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CRÍTICA TEATRAL

Los cuernos de Don Friolera. Valle Inclán de treinta en treinta

Los cuernos de Don Friolera. Valle Inclán de treinta en treinta

viernes 27 de junio de 2008, 00:00h
La versión considerada definitiva de Los cuernos de Don Friolera, data de 1930 y la primera apareció en 1921. Pero la tragicomedia de Valle no subió a escena hasta 1976, al teatro Bellas Artes, gracias -¡como no!- a don José Tamayo. Antonio Garisa logró un gran triunfo personal. Llamó la atención el bellísimo decorado naif de Mari Pepa Estrada. Y, por cierto, Imanol Arias hacía un par de papelitos en aquel montaje.
Han pasado poco más de treinta años y vuelve la obra, ahora al teatro Español con dirección de Ángel Facio. Una espléndida escenografía, que recuerda la escuela que introdujo en España Sigfrido Burmann y continuaron maestros como Burgos y Cortezo, es el marco luminoso para la historia de honor y muerte. La necesidad de que un militar lave con la muerte el adulterio que le anuncia un vecindario chismoso.

Aunque Valle no dejó títere con cabeza y daba un divertido repaso al cotilleo de los pueblos, a las paradojas del ejército, a los sanedrines de taberna y a la hipocresía. En estos tiempos en lo que el Castellano se zarandea y agrede ¡qué satisfacción produce escuchar un texto como éste que nos muestra nuestra fortuna al contar con tan extraordinario instrumento de comunicación! Y eso a pesar de que algunos diálogos de la comedia no lleguen al espectador tan claros como debían.

Romance de ciego
El espectador ve cómo cobran vida los supuestos cuadros del romance de ciego que narra el deshonor del teniente Friolera. Son escenas independiente que aquí terminan de una forma plana, lastrando un poco el ritmo general del espectáculo. A mí me gustaría ver un poco más de esperpento en la escena y una tensión más acentuada, haciendo bueno aquella afirmación de Valle, según la cual “Es el genio de nuestro idioma el que impone esas formas totales y definitivas: la sentencia, la imprecación, el denuesto, el grito. El castellano es para gritar. Sólo en castellano se puede meditar a gritos.”

Escenas delirantes

La representación tiene momentos brillantes, delirantes, gracias al texto y a los actores. Los dos encuentros clandestinos de los amantes Loreta y Pacheco (Teté Delgado y Nancho Novo) destilan humor y disparate y provocan las más ruidosas carcajadas. Formidable el texto del tribunal que componen los tres tenientes que deben enjuiciar la situación del cornudo compañero. Valle no se dejó nada ni a nadie: desde las guerras coloniales por todo el mundo, a las condecoraciones militares. En este contexto Rafael Núñez es un Friolera demasiado humano en su duda y en su desgracia, aunque en sus últimas escenas acierta a convertirse en el gran guignol que es su personaje.
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