la ermita del santo labrador y considerando para sus adentros que ambos se iban a observar muy de cerca durante horas, Asís, se afana en ponerse hecha una monada y le empieza a reclamar vestuario y accesoriado concreto a su mucama: “Ángela, el sombrero negro de paja con la cinta escocesa, el antucá a cuadritos… las botas bronceadas”.

Tras esa babélica cita y las correspondientes contriciones posteriores, la de Andrade vuelve a enredarse en los hilos seductores de Pacheco y se cita con él en la mismísima Plaza de Cibeles. Yendo a su encuentro: “Asís avanzaba protegida por su antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa”.

El antucá era protector, pero también báculo de reposo y composición de figura en ocasiones, como se apunta en esa fotografía en la que doña Emilia aparece junto al lateral de la puerta principal de las Torres (luego pazo) de Meirás, que eran propiedad familiar. Ese antucá que Carlos Dorado, el que fuera durante largo tiempo Director de la Hemeroteca Municipal de Madrid, quiere ver como un símbolo porque la gran escritora: “… sabía desplegar su genial talento literario tanto bajo el lluvioso celaje gallego como por el soleado mapa madrileño”.

Y uno se pregunta si los coquetuelos antucás de la Pardo Bazán andarán éntre los accesorios que la sección tercera de la Audiencia Provincial de A Coruña ha acordado restituir de momento a la familia Franco, dejando sin efecto medida cautelar anterior. Lugo uno recuerda aquello que decía el filósofo noruego Jostein Gaarder de que: “… los que preguntan, son siempre los más peligrosos”, y voy y me pongo al bies.

La tercera y última docta referencia nos llega embutida en otra novela, La Montserrat, que la escritora Dolors Monserdà i Vidal, una de las primeras feministas catalanas, publicó en 1893 y en la que puede leerse: “Duas horas després, dins de un enxarolat faeton, s'hi acomodavan Da. Francisqueta ab l'antucá, lo bano y un petit sach de má”.

Por el filólogo y periodista adscrito al diario La Vanguardia Magí Camps Martín sabemos que la suerte del antucá empezó a echarse pocos años después y como consecuencia de un movimiento en pro del purismo idiomático. Como ejemplo cita un artículo de Antonio Ventura y Cabanas publicado el 19 de octubre de 10901 bajo el título “Por el idioma español”, en el que el autor se lamentaba del exceso de extranjerismos que se habían ido introduciendo en el lenguaje: “El parvenú, ¿no resulta sustituido con ventaja por el término advenedizo? ¿Y el en plein air por el aire libre? Y ¿qué diremos del desdichado antucá (en-tout-cas) por sombrilla”.

¿Desdichado el antucá?... ¡desdichado tú, Ventura!

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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