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Bejarano lives matter

lunes 27 de julio de 2020, 09:15h

Dos circunstancias de alcance mundial o casi confluyen para volver la vista o el oído a la historia de las hermanas Bejarano: el movimiento planetario contra el racismo tras la muerte por asfixia del afroamericano George Floyd en Minneapolis y el debate sobre los límites, si tales hubiere, de las prerrogativas e inviolabilidades varias de los monarcas, al hilo de unas supuestas maniobras finacierorquestales del rey emérito español.

Hoy, ciertas operaciones y artificios monárquicos nos parecen inauditos, insólitos y casi imposibles de creer cuando a poco que repasáramos la historia caeríamos en la cuenta de que los titulares de la Casa Real que en España sucedió a la de los Austrias/Habsburgo un año antes de que empezara el siglo XVIII, han tenido potestades que en algunas circunstancias podrían acercarse a la idea de poderes sobrenaturales.

Por poner un caso ilustrativo aunque probablemente un poco extremo, Carlos IV, hijo de Carlos III y padre de Fernando VII, tuvo la facultad, dominio y autoridad de convertir a los miembros de la diáspora africana (en adelante negros) en caucasianos (en adelante blancos) gracias a las prerrogativas que le otorgaba la Real Cédula de Gracias al Sacar aprobada con su autógrafo al pie en Aranjuez a 10 de febrero de 1795.

En aquel tiempo, en la Capitanía General de Venezuela y en su capital Caracas, había poco que hacer y en qué entretenerse; habida cuenta de que, por decisión de categoría ordeno y mando de la Metrópoli hispana, a su parroquia y jerarquía le estaba por completo vetado mantener relaciones de tipo alguno con países ajenos a España y exportar o importar cualquier tipo de mercancía, que incluía maquinaria y repuestos para la misma, ropa y accesorios, libros o bebidas alcohólicas; lo cuál de un lado impelía al contrabando de cualquier cosa estraperlable y, de otro, sumía en el más profundo tedio cotidiano a la sociedad caraqueña. En ese contexto, la invención de un dulce que no tardó en considerarse excepcional y único, casi sublime, la Torta Bejarana, representó un acontecimiento para la población local y un motivo de fama más allá de sus limes. A mayor abundamiento, la golosina original se fabricaba en las cercanías del mercado de San Jacinto, a unos pasos de la casa natal del joven Simón Bolívar, que ya apuntaba maneras y que se convirtió en un auténtico adicto al pastel.

En su libro El Señor de los Aliños, el brillante historiador gastronómico Miro Popic sostiene que la receta originaria se preparaba a base de: “… plátano maduro, queso, huevos, pan de horno, papelón (una forma de panela o piloncillo típicamente venezolana), vino dulce moscatel, semillas de sésamo/ajonjolí y especias”. Nació en los fogones criollos, pero inmediatamente se convirtió en objeto del deseo de las clases dominantes. La habían inventado las hermanas Bejarano, Magdalena, Eduvigis y Belén, tres jóvenes hermosas, de manos cuidadas y pies pequeños, finos modales y caderas prominentes al gusto del tiempo y el espacio. En el debe, problema serio, pertenecían a la casta de los pardos o quinterones, dividida básicamente en dos grupos: los mestizos, hijos de india y español, y los zambos, de indio y negra, con una intrincada serie de subdivisiones relacionadas con la cercanía o lejanía genética a su último antepasado blanco. Los pardos padecían serias y notables limitaciones de desarrollo y desenvolvimiento social. No podían desempeñar cargo público alguno, por insignificante y banal que este fuese; se les negaba cualquier posibilidad de instrucción académica; tenían terminantemente prohibido casarse con personas blancas; usar vestidos lujosos a base de sedas, tafetanes o terciopelo, especialmente los mantos de las damas de alto copete del que derivó el apelativo de “mantuanas” o llevar joyas o adornos de cierto fuste; entrar en iglesias reservadas para blancos y usar en las suyas alfombrillas durante los rezos de rodillas.

Pero la promulgación de la Real Cédula de Gracias al Sacar vino a representar un vuelco para algunos elegidos, y las hermanas Bejarano, enriquecidas por la más que exitosa venta de sus tortas (aunque algunos autores apuntan a otras fuentes y el ya citado Popic, sugiere la posibilidad de un afortunadísimo error en la recepción de un pedido llegado de la península que les permitió hacerse con un cargamento de telas finas o quizá joyas), vieron el cielo abierto para salir del cubículo socialmente construido por la clase dominante y el color de su piel.

Acogiéndose a la nueva normativa y tras enviar a Madrid la cuantiosa suma de reales de vellón que correspondía, esperaron anhelantes la respuesta que al fin llegó en forma de documento en el que por Disposición Real se ordenaba que: “… sean tenidas por blancas las Bejarano”.

Tras divulgarse la sorprendente noticia entre la sociedad caraqueña, los blancos (aunque también divididos en dos clases o castas: la de los peninsulares, que copaban todos los cargos civiles y militares, y los “blancos de orilla”, canarios y españoles pobres, que se ocupaban de tareas más secundarias), reaccionaron fatal y al unísono suplicándole al rey Carlos que suspendiese la medida y muy especialmente el título de “Don” que incluía y comprometía. Su Alteza “el Cazador” reconsideró la cuestión y en un siguiente mandato decidió mantener el efecto de cambio de piel ya apoquinado pero negar el derecho al tratamiento de “doñas” al estimar que: “… a pesar de ser tenidas por blancas, no son blancas las Bejarano”.

El destino que haya corrido el dulce en los difíciles días que corren en Venezuela puede ser oscuro, pero está meridianamente claro que las hermanas Bejarano viven en la memoria popular. Antonio Arráiz publicó un cuento enormemente reconocido, No son blancas las Bejarano, en el que se basó Wilfredo Tortosa para poner en escena su adaptación teatral Las Bejarano. Sainete republicano con sabor a tarta de plátano, estrenada con éxito en 2013.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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