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Madrid vive el Ramadán

Madrid vive el Ramadán

Por Celia G. Naranjo
domingo 14 de septiembre de 2008, 00:00h
Unos 120.000 musulmanes se acercan estos días a las mezquitas madrileñas para celebrar el Ramadán, una de las conmemoraciones más importantes de su religión. Ayuno, oración y reflexión de día, ambiente festivo de noche: así se vive en Madrid el mes más especial del calendario islámico.


El canto de los muecines 'madrileños' solo se oye en el interior de las mezquitas. Aquí, los altavoces de los minaretes están orientados hacia dentro de los edificios, tal y como prescriben las leyes europeas contra el ruido. Así que los musulmanes afincados en la región, incluso los que viven cerca de un lugar de culto islámico, tienen que arreglárselas con un calendario que detalla las horas exactas del comienzo de las cinco oraciones del día durante el mes del Ramadán.

Dado que, además, los horarios van cambiando día a día en función de la salida del sol, resulta mucho más práctico llevarlo en formato 'bolsillo', porque uno nunca sabe dónde le va a pillar la hora del rezo. En la mayoría de sus países de origen, dice el joven marroquí Mohamed, se hace menos complicado compatibilizar la fe con las obligaciones, sobre todo si lo que uno prefiere es acudir a la mezquita.

Mohamed ha elegido el segundo viernes del Ramadán —que este año coincide íntegramente con el mes de septiembre— para acercarse al Centro Cultural Islámico (CCI), también conocido como Mezquita de la M-30. Mientras espera la hora del segundo rezo de la jornada, aprovecha para encontrarse con algunos amigos musulmanes con los que ha quedado. Es mediodía y todavía quedan más de dos horas para la oración, pero ya empieza a notarse cierto movimiento en el edificio. Excepto en el restaurante, que este mes solo abre a partir de las 21.00 horas.

Hasta esa hora, más o menos, toca ayunar. No comer, no beber, no fumar, no mantener relaciones íntimas, para solidarizarse con quienes pasan hambre todo el año y no solo durante un mes, por unas horas al día. Pero, si uno decide acercarse a alguna de las dos únicas mezquitas de Madrid —"el resto son solo 'oratorios'", apunta Mohamed El Afifi, portavoz del centro—, puede entablar contacto con otros fieles que vivan en otros puntos de la región o, incluso, con visitantes que no profesen la religión islámica pero quieran compartir con esta comunidad la fiesta del Ramadán.

Si se tiene la suerte, como Mohamed, de tener un viernes libre, mejor: ese día, durante este período festivo, pueden llegar a reunirse en el CCI hasta 7.000 personas. El bullicio llega a plantear algunos problemas logísticos: la mezquita propiamente dicha, la zona de oración, solo tiene capacidad para mil personas, así que hay que extender alfombras por todo el edificio para que todos puedan cumplir cómodamente con sus rezos.

Otro tanto pasa en la mezquita de Tetuán, mucho más pequeña, pero tanto o más frecuentada que la anterior por estar mejor comunicada y enclavada en un barrio habitado por numerosos musulmanes. Este viernes de Ramadán no cabe ni un alfiler en las salas de oración.

Mientras las mujeres escuchan por un altavoz las enseñanzas coránicas desde su sala de rezos, situada en una planta diferente de la de los hombres, los niños pequeños corren por las alfombras. Aquí no hay espacio suficiente para dejar los zapatos, ni tampoco botellas de agua, como en la M-30, para beber un último sorbo después de la primera oración del día, que da comienzo al ayuno. La afluencia es tal que los fieles forman filas en los pasillos para participar en la ceremonia, durante la cual resulta imposible moverse por el edificio.

Después del oficio religioso, el vestíbulo se convierte en un improvisado mercado de Ramadán. Allí se pueden comprar dulces típicos, hierbabuena y verduras, además de toda suerte de productos aromáticos y gastronómicos que se atesoran sin tocarlos hasta la puesta del sol, bien para consumirlos con parientes y amigos, bien para intercambiarlos como regalos.

Es entonces cuando numerosos musulmanes deciden regresar a las mezquitas, esta vez para celebrar en un ambiente festivo, mirando de reojo el calendario de bolsillo, la efímera tregua del ayuno hasta que vuelva a amanecer.
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