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Con esperanza y confianza

domingo 10 de mayo de 2020, 11:11h

“Con esperanza y confianza”. Así terminan los créditos de El sacrificio, la última película de Andrei Tarkovsky, uno de los más grandes genios de la historia del cine. Es dedicatoria a su hijo en el arrabal de la muerte y en la sombra densa de grandes tragedias. Se estrenó en el Festival de Cannes el 9 de mayo de 1986, solo días después del pavoroso accidente en la central de Chernóbil, en un contexto internacional de altísima tensión entre las potencias que hacía presagiar la inminencia de un holocausto bélico nuclear a escala planetaria, y cuando Andrei ya sabía de cierto que el cáncer de pulmón que padecía le estaba devorando a dentelladas y sin la menor posibilidad de vuelta atrás. Moriría ocho meses después.

Once años atrás, en 1975,Tarkovsky terminaba de montar otra de sus cintas cumbre, El espejo, una historia que va y viene, como casi siempre en la filmografía del genio, del presente al pasado y de este a una onírica proyección de futuro, para volver a distintos momentos pretéritos y sin tiempo en clave de dinámica artístico-dialéctico-marxista.

Una pareja adulta reflexiona sobre los porqués de su fracaso matrimonial y en esas consideraciones van apareciendo las relaciones con la madre, las angustias de la infancia, las imágenes de la Guerra Civil española que aparecían en los noticiarios de los cines, la Segunda Guerra Mundial, el enfrentamiento ruso-chino por la isla de Damanski, las circunstancias de su país, la Unión Soviética y su implicación en el contexto internacional y en su propia vida, los poemas del padre y Palomo Linares.

Iterando y bisando por si a algún lector se le ha ido el oremus durante la relación: Sebastián Palomo Martínez, más conocido por su nombre artístico Palomo Linares.

Consideraba el escritor, poeta y director que lo que diferenciaba al cine de otras manifestaciones artísticas era su capacidad para: “… atrapar el tiempo en su real e indisoluble relación con la materia misma de la realidad que nos rodea cada día y cada hora”. Y en una de esas realidades que le rodearon en Moscú había un grupo de españoles, los llamados “Niños de Rusia”, que habían sido evacuados a la Unión Soviética durante los años 1937 y 1938 tras los atroces bombardeos perpetrados sobre la población civil por los aliados de los militares sublevados.

El rodaje de El espejo se produce en el contexto temporal de un triunfo histórico del torero jiennense en el coso madrileño de la Monumental de las Ventas y los exiliados españoles, ya metidos en la cuarentena y aunque en general plenamente integrados en la vida soviética, siguen con atención las noticias referentes a su país de origen.

Sabían que hacía más de tres décadas que alguien no cortaba un rabo en Las Ventas. Acontecimiento histórico pues y precedido de otro de muy infausto recuerdo para los bombardeados en su infancia. En el inmediato precedente a la gesta de Palomo no fue un maestro sino tres los que en el mismo “espectáculo” lograron el quimérico trofeo. Ocurrió tal cosa en 24 de mayo de 1939, en la reinauguración del coso madrileño tras tres años de lucha fratricida y en un ambiente de desolación, muerte y tragedia inmensa. El cartel de aquella ignominiosa “Corrida de la Victoria”, lo integraban el rejoneador Antonio Cañero y los diestros Marcial Lalanda, Luis Gómez “El Estudiante”, Pepe Amorós, Domingo Ortega, Vicente Barrera y Pepe Bienvenida. El apéndice lo recibieron los tres últimos.

Y luego Palomo, en la tarde del 22 de mayo de 1972, treinta y tres añitos después, dando la vuelta al ruedo con el apéndice de un toro de nombre Cigarrón, como el que desorejó Joselito el Gallo en la plaza de Madrid, que en el tiempo de la proeza, 1918, era la sita en la Fuente del Berro, precedente de la Monumental.

La excepción que tanto celebraron las personas y personajes de la película El espejo, no fue en absoluto del agrado de la afición más ortodoxa y purista. Recogiendo un bastante amplio sentir, Francisco Díaz-Cañabate, autor de la preciosa novela Historia de una taberna y prestigioso crítico taurino del diario ABC, tituló su crónica Las orejas y las rosquillas del Santo, anunciando la chacota que vendría a continuación.

Proponía don Francisco que en los alrededores de la plaza se instalaran puestos de venta con “Orejas del Santo y rabo estofado”, para entrar a continuación a irónico degüello: “El magnífico presidente, con su diligente pañuelo, ha dado un día de gloria a la fiesta. Un rabo en la plaza de Madrid. Me alegro en el alma. El descrédito de las orejas ya es patente (…) Ya se ha roto el melón de los rabos. Dentro de poco, tendremos rabos a tutiplén, rabos hasta en la sopa, y qué rica es la sopa de rabo”.

Exageraba el crítico porque desde la faena de Palomo sólo se ha cortado otro rabo en Las Ventas: el que le fue concedido al hispano-portugués Diego Ventura el 9 de junio de 2018.

Claro que Andrei estaba a otras cosas, haciendo películas y sueños, desenvolviéndose con soltura por habitaciones en cuyas puertas y según propia confesión, Ingmar Bergman se había pasado la vida dando golpes para que le abrieran.

Estancias con espejos en los que, en un instante, se refleja la memoria de una tarde de Palomo Linares. Aposentos y habitáculos a los que la pandemia ha llevado tiempos de tribulación, que no de desolación ignaciana, y desde los que hoy empiezan a deslizarse la esperanza y confianza que dejó como legado Tarkovsky en su postrer trabajo

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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